miércoles, 29 de junio de 2011
el lobo y la luna
En un tiempo sin tiempo, cerca de uno de los principios, la luna era siempre redonda y lejana, atada detrás del cielo y colgada de la nada entre vacíos. Miraba el mundo a sus pies coronada de plata y olvido. Y estaba bien mirando en la distancia. Pero una noche, distraída, se acercó demasiado a la Tierra y se le enredaron los dedos en las ramas de un árbol. Cayó de pie sobre la hierba y de repente le salió al paso una sombra oscura: pelo crespo, ojos negros y una sonrisa lobuna. Cabriolas de luz de luna enmarañada de lobo jugando entre arbustos y colinas. Aullidos y risas y rumor de estrellas entre las hojas. Pero todo lo que empieza acaba y el lobo volvió al bosque y la luna al cielo. Cuenta la leyenda que antes de separarse, la luna le robó al lobo su sombra para vestirse de noche el rostro y recordar el aroma de bosque. Y que desde entonces el lobo le aúlla a la luna llena que le devuelva su sombra...
lunes, 4 de abril de 2011
ORIGEN DEL PECADO
Ha pasado algo y, aun no entiendo que, pero me hizo fuerte, me hizo grande.
Me siento entre los dioses.
Pero no quiero pensar el precio.
La luz se desprende de mí.
Y fluye a través de vosotros.
Si sigo vivo porque estoy hastiado.
Si estoy muerto porque me siento vivo.
Todo lo pasado, en el pasado ha quedado.
Si sigo vivo porque estoy asqueado
Si estoy muerto porque me siento excitado.
Aunque a mi, no pude ayudarme.
Otros serán ayudados.
Son deberes de familia.
Corleone lo ha mandado.
Pater sum!
Padre soy, origen del pecado.
Me siento entre los dioses.
Pero no quiero pensar el precio.
La luz se desprende de mí.
Y fluye a través de vosotros.
Si sigo vivo porque estoy hastiado.
Si estoy muerto porque me siento vivo.
Todo lo pasado, en el pasado ha quedado.
Si sigo vivo porque estoy asqueado
Si estoy muerto porque me siento excitado.
Aunque a mi, no pude ayudarme.
Otros serán ayudados.
Son deberes de familia.
Corleone lo ha mandado.
Pater sum!
Padre soy, origen del pecado.
hermano, no es suficiente
La sangre es poderosa, pero esto no lo pueden entender.
20 años encerrados.
Demasiado de todo han dejado.
Algunos despiadados, otros apartados.
Algunos se quedaron y otro se llevarón.
Estamos destinados, a caminar
siempre de lado.
Estamos condenados, a vivir
en el tejado.
Aquellas minas explotaron,
nos dejaron mareados.
Pero aquello hermano, no fue
suficiente porque seguimos
cabalgando.
Escuchamos rocanrol y no
se llevaron la música.
Hermano, no es suficiente.
Hermano, no es suficiente.
Hermano, no es suficiente...
20 años encerrados.
Demasiado de todo han dejado.
Algunos despiadados, otros apartados.
Algunos se quedaron y otro se llevarón.
Estamos destinados, a caminar
siempre de lado.
Estamos condenados, a vivir
en el tejado.
Aquellas minas explotaron,
nos dejaron mareados.
Pero aquello hermano, no fue
suficiente porque seguimos
cabalgando.
Escuchamos rocanrol y no
se llevaron la música.
Hermano, no es suficiente.
Hermano, no es suficiente.
Hermano, no es suficiente...
pasar a la acción
pensamos demasiado
debemos pasar a la acción.
desequilibrados pensamos
actuar equivale a gritar.
este mundo ya ha cambiado:
me lo dijo el perro asirio.
¿ayer... o quizás fue mañana?
es el secreto de oriente:
recibir es dar y dar, es ser.
me lo dijo el maharaji.
el buen tao no se puede explicar.
es un principio y un final.
sus santidades me enterraron
y en mi entierro dos borrachos
se pusieron a fumar.
pensamos demasiado.
debemos pasar a la acción.
debemos pasar a la acción.
desequilibrados pensamos
actuar equivale a gritar.
este mundo ya ha cambiado:
me lo dijo el perro asirio.
