domingo, 16 de mayo de 2010

LO QUE BRIAN JONES ME CONTÓ

Me contó muchas cosas la primera vez que me visitó. Aquella noche, en mi casa, hablamos de lo divino y de lo humano, hablamos de todo y aun, al amanecer nos quedaba todo por decir.

No sabría decir cómo sucedió (tampoco es que me importe demasiado) ocurrió y ya está.

Junto a la chimenea, el dandi y yo, decidimos que Dios no existía. Decidimos que la magia, sólo a ratos y que, el amor dependía del prisma objetivo/subjetivo que se le aplicara. Nada de esto era nuevo, o quizás sí. Supongo que cómo todas las cosas, alguien habló de todo esto en algún otro lugar y tiempo.

"Amigo mio" me contaba Mr. Brian "debes aprender a caminar por el desierto. Muchas cosas se suceden allí, una tras otra, siempre sin comprender dónde acaban unas y, dónde comienzan otras. así actúan también las personas. No podemos averiguar que quieren pero podemos adivinar por azar. Sí, sí. Escuchas bien. Por azar, gran virtud el azar".

"¿El azar... una virtud?"
"Claro amigo mio. Piensa que, el desierto se equipara al mundo, un mundo en el que hay personas con LAS QUE, CONTINUAMENTE INTERACTUAMOS Y DE LAS QUE ESPERAMOS CIERTAS COSAS en el mismo modo en que, DE NOSTROS Esperan. Así pues, el desierto posee sus propias reglas particulares para cada caso. El árido yermo, cuenta con multitud de entradas que no percibimos al atravesar pero no debemos asustarnos ya que, de igual modo, se cuentan infinitas salidas, tantas puertas hay para lo uno como para lo otro. de hecho, las que sirven para entrar, también sirven para salir".

"Entonces Brian, ¿No cabe la posibilidad de la perdida?"
"Si, sí cabe Miky. No te mentiré. Pero tranquilo; cuando perdemos una cosa, encontramos otra. ¿Acaso, tú, amigo mio, recientemente no has perdido algo e igualmente, has ganado?"

Meditamos sobre ello largo tiempo. Encendimos un cigarro. Fumamos. Nos miramos...

...Aun, continuamos hablando de lo divino, de lo humano y de otras muchas cosas.

PAISAJE CON DOS TUMBAS Y UN PERRO ASIRIO

Amigo,
levántate para que oigas aullar
al perro asirio.
Las tres ninfas del cáncer han estado bailando,
hijo mío.
Trajeron unas montañas de lacre rojo
y unas sábanas duras donde estaba el cáncer dormido.
El caballo tenía un ojo en el cuello
y la luna estaba en un cielo tan frío
que tuvo que desgarrarse su monte de Venus
y ahogar en sangre y ceniza los cementerios antiguos.

Amigo,
despierta, que los montes todavía no respiran
y las hierbas de mí corazón están en otro sitio.
No importa que estés lleno de agua de mar.
Yo amé mucho tiempo a un niño
que tenía una plumilla en la lengua
y vivimos cien años dentro de un cuchillo.
Despierta. Calla. Escucha. Incorpórate un poco.
El aullido
es una larga lengua morada que deja
hormigas de espanto y licor de lirios.
Ya vienen hacia la roca. ¡No alargues tus raíces!
Se acerca. Gime. No solloces en sueños, amigo.

¡Amigo!
Levántate para que oigas aullar
al perro asirio.


F.G.L.


(A Miguel)

