Que sólo sea un roce lo que guarden de ti, un mero contacto, una mirada, una conjunción de labios, un sentimiento inquieto.
Las gastadas sábanas aún llevan impregnado su olor, cuando cierra los ojos, los sueños son inevitables, nítidas imágenes que evocan recuerdos lejanos la hacen estremecer una vez detrás de otra. Sin pausa. Revive sus cálidas manos acariciándole la espalda, el murmullo de un susurro en su oído, el ligero compás que acompañaba a su lengua al recorrer su cuello, sus lascivas miradas, el empuje del mar inundando todo su cuerpo.
Pasado. Recuerdos. Pasado. Sueños. ¿Olvido? Imposible.
Atada de pies y manos, se retuerce entre la impotencia y la desidia. Siente las cadenas tirar de sus amoratadas muñecas, golpea una y otra vez con los nudillos sobre el soporte que la sostiene, dejando marcada su sangre en un reguero de gotas impasibles, inconfundibles, perdidas, marcadas...
Apenas si puede recordar nada de lo que hasta allí la ha llevado, se mira y observa los moratones repartidos por su cuerpo, los arañazos aún frescos, siente su pelo caer, grasiento y enmarañado sobre su cara hinchada, ve vendas raídas que mal cubren sus piernas.
Ya no siente placer. Sólo dolor. El odio, su único sentimiento.
Oculta en la torre más alta del castillo perdido entre lamentos y nanas, sólo espera que arda la mecha, que aprieten la soga, que extingan sus días, que se dispare el arma, que estalle la bomba.
Deja escapar de sus labios palabras sin sentido, entre las vidriosas imágenes que le devuelven sus ojos se encuentra con él. Lo llama, más no responde. Repite una y otra vez su nombre. Muy despacio. Sílaba a sílaba. Mas su imagen no hace más que esbozar una sonrisa torcida mientras la observa a los pies de la cama. Sabe que está hablándole, más no consigue entenderlo. Ella suplica, no por su vida, ni por su libertad, sino por un beso, una caricia, por robarle una mirada a esos ojos sin alma, un rápido y fugaz encuentro.
Más como respuesta, tan sólo obtiene al silencio. Distancia y silencio. Él vuelve a alejarse de su magullado cuerpo. Vuelve a dejarla sola. Vuelve a darle la espalda.
Lo llama a gritos, con la poca voz que le queda. Y al rato, vuelve.
Pero ya no es él, tiene cubierto el rostro, tan solo puede distinguir sus ojos llenos de furia y su boca sedienta. Se aproxima a ella sin cautela, fuera de sí, había atado el cuerpo equivocado. Las ventanas se abrían a su paso, dejando libre albedrío al gélido viento que osó llenar el habitáculo. Paso a paso persigue el olor de su rastro de sangre, enloquecido por los vapores del éxtasis. No la escucha. No la reconoce. Tan sólo es una humana. Una víctima más. Como otra cualquiera. Se abalanza sobre ella. Sus colmillos han tomado posesión de su boca. Su cálido cuello, las venas palpitando bajo su piel desnuda, la sangre de sus heridas, su olor...
Desgarró su carne, bebió su sangre, le arrebató la vida, se despojó del deseo y la lujuria, sació su sed y regreso a las tinieblas donde guarecerse de los rayos del sol.
Despertó
La luna estaba en su cénit. Miró el cielo. Subió a la torre y allí la encontró, tal como la había dejado, completamente inerte, atada entre viejas sábanas y cubierta de sangre reseca.
La vio....
..... La reconoció.....
............................... Y un par de lágrimas rojas rodaron por sus mejillas.....
miércoles, 5 de mayo de 2010
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