miércoles, 5 de mayo de 2010

«Tempus fugit, sicut nubes, quasi naves, velut umbra» -Virgilio- [El tiempo vuela, como las nubes, como las naves, como las sombras]

Apoyado sobre la barandilla de mi terraza, observo las figuras que forman las nubes en el cielo y me pierdo entre el balanceo de los árboles del parque bajo el peso del viento. Puede que algún día recuerde este momento eterno, siempre presente, como si siempre hubiera estado, infinito. O puede que sea desterrado al cajón de los olvidos, como algo que nunca sucedió.
Pasa el tiempo a nuestro lado como si de nada se tratara. Acorta distancias. Aleja personas. Cura heridas. Señala cicatrices. Mata el amor. Y nunca se detiene. Jamás digas nunca siempre.
Se mezclan en él, como si de una vieja pócima se tratara, gritos, sonrisas y lágrimas. Segundos, días, minutos y horas. Ya existía cuando llegamos, y seguirá estando ahí una vez que nos hayamos ido. Marcándonos uno a uno con su paso, deslizándose ante nuestra despistada mirada, entre recuerdos y sombras, pesadillas y sueños, en la luz del mañana y en la oscuridad de las noches lúgubres.
Huele a cartón y a humo. A café recién hecho. A lluvia y tierra mojada. Se presenta con la urgencia de lo novedoso y va despidiéndose con el aroma de un libro viejo.
Su tacto es frío como una moneda de plata y abrasador como el fuego de una hoguera. Se desvanece como el polvo que una ventisca arrastra, se derrite como el hielo de un cubata y absorbe los delirios que se pierden entre sábanas y madrugadas.
A veces, nos quema el paladar con sabores estridentes, otras nos empalaga con almibarado sabor meloso. Mezcla sabores, aromas, peleas y olvidos. Sigue su curso. Segundo a Segundo. Nunca se detiene.
Suena a ladrido de perro, quejido lastimoso, grito desgarrado. Se deja oír en las gotas de agua de un grifo mal cerrado, en esa voz que tanto se ha anhelado, cuando se echa de menos, de la que tanto recelamos, cuando se echa de más.
Se ve en los amaneceres y las puestas de sol, a través de borrosas vidrieras, o en la esencia de las olas del mar. Inmortalizado se encuentra en las ausencias, fotos y presencias. Sigue derramando sus granos de arena sobre nuestra cabeza, aplastando en cada paso las normas, elimina las reglas, cambia los puntos de vista.....
Pasa despacio o corriendo. Salta y vuela. Lo sentimos en la piel tersa, y en cada una de las marcas que en ella nos deja, en la luz y en la penumbra, en el diario reflejo del espejo, enmarañado entre números o perdido entre las manecillas de un reloj.
No se detiene, no se deja atrapar y nunca vuelve. Sus prisas se hacen más patentes con las risas, insignificantes junto al tedio. Somos solo estrellas fugaces en este universo de entes. Insignificantes. Tan sólo un suspiro que empieza y termina con lágrimas.
Todo termina con una lápida sobre nuestra sombra, replegados sobre nosotros mismos, alejados del límite del miedo. Antes que eso, mil imágenes en blanco y negro. Secuencias en diapositivas. Lo se porqué lo he vivido. Estuve allí pero volví para contártelo.
Dejamos de ser. Volvemos a visitar nuestro rincón, quedamos en un recuerdo, un espejismo de lo que fuimos, de lo que intentamos ser.
El tiempo se me escapa de las manos, se escurre entre mis dedos, pierdes mis llamadas, pierdo tus deseos.
Y de repente, casi sin darnos cuenta, nuestro momento ya ha pasado.
La vida es fugaz, breve, el tiempo pasa destruyéndolo todo y destruyéndonos a nosotros mismos, vivir es ir muriendo.
Doy mi última calada. Me giro sobre mí mismo. Apago el cigarro. Y me marcho. Sin mirar atrás

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