miércoles, 5 de mayo de 2010

EL ÚLTIMO VALS

En una noche cualquiera, bajo la tenue luz de las estrellas, bailaremos un vals: refugiados, bajo un rayo de luna.
Incluso escondidos en la oscura noche, veremos nuestras siluetas reflejadas en las paredes que, cobijan nuestro rincón aislado de curiosas miradas.
La música empezará tenue, acercándose sibilina a nuestros sentidos, envolviéndonos en su magia, y cada nota será acompañada por un trago de vino, esperando nuestro vals oiremos otros sonidos, otras melodías, una balada, una pieza de jazz, ¿quizás sean violines aquello que ahora nos acompaña? ¿Puede ser un chelo? Y que más da, en esta templada noche he olvidado tu nombre, y no puedo recordar quien soy...Y que más da, que nos importa aquello que hayamos vivido o, lo que nos quede por vivir, si ahora, no puedo más que contemplarme en tus ojos, esperando esa ilusión, hecha carne, que nos convierte en un mero espejismo, en una imagen difuminada de la pasión y los celos, tan solo una caricatura de nosotros mismos, hasta que empieze nuestra canción, hasta que suenen esos acordes, que tanto hemos esperado, un vals, nuestro vals, quizás el último...pero ¿acaso importa?
Te quiero de postre.
Saborear, tus cálidos labios, aún mojados por la gota que resbaló de la última copa de vino. Vino dulce que, degustamos minutos atrás tan solo.
Tan solo....
...déjate llevar, escucha su melodía, transportate al cielo en mis brazos...Ven...acércate a mi, unámonos en el vals.
Olvida batallas pasadas, tapa sentimientos ocultos, borra ese recuerdo.
Acepta la caída, en esta tela de araña, que sólo para tí he estado tejiendo.
Ven...
Ven hacia mí, levantate y baila. Disfruta de este lento baile, que tan sútil nos mantiene tan unidos que, nuestras sombras se transforman en solo un movimiento, una sola silueta, bajo las tenues luces que osan alumbrar este momento.
Me dejo caer en un hipnótico deseo: tu.
En un baile de seducción que a ambos nos atrapa, me dejo llevar por tí, sigo tus pasos, abrazas mi cintura, te estrechas cotra mi, aspiras mi perfume, me embriago de ti, y vuelvo a volcarme en un sueño del que no quiero despertar.
La músia cobra intensidad, anuncia tragedia dentro de una siniestra carcajada a la que no hago caso.
Me acerco a ti, susurro promesas en tu oido y, bajo el frenético ritmo del frenesí, te beso, y me dejo arrastrar por ti en un continuo estremecimiento, mientras tu boca desciende centímetro a centímetro sobre mi piel hasta llegar al cuello, donde te embelesas ávida de deseo.
La música se detiene, pero queda el silencio, a través del cual, seguimos danzando.
Aún permanece el deseo, que rompe el silencio con el roce de nuestros cuerpos. El sonido de los besos, caricias y suspiros sustituirán aquello que antes nos guiaba en el baile, llevándonos directos al suelo.
La sinfonía de la pasión nos rodea mientras suenan las campanas.
Abrazados, manifiesto del amor convertido en mágia. He entrado en tí, despacio, aumentando la velocidad al ritmo que marcan los impulsos, los latidos cual timbales, la sangre caliente, las mejillas encendidas, el pelo revuelto, y la espalda arqueada en cada una de las sacudidas que envuelven tu cuerpo.
Tus uñas en mi espalda, espasmos de placer encerrados dentro de la tempestad, escalofríos camuflados en una ola de calor inminente. Se tensan las piernas, se contraen los músculos, perdemos el sentido, y caemos derrotados por la primera oleada.
Pero aún el mar no está en calma, y sigue golpeando en la puerta de mis extrañas, para hacerte subir un par de peldaños más en esa escalera que al cielo llega.
Con la última erupción del volcán, el mar explota a nuestro lado, y con la última ola, la tempestad deja paso a la calma.
A pesar de haberme sentido devorado por el palpitar de tu carne, no he podido encontrar tu alma...
Una noche cualquiera, poseiste mis sentidos. Te hiciste partícipe de mis delirios. Dejaste que se manifestara en tus ojos el reflejo de los destellos que anuncian el deseo eterno.
Pero la noche se acaba y se esfuma la magia. Desapareces sin un adios, un abrazo, un beso. Volvemos a la rutina de los ojos vacíos, hasta que vuelva a sonar nuestro vals y, escondidos en un rayo de luna, volvamos a encontrar la mágia.

