No temas a la muerte dijo el Dandi; no temas a la vida.
Ella ha descubierto quien es él. Sin embargo, sus palabras y su mirada la empujan a confiar. Además, es hermoso.
Rebosa gracia, confianza y seguridad. Y misterio, un misterio hipnótico. Si se lo pide: accederá a acostarse con él, aunque confía en que no lo haga. Prefiere que actúe, que la vuelva a besar y acariciar como hace rato. Piensa que forma parte del misterio… y es hermoso.
Sus ojos se han abierto con la luz de la mañana. Las copas no han dejado rastro y el Dandi, tampoco. Al menos físico.
Dentro de ella, si se ha quedado muy hondo.
Horas antes, lo arrastró a su piso (eso quiere pensar ella, le resulta sensualmente brutal). Allí charlan y se besan. El cuenta algo de un corazón roto y derrama una lágrima (sólo una), luego se besan. Ignora por cuánto tiempo. Cuando quiere darse cuenta, ya no es ella. Ya no es ella y está desnuda. Un animal, una fiera salvaje que habita en ella ha tomado las riendas y el control de su vida. Quiere marcar sus uñas en la espalda del Dandi, marcarlo como suyo. Quiere clavar los dientes en su cuello.
En su clavícula.
La cálida mano desciende por sus pechos (ahora excitados), se entretiene, la boca desciende en su ayuda. La boca alterna entre el cuello, los pechos, y la boca (parece que, caprichosamente, sin albedrio. Sin embargo, ninguna de estas partes que, le rozan, se siente celosa de las otras). La mano, no tarda mucho en descender a su vientre.
El fuego es más apremiante por momentos.
La mano se ha detenido. Ahora comienza un viaje que parece ser infinito hacia lo que parece ser su cadera derecha. Su trasero, su muslo… y vuelve al comienzo. Y la boca, continua derramándose.
Los besos repartidos entre ambos, son de ambrosia y belladona. Curan y matan a un tiempo: Curan porque liberan el alma. Matan porque la esclavizan. Algo que occidente olvidó hace dos mil años y oriente aun recuerda, es susurrado en su oído. Ella sonríe. Se vuelve más hipnótico por momentos. El momento se acerca, piensa ella. El desciende la boca de la oreja a su boca, a su cuello, a sus pechos, a su vientre… a su monte venusiano y lo esquiva anclándose en sus muslos.
Aun tendrá que esperar.
El muslo derecho siente su mordisco, sus besos. Se muda al izquierdo rozando de lejos su flor. No está segura de que haya pasado por allí. Las manos se han acomodado: una en la cadera, otra en un pecho. Y vuelve al lado derecho. Otra vez duda que tocase su flor (ella quiere creer que si).
Finalmente ha ocurrido. Sus miradas se han cruzado. La suya desde arriba, la de él, desde el otro lado de su cuerpo. Con los ojos se han confesado sus regalos. Finalmente, ha ocurrido. El vino de verano ha comenzado a derramarse. Aquella boca que, recorriera su cuerpo unos instantes antes, ahora estremece de envidia al resto de su cuerpo, sólo tiene amor para su flor. Su esencia que, busca desesperadamente explotar a su contacto. Una conjunción de estrellas la recorre. Una parte quiere alcanzar el paraíso, la otra, que se demore eternamente, que aquello no acabe. Y como si la escuchase, hace que aquello se prolongue y no termine. No le importa el tiempo, sólo el momento… y de nuevo, finalmente, derrama su espuma.
Pero él aun no ha terminado con ella.
Extasiada se abandona. Hace tiempo que su mente no puede decidir nada.
Un leve suspiro recorre su cuerpo, de modo que la estremece. Una caricia y un beso en su cuerpo y las bocas, han vuelto a encontrarse regalando besos de algo que está más allá de las palabras.
Aparta el cabello de su rostro y nuevamente...
...susurra algo que oriente aun recuerda.
El guiña un ojo, obtiene una risa dulcísima por respuesta.
La cabeza se hunde en su cuello; siente su aliento, sus labios, su lengua, sus mordiscos de salvaje ternura desbocada. Pero también lo siente entrando en ella. En su mundo.
Su carne es ahora una y el éxtasis inimaginable. Una danza macabra inventada en el principio de los tiempos es ahora improvisada por sus cuerpos. Sus miradas se han encontrado y se niegan a despedirse. Todo es dulce y lento, muy lento. Tan lento como la gota que descompone la roca. Tan lento, perfecto y precioso que, las medidas de tiempo del hombre aquí, ya no sirven.
Los cuerpos penetran la carne pero las miradas, penetran el alma. Haciéndola vulnerable. Aquí y ahora, ya nada importa. Nada más que lo que se traen entre almas. Y lo que no podía medirse con tiempo, comienza a olvidarse pues, ambos inician su propio viaje íntimo a la locura, pues la ley innata de la vida les recuerda que dos bestias esperan agazapadas en su interior. Dos bestias que comienzan a liberarse de sus cadenas, cadenas que rompen adueñándose de sus vidas. Haciéndoles gozar. Gozar con uñas y dientes, con sudor compartido, con suspiros y gritos que se convierten en himnos de alegría con auto mordiscos que consumen sus propias bocas. Y ahí, ya nada importa; nada excepto la victoria, vencer o morir en el intento… y una última vez, con nueva oda final. El perfume del sexo ha sido derramado y compartido. La bestia se retira satisfecha en lo que parece una eternidad y la razón recupera la conciencia de lo vivido, de lo compartido. En una gloria de primavera que se consume bajo un cerezo que ha decidido reencontrarse con la vida, al menos por algún tiempo pues, ellos saben que, el tiempo de las cerezas nunca llega a noviembre.
Se han abrazado y, juntos, dormidos se han quedado. Pensando en lo bueno de algo que, oriente, aun no ha olvidado.
miércoles, 5 de mayo de 2010
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