El quetzal cantaba, antes de la llegada de los conquistadores. Y solía hacerlo de tal forma que sus trinos cautivaban a todos. Luego calló.
Cuando todavía no existían pobladores en el mundo y reinaba el silencio. Los dioses y sus hijos se reunieron para formar el universo. Luego de una larga discusión de cómo harían esto, decidieron que apareciera la superficie de la tierra y retiraron las aguas.
Formaron los valles, las costas y los montes. Crearon a los animales de diferentes tipos para que vivieran allí. Y muy felices ante su obra, los dioses descansaron.
Pero Kuk (el del rostro de neblina y cabellera negra) deseaba bajar a convivir con las criaturas que crearon. Primero pidió permiso a Cabgil (corazón del cielo), pero éste le negó su deseo.
Kuk insistió, pues no entendía como si ellos, los dioses, habían creado a esos seres, él no podía vivir con ellos. Cabgil llamó a los otros dioses que integraban el consejo supremo.
Y allí estaban, Gukumatz (el poder del cielo), Tzakol (el que construye), Bitol (el que forma), Tepeu (el que domina), Alom (el que procrea) y Cajolom (el que engendra). Todos ellos rechazaron nuevamente la súplica del pequeño Kuk. Pero Ixcumané e Ipiyacoc abuelos de Chirakán (el sol) decidieron que el joven bajara a la tierra.
Así Kuk cubierto de piedras preciosas bajó a la tierra. Era sin duda la criatura más bella. Al verlo pasar las aves y las fieras quedaban asombradas por tanta belleza.
Por las noches cuando el joven dios se bañaba en el río, el esplendor de su piel deslumbraba a las fieras, porque las esmeraldas y el jade mezclados con el resplandor del agua lograban que Kuk brillara como el mismo sol. Y eso lo hacía muy feliz, todos lo admiraban.
Con el tiempo la soberbia se apoderó de Kuk, quien pasaba más tiempo admirándose en cualquier reflejo de agua. Y se olvidó de las demás criaturas.
Los dioses al observarlo se preocuparon y decidieron que Kuk regresara al Gug (Manto Verde, mansión del cielo), para crear otros seres que poblaran la tierra. Y éstos serían hechos de madera y maíz.
El joven dios se puso furioso, porque no quería que nadie más habitara la tierra, y pensaba que ningún ser creado de madera podía igualar su belleza.
Desafío a los dioses, la soberbia que poseía era tal que olvidó la advertencia de Xocoteoguah quien le sacaría los ojos; Camalotz, le cortaría la cabeza; Tucumbalam, trituraría sus huesos y Cotzbalam lo devoraría.
Pero Kuk no tenía miedo y eso enfureció más a los dioses. Así decidieron que los abuelos Ixpiyacoc e Ixcumané, fueran enviados para mediar. Cuando los abuelos bajaron, el joven dios se escondió.
Tucumbalam lo vio desde el cielo y les dijo a los viejos dioses dónde estaba Kuk. Pero ni las súplicas de Ixpiyacoc y las lágrimas de Ixcumané lograron convencer al engreído muchacho. Así que los dioses decidieron darle un castigo ejemplar.
Fue transformado en quetzal
Por la noche fue transformado. Y al día siguiente los animales quedaron sorprendidos al ver una especie nueva de pájaro. El quetzal
Era un ave de hermoso plumaje color verde jade, de grandes alas, cola de plumas largas y la cabeza coronada por un resplandeciente penacho verde, que gallardamente estaba postrado en las ramas de un árbol.
Cuando vieron los ojos expresivos del ave, las demás criaturas supieron de quién se trataba. ¡Era Kuk, el hijo de los dioses! que había sido transformado para embellecer los bosques, las selvas y las montañas de México y de Centroamérica.
El penacho de Moctezuma
Cuenta la leyenda que antes de la llegada de los españoles, Moctezuma reinaba sobre el Anáhuac. Cuauhtémoc, era un telpochtli cuyo trabajo era ser el visitador oficial del emperador.
Un día Cuauhtémoc regresaba de la ciudad de Yahualichan, cuando vio en la selva a un hermoso pájaro de bello plumaje, era un quetzal.
Le gustó tanto que la quería para él, ordenó a sus hombres que lo atraparan. Sin embargo el ave era muy desconfiada y no se dejó cazar. Losguerreros aztecas pasaron varios días con sus noches persiguiendo al quetzal por la selva sin poder alcanzarlo.
Los totonacas les ayudaron
Al enterarse de eso los totonacas de Yahualichan, fueron con los aztecas y les dijeron cómo atraparlo. Los totonacas sabían cómo hacerlo porque entre los productos que entregaban a Moctezuma como dote cada ochenta días estaban las plumas de quetzal.
Les dijeron que uno de ellos se tenía que esconder en un árbol y con una cerbatana le lanzara una bolita de lodo, los aztecas lo hicieron y una vez que atraparon al ave, la encerraron en una jaula muy grande.
Cuauhtémoc entró a Tenochtitlan llevando al quetzal como la mayor riqueza de aquel viaje.
A Moctezuma le gustó mucho ese obsequio y lo agregó al gran zoológico que tenía en su palacio, donde había todo tipo de animales de las tierras conocidas por los aztecas, vivían entre estanques y jardines. El quetzal era el animal más bello de todos.
Pasaron unos días y el quetzal se entristeció tanto que al poco tiempo amaneció muerto. Fue cuando los aztecas se dieron cuenta que no podía vivir fuera de su ambiente y sin libertad.
El emperador Moctezuma también entristeció mucho, y para honrar a la bella ave hizo que le crearan un penacho, un penacho que fuera grande y hermoso y que en él utilizaran las plumas de su quetzal.
También le incrustaron joyas preciosas y oro para que todo aquel que mirara ese penacho recordara al quetzal. Y los dejaran en libertad para que siguieran embelleciendo a su pueblo.
Como muchas cosas que se cuentan, no sabemos si sucedió en verdad o no. Lo que sí sabemos es que hasta ahora el penacho de Moctezuma es una joya histórica.
Y aunque hay quetzales en varios zoológicos, nunca han tenido crías. El quetzal es un animal que ama la libertad y, sobre todo, el bosque de niebla, que es su casa. Es una especie que está en peligro de extinción.
Leyenda del pueblo mexicano
miércoles, 16 de febrero de 2011
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