REDENCIÓN

Que sólo sea un roce lo que guarden de ti, un mero contacto, una mirada, una conjunción de labios, un sentimiento inquieto.
Las gastadas sábanas aún llevan impregnado su olor, cuando cierra los ojos, los sueños son inevitables, nítidas imágenes que evocan recuerdos lejanos la hacen estremecer una vez detrás de otra. Sin pausa. Revive sus cálidas manos acariciándole la espalda, el murmullo de un susurro en su oído, el ligero compás que acompañaba a su lengua al recorrer su cuello, sus lascivas miradas, el empuje del mar inundando todo su cuerpo.
Pasado. Recuerdos. Pasado. Sueños. ¿Olvido? Imposible.
Atada de pies y manos, se retuerce entre la impotencia y la desidia. Siente las cadenas tirar de sus amoratadas muñecas, golpea una y otra vez con los nudillos sobre el soporte que la sostiene, dejando marcada su sangre en un reguero de gotas impasibles, inconfundibles, perdidas, marcadas...
Apenas si puede recordar nada de lo que hasta allí la ha llevado, se mira y observa los moratones repartidos por su cuerpo, los arañazos aún frescos, siente su pelo caer, grasiento y enmarañado sobre su cara hinchada, ve vendas raídas que mal cubren sus piernas.
Ya no siente placer. Sólo dolor. El odio, su único sentimiento.
Oculta en la torre más alta del castillo perdido entre lamentos y nanas, sólo espera que arda la mecha, que aprieten la soga, que extingan sus días, que se dispare el arma, que estalle la bomba.
Deja escapar de sus labios palabras sin sentido, entre las vidriosas imágenes que le devuelven sus ojos se encuentra con él. Lo llama, más no responde. Repite una y otra vez su nombre. Muy despacio. Sílaba a sílaba. Mas su imagen no hace más que esbozar una sonrisa torcida mientras la observa a los pies de la cama. Sabe que está hablándole, más no consigue entenderlo. Ella suplica, no por su vida, ni por su libertad, sino por un beso, una caricia, por robarle una mirada a esos ojos sin alma, un rápido y fugaz encuentro.
Más como respuesta, tan sólo obtiene al silencio. Distancia y silencio. Él vuelve a alejarse de su magullado cuerpo. Vuelve a dejarla sola. Vuelve a darle la espalda.
Lo llama a gritos, con la poca voz que le queda. Y al rato, vuelve.
Pero ya no es él, tiene cubierto el rostro, tan solo puede distinguir sus ojos llenos de furia y su boca sedienta. Se aproxima a ella sin cautela, fuera de sí, había atado el cuerpo equivocado. Las ventanas se abrían a su paso, dejando libre albedrío al gélido viento que osó llenar el habitáculo. Paso a paso persigue el olor de su rastro de sangre, enloquecido por los vapores del éxtasis. No la escucha. No la reconoce. Tan sólo es una humana. Una víctima más. Como otra cualquiera. Se abalanza sobre ella. Sus colmillos han tomado posesión de su boca. Su cálido cuello, las venas palpitando bajo su piel desnuda, la sangre de sus heridas, su olor...
Desgarró su carne, bebió su sangre, le arrebató la vida, se despojó del deseo y la lujuria, sació su sed y regreso a las tinieblas donde guarecerse de los rayos del sol.
Despertó
La luna estaba en su cénit. Miró el cielo. Subió a la torre y allí la encontró, tal como la había dejado, completamente inerte, atada entre viejas sábanas y cubierta de sangre reseca.
La vio....
..... La reconoció.....
............................... Y un par de lágrimas rojas rodaron por sus mejillas.....

«Tempus fugit, sicut nubes, quasi naves, velut umbra» -Virgilio- [El tiempo vuela, como las nubes, como las naves, como las sombras]

Apoyado sobre la barandilla de mi terraza, observo las figuras que forman las nubes en el cielo y me pierdo entre el balanceo de los árboles del parque bajo el peso del viento. Puede que algún día recuerde este momento eterno, siempre presente, como si siempre hubiera estado, infinito. O puede que sea desterrado al cajón de los olvidos, como algo que nunca sucedió.
Pasa el tiempo a nuestro lado como si de nada se tratara. Acorta distancias. Aleja personas. Cura heridas. Señala cicatrices. Mata el amor. Y nunca se detiene. Jamás digas nunca siempre.
Se mezclan en él, como si de una vieja pócima se tratara, gritos, sonrisas y lágrimas. Segundos, días, minutos y horas. Ya existía cuando llegamos, y seguirá estando ahí una vez que nos hayamos ido. Marcándonos uno a uno con su paso, deslizándose ante nuestra despistada mirada, entre recuerdos y sombras, pesadillas y sueños, en la luz del mañana y en la oscuridad de las noches lúgubres.
Huele a cartón y a humo. A café recién hecho. A lluvia y tierra mojada. Se presenta con la urgencia de lo novedoso y va despidiéndose con el aroma de un libro viejo.
Su tacto es frío como una moneda de plata y abrasador como el fuego de una hoguera. Se desvanece como el polvo que una ventisca arrastra, se derrite como el hielo de un cubata y absorbe los delirios que se pierden entre sábanas y madrugadas.
A veces, nos quema el paladar con sabores estridentes, otras nos empalaga con almibarado sabor meloso. Mezcla sabores, aromas, peleas y olvidos. Sigue su curso. Segundo a Segundo. Nunca se detiene.
Suena a ladrido de perro, quejido lastimoso, grito desgarrado. Se deja oír en las gotas de agua de un grifo mal cerrado, en esa voz que tanto se ha anhelado, cuando se echa de menos, de la que tanto recelamos, cuando se echa de más.
Se ve en los amaneceres y las puestas de sol, a través de borrosas vidrieras, o en la esencia de las olas del mar. Inmortalizado se encuentra en las ausencias, fotos y presencias. Sigue derramando sus granos de arena sobre nuestra cabeza, aplastando en cada paso las normas, elimina las reglas, cambia los puntos de vista.....
Pasa despacio o corriendo. Salta y vuela. Lo sentimos en la piel tersa, y en cada una de las marcas que en ella nos deja, en la luz y en la penumbra, en el diario reflejo del espejo, enmarañado entre números o perdido entre las manecillas de un reloj.
No se detiene, no se deja atrapar y nunca vuelve. Sus prisas se hacen más patentes con las risas, insignificantes junto al tedio. Somos solo estrellas fugaces en este universo de entes. Insignificantes. Tan sólo un suspiro que empieza y termina con lágrimas.
Todo termina con una lápida sobre nuestra sombra, replegados sobre nosotros mismos, alejados del límite del miedo. Antes que eso, mil imágenes en blanco y negro. Secuencias en diapositivas. Lo se porqué lo he vivido. Estuve allí pero volví para contártelo.
Dejamos de ser. Volvemos a visitar nuestro rincón, quedamos en un recuerdo, un espejismo de lo que fuimos, de lo que intentamos ser.
El tiempo se me escapa de las manos, se escurre entre mis dedos, pierdes mis llamadas, pierdo tus deseos.
Y de repente, casi sin darnos cuenta, nuestro momento ya ha pasado.
La vida es fugaz, breve, el tiempo pasa destruyéndolo todo y destruyéndonos a nosotros mismos, vivir es ir muriendo.
Doy mi última calada. Me giro sobre mí mismo. Apago el cigarro. Y me marcho. Sin mirar atrás

LA PASIÓN CONTINUA

Son las cuatro de la mañana, no puedo dormir. Ha sido un día extraño, al igual que excitante, y creo que necesito escribirlo para poder recordar hasta el último detalle.
Los viernes siempre son agobiantes, pero si es final de mes, resultan agotadores. Aunque estaba impaciente, salíamos a cenar a un argentino con unos amigos que no veía desde hacía tiempo.
En el camino de ida ya he notado algo raro, yo estaba molesta porque había llegado tarde a casa y no me había querido decir de donde venía. Él solo miraba al frente, ausente, concentrado en el tráfico.
La cena ha sido genial y divertida. Ha estado encantador con mis amigos, era la primera vez que los veía y creo que se los ha ganado de sobra. Yo quizás estaba un poco celosa ya que notaba que no me prestaba la suficiente atención. Había estado arreglándome dos horas para él y sólo me dedicaba una atención parcial de vez en cuando. Me miraba con aquella mirada que me derrumba y me acariciaba la pierna por encima de las medias, para olvidarme después por nuestros acompañantes.
He de decir en su favor que los últimos días había estado nervioso pensando en la cena. Era la primera vez que salíamos con mis amigos desde que estábamos juntos, y conociéndole sabía que lo estaba pasando mal. Pero creo que había algo más o eso pensaba.
En el viaje de retorno seguía distante, yo me he puesto de costado en el asiento para poder contemplarle mejor, él miraba al frente siendo consciente que le observaba. Estaba radiante, me sentía orgullosa de él y una excitación sin igual empezaba a apoderarse de mi vientre.
Llegamos a casa, quería aparentar naturalidad pero la cuestión era que me moría de ganas de abrazarle, de besarle y de que me hiciera el amor de aquella manera tan despiadada consiguiendo sacar lo más profundo de mí como solo él sabe conseguir.
Pero todo era inútil, saca unos hielos del frigorífico, se sirve un whisky y se acomoda en el sofá con las piernas cruzadas fijando la mirada sobre el cuadro que adquirimos la semana pasada en aquella galería de París.
Yo no paraba de pasearme del salón al baño y del baño a la cocina esperando que al pasar por delante me agarrase por el brazo, me arrancara la ropa, destrozase la lencería, aunque la había estrenado esta noche y me penetrase de una manera violenta pero sensual.
Diez minutos y nada, harta ya de esperar y admitir que mi noche mágica terminaba en desespero me planto delante del sofá con los brazos cruzados e intentando adquirir la expresión de mujer francamente cabreada.
"¿Esperas quedarte ahí toda la noche, o piensas venir a la cama?"
Nada, espero y nada, su mirada clavada en el cuadro, las piernas cruzadas, su brazo apoyado en el del sofá mientras la mano hace tintinear los hielos dentro del vaso. A punto estaba de lanzarme a su cuello y abofetearle cuando pronunció una palabra, más bien fue una orden.
"¡Desnúdate!"
Quedo contrariada y perpleja, no entiendo.
"¿qué has dicho…..?"
Esta vez clava sus ojos en los míos, con esa mirada suya que me deshace, me rompe y desconcierta. Crece la ira en mí, necesito desquitarme, busco algo contundente para lanzarle, cerdo engreído. Busco a mi alrededor sin ser consciente que mis manos buscan los botones de la blusa. En segundos la prenda cae sobre la alfombra, después la falda. Estoy hipnotizada, no soy consciente de mis actos. Quedo desnuda ante su mirada impasible, apura la copa, un escalofrío recorre mi espalda. Vuelve la excitación, siento vergüenza y nerviosismo, no se que hacer con las manos, no se como mantener una imagen digna y sexy al mismo tiempo. El se levanta y me rodea, algo lleva en las manos. Ata mis muñecas nerviosas a la espalda y coloca un pañuelo en los ojos, pierdo la visión y con ella la sensación de vergüenza. Noto su aliento en la nuca. Noto la suavidad de sus labios rodeando algo frío, algo que me acaricia dejando una estela mojada. El agua derretida se mezcla con el sudor que comienza a aflorar. Sus labios se abren dejando escapar el último trago que permanecía prisionero de su boca. El alcohol moja mis pechos y corre por mi vientre hasta las ingles. Nada cae al suelo, todo es retenido por el bello erizado de mi cuerpo a la espera que su lengua lo recoja, y lo hace y yo de pie con las manos atadas, los ojos tapados y la cabeza forzada hacia atrás veo el cielo.
Me agarra fuertemente de los hombros y me aplasta los pechos y los labios contra la pared. Yo arqueo las piernas esperándole y me penetra con una suavidad exquisita y me ama como más me gusta que lo haga. Y vuelvo al cielo, y duermo en sus brazos.
Necesitaba escribirlo mientras existía este nudo en mi vientre, él duerme y se que me espera, se que siempre estará ahí, y espero volver a levantarme miles de veces con la misma necesidad de escribir, pero…… asdjkl´ñtoyuefñgjm alñskdjwoijtgñlfkjslhfn
Noto un aliento en la espalda, existe un cuerpo desnudo junto a mí que aprieta el mío contra el teclado. La pasión continua………………..

AQUÍ Y AHORA

Manu le pidió que le enseñara su dormitorio. Ella se lo enseño como el resto de la casa pero el no vio nada.
La empujo sobre la cama con violencia sensual y la miró.
Ella sonrió.
El, comenzó a recorrerla con sus manos desnudandola, poco a poco.
La beso la olio, la miro... La toco en su flor. Ella se estremeció. El descendió hasta su vientre, y un poco mas abajo comenzó a devorarla.
Ella lo llamo y el al rato subió.
Volvieron a besarse, volvió a sonreír. Quiero hacerte el amor Mónica, necesito hacértelo como no he deseado nunca nada. Ella desabrochó su pantalón y lo invito a penetrarla. Y así lo hizo: una y otra vez... Una y otra vez... Una otra vez. Sin dejar de besarse. Una y otra vez... Sin dejar de mirarse. Una y otra vez...
Y juntos... Explotaron

EL PRIMER SOL

Miralos ahí, en pie, solos contra el mundo. No necesitan nada más. Le contaba una estrella a otra pero ellas, no lo sabían. Ellas no sabían que si necesitaban algo. Se necesitaban el uno al otro. Necesitaban amar y ser amados.
Ellos, en su mundo casi perfecto donde poco importaba el resto del mundo, se encontraban cada noche. Allí sus miradas estallaban diciéndose todo cuanto era necesario pero lo hacían sin palabras. En casos así, no las necesitaban, él prefería tumbarla y con los ojos decir lo que no abarcaban las palabras, ni tan siquiera los versos de los poemas más hermosos que ninguno pudiese concebir.
Sólo una mirada imperecedera que transmite unidireccionalmente lo que aquí no puedo reflejar. Una caricia. Desde él a ella, de sus dedos a su mejilla, mejilla generosa que premia las yemas de sus dedos con un beso de sus labios. Y la piel como escarpias ¿la de él o la de ella?... ¿acaso eso importa?
Y su perfume invade los sentidos y con el se emborracha y se crece, se crece lleno de fuego y busca hacerle el amor, pero sabe que aun no es el momento. No es momento para nada, para nada que no sea esperar, esperar y seguir investigando aquella piel y aquel cuerpo con sus manos. Cada curva, y cada misterio deben ser memorizados ¿qué clase de templo o fe puede erigirse sobre algo que se desconozca? ¿qué clase de devota relación sería aquella para con una criatura tan divina si, no pudiese glorificar cada rincón de su cuerpo por igual, sin desmerecer ninguna y santificarlas todas a la vez?
La sentía estremecerse bajo su diestro pulso. Ambos querían unirse durante una efímera eternidad pero también, ambos se aguantan las ganas apurándose en el delirio que roza la locura que llama a su puerta.
Su boca toma el relevo de tan mágicas manos y la recorre. La devora con ansia, la muerde, la colma de besos en los lugares más inconcebibles y busca su secreto… y allí da gracias a los cielos por su sabor, por su sal… su vida… su pasión ¿también su amor? Eso quiere él en lo más profundo de su ser.

Por esta noche todo ha terminado.
Por esta noche soñaran con algo perfecto como sus vidas hace un rato.
Esta noche abrazados…todo es posible.
Esta noche abrazados, será un nuevo comienzo de esperanzas e ilusiones.
Esta madrugada…juntos…esperan el brillar del primer sol.

DOS AMIGOS

Dos amigos, Karim y Abdul, caminaban por el desierto debatiendo acerca de lo divino y lo humano.
En un momento concreto, Abdul se encendió de ira y, cruzó el rostro de Karim con gran violencia.
Karim tomó una rama y escribió en la arena:
"HOY, MI AMIGO ABDUL, ME GOLPEÓ”
Abdul fue testigo de como el viento arrastró las marcas dejando la superficie como si nunca, hubiese escrito Karim.
Continuaron caminando, esta vez, en silencio. No pasó mucho tiempo cuando Karim hechó mano a su bolsa de agua y la descubrió vacía. Abdul se apresuró a darle la suya.
Karim al terminar, buscó una roca y, con el cuchillo, sobre ella escribió:
"HOY, MI ENEMIGO ABDUL, SACIÓ MI SED”.
Abdul comprendió que, aquella roca, permanecería allí durante años y preguntó:
"Karim, por que escribes la maldad en arena y la bondad en roca?”
Le respondió:
"Mi buen Abdul, querido amigo y hermano, compañero mortal y como tal, falible. Comprende qué, si dejara marcada en roca inmortal tu gesto; el dolor nunca desaparecería ya que, siempre algo, me lo recordaría. De igual modo, funciona el corazón de los hombres, por ello, como la arena y la roca, eligo quedarme con el gesto que, realmente me ayudará a crecer como persona ya que, si lo hiciese a la inversa, el rencor nunca me abandonaría y de ese modo, tu y yo, no podríamos mirarnos a la cara nunca más”.
Ambos se abrazaron comprendiendo la verdad de aquellas palabras eternas e inamovibles.

TIEMPO DE CEREZAS

No temas a la muerte dijo el Dandi; no temas a la vida.
Ella ha descubierto quien es él. Sin embargo, sus palabras y su mirada la empujan a confiar. Además, es hermoso.
Rebosa gracia, confianza y seguridad. Y misterio, un misterio hipnótico. Si se lo pide: accederá a acostarse con él, aunque confía en que no lo haga. Prefiere que actúe, que la vuelva a besar y acariciar como hace rato. Piensa que forma parte del misterio… y es hermoso.
Sus ojos se han abierto con la luz de la mañana. Las copas no han dejado rastro y el Dandi, tampoco. Al menos físico.
Dentro de ella, si se ha quedado muy hondo.
Horas antes, lo arrastró a su piso (eso quiere pensar ella, le resulta sensualmente brutal). Allí charlan y se besan. El cuenta algo de un corazón roto y derrama una lágrima (sólo una), luego se besan. Ignora por cuánto tiempo. Cuando quiere darse cuenta, ya no es ella. Ya no es ella y está desnuda. Un animal, una fiera salvaje que habita en ella ha tomado las riendas y el control de su vida. Quiere marcar sus uñas en la espalda del Dandi, marcarlo como suyo. Quiere clavar los dientes en su cuello.
En su clavícula.
La cálida mano desciende por sus pechos (ahora excitados), se entretiene, la boca desciende en su ayuda. La boca alterna entre el cuello, los pechos, y la boca (parece que, caprichosamente, sin albedrio. Sin embargo, ninguna de estas partes que, le rozan, se siente celosa de las otras). La mano, no tarda mucho en descender a su vientre.
El fuego es más apremiante por momentos.
La mano se ha detenido. Ahora comienza un viaje que parece ser infinito hacia lo que parece ser su cadera derecha. Su trasero, su muslo… y vuelve al comienzo. Y la boca, continua derramándose.
Los besos repartidos entre ambos, son de ambrosia y belladona. Curan y matan a un tiempo: Curan porque liberan el alma. Matan porque la esclavizan. Algo que occidente olvidó hace dos mil años y oriente aun recuerda, es susurrado en su oído. Ella sonríe. Se vuelve más hipnótico por momentos. El momento se acerca, piensa ella. El desciende la boca de la oreja a su boca, a su cuello, a sus pechos, a su vientre… a su monte venusiano y lo esquiva anclándose en sus muslos.
Aun tendrá que esperar.
El muslo derecho siente su mordisco, sus besos. Se muda al izquierdo rozando de lejos su flor. No está segura de que haya pasado por allí. Las manos se han acomodado: una en la cadera, otra en un pecho. Y vuelve al lado derecho. Otra vez duda que tocase su flor (ella quiere creer que si).
Finalmente ha ocurrido. Sus miradas se han cruzado. La suya desde arriba, la de él, desde el otro lado de su cuerpo. Con los ojos se han confesado sus regalos. Finalmente, ha ocurrido. El vino de verano ha comenzado a derramarse. Aquella boca que, recorriera su cuerpo unos instantes antes, ahora estremece de envidia al resto de su cuerpo, sólo tiene amor para su flor. Su esencia que, busca desesperadamente explotar a su contacto. Una conjunción de estrellas la recorre. Una parte quiere alcanzar el paraíso, la otra, que se demore eternamente, que aquello no acabe. Y como si la escuchase, hace que aquello se prolongue y no termine. No le importa el tiempo, sólo el momento… y de nuevo, finalmente, derrama su espuma.
Pero él aun no ha terminado con ella.
Extasiada se abandona. Hace tiempo que su mente no puede decidir nada.
Un leve suspiro recorre su cuerpo, de modo que la estremece. Una caricia y un beso en su cuerpo y las bocas, han vuelto a encontrarse regalando besos de algo que está más allá de las palabras.
Aparta el cabello de su rostro y nuevamente...
...susurra algo que oriente aun recuerda.
El guiña un ojo, obtiene una risa dulcísima por respuesta.
La cabeza se hunde en su cuello; siente su aliento, sus labios, su lengua, sus mordiscos de salvaje ternura desbocada. Pero también lo siente entrando en ella. En su mundo.
Su carne es ahora una y el éxtasis inimaginable. Una danza macabra inventada en el principio de los tiempos es ahora improvisada por sus cuerpos. Sus miradas se han encontrado y se niegan a despedirse. Todo es dulce y lento, muy lento. Tan lento como la gota que descompone la roca. Tan lento, perfecto y precioso que, las medidas de tiempo del hombre aquí, ya no sirven.
Los cuerpos penetran la carne pero las miradas, penetran el alma. Haciéndola vulnerable. Aquí y ahora, ya nada importa. Nada más que lo que se traen entre almas. Y lo que no podía medirse con tiempo, comienza a olvidarse pues, ambos inician su propio viaje íntimo a la locura, pues la ley innata de la vida les recuerda que dos bestias esperan agazapadas en su interior. Dos bestias que comienzan a liberarse de sus cadenas, cadenas que rompen adueñándose de sus vidas. Haciéndoles gozar. Gozar con uñas y dientes, con sudor compartido, con suspiros y gritos que se convierten en himnos de alegría con auto mordiscos que consumen sus propias bocas. Y ahí, ya nada importa; nada excepto la victoria, vencer o morir en el intento… y una última vez, con nueva oda final. El perfume del sexo ha sido derramado y compartido. La bestia se retira satisfecha en lo que parece una eternidad y la razón recupera la conciencia de lo vivido, de lo compartido. En una gloria de primavera que se consume bajo un cerezo que ha decidido reencontrarse con la vida, al menos por algún tiempo pues, ellos saben que, el tiempo de las cerezas nunca llega a noviembre.
Se han abrazado y, juntos, dormidos se han quedado. Pensando en lo bueno de algo que, oriente, aun no ha olvidado.

EL ABRAZO.

Excusadme por mi dolor.
Pero el sol mismo me hiere.
Excusadme por mi intromisión:
Pero dejaros ir me duele.
Excusadme por permitirme a mi mismo morir (hace tanto),
Pero prometo no dejaros.
Excusadme por transformaros,
Pero me costaría la vida y seria mi fin (no hacerlo).
Excusadme por tomar prestado vuestro bálsamo sagrado,
Pero ahora es tarde para apartarse y gemir (por lo que os hago).
Excusadme por robaros la vida,
Pero no me digáis que es bello vivir.

:::

Hoy soy una piedra en medio de la arena,
una piedra más en una tormenta,
destinada a desaparecer
sin saber el color de la hierba
ni el frescor de tu presencia.
Hoy mi camino ya no da vueltas
ni consigo encontrar el hilo de la madeja,
El ave canta y su acento me despierta;
la gota de mi destino a veces me alienta.
El temor se reconcilia conmigo, se vuelve fuerza.
Allí estaré, a tu lado y, tal vez me reconozcas.
El río ya viene a por mi y en su barca sobra un asiento
(y es para mi).

Gracias vida: pues, supe de tu necesidad, de tu bondad y tu castigo.

http://www.youtube.com/watch?v=jvUMbxilzkE

him - gone with the sin live