¿ayer... o quizás fue mañana?
es el secreto de oriente:
recibir es dar y dar, es ser.
me lo dijo el maharaji.
el buen tao no se puede explicar.
es un principio y un final.
sus santidades me enterraron
y en mi entierro dos borrachos
se pusieron a fumar.
pensamos demasiado.
debemos pasar a la acción.
dolor, revolución, sangre y libertad
da la vida, no temas a la muerte
lluvia andante paralela
cosas son aun por ver, luz y sangre yo maté al amor
la lágrima seca en la mejilla es un río en el corazón
dolor es libertad
sangrar revolución
nacida para ser amada. pero incapaz de amar
alma errante de las calles
30 puñaladas y en la segunda
ya ibas KO
dolor es libertad
sangrar revolución
siete chakras liberados
son el precio del pecado
dolor es libertad
sangrar revolución
dolor revolución
sangrar es libertad
lluvia andante paralela
cosas son aun por ver, luz y sangre yo maté al amor
la lágrima seca en la mejilla es un río en el corazón
dolor es libertad
sangrar revolución
nacida para ser amada. pero incapaz de amar
alma errante de las calles
30 puñaladas y en la segunda
ya ibas KO
dolor es libertad
sangrar revolución
siete chakras liberados
son el precio del pecado
dolor es libertad
sangrar revolución
dolor revolución
sangrar es libertad
paraiso
En otra vida fui el pecado
el pecado en vuestras vidas
yo vendí al hijo del hombre
y en su nombre, mis tinieblas
expandieron
¿puedes entender lo que ocultan
mis palabras?
bienvenido al paraiso, aunque
aqui, lo llamamos sin gritar
algunos, con el tiempo, se
intentaron levantar
a todos ellos los aplaudo,
su locura fue una bestia en libertad
¿puedes entender lo que ocultan
mis palabras?
bienvenido al paraiso, aunque
aquí, lo llamamos sin gritar.
¿puedes entender lo que ocultan
las estrellas?
bienvenido al paraiso, aunque
aquí, siempre entramos sin
llamar.
el pecado en vuestras vidas
yo vendí al hijo del hombre
y en su nombre, mis tinieblas
expandieron
¿puedes entender lo que ocultan
mis palabras?
bienvenido al paraiso, aunque
aqui, lo llamamos sin gritar
algunos, con el tiempo, se
intentaron levantar
a todos ellos los aplaudo,
su locura fue una bestia en libertad
¿puedes entender lo que ocultan
mis palabras?
bienvenido al paraiso, aunque
aquí, lo llamamos sin gritar.
¿puedes entender lo que ocultan
las estrellas?
bienvenido al paraiso, aunque
aquí, siempre entramos sin
llamar.
garganta con arena
Ya ves,
el día no amanece,
Polaco Goyeneche,
cantame un tango más.
Ya ves,
la noche se hace larga,
tu vida tiene un carma,
cantar, siempre cantar.
Tu voz,
que al tango lo emociona
diciendo el punto y coma
que nadie le cantó.
Tu voz,
de duendes y fantasmas,
respira con el asma
de un viejo bandoneón.
Canta
garganta con arena,
tu voz tiene la pena
que Malena no cantó.
Canta,
que Juárez te condena
al lastimar tu pena,
con su blanco bandoneón.
Canta,
la gente está aplaudiendo,
y aunque te estés muriendo
no conocen tu dolor.
Canta,
que Troilo desde el cielo,
debajo de tu almohada
un verso te dejó.
Cantor,
de un tango algo insolente,
hiciste que a la gente
le duela tu dolor.
Cantor,
de un tango equilibrista,
más que cantor artista,
con vicios de cantor.
Ya ves,
a mí y a Buenos Aires
nos falta siempre el aire
cuando no esta tu voz.
A vos,
que tanto me enseñaste,
el día que cantaste
conmigo una canción.
Cacho Castaña
el día no amanece,
Polaco Goyeneche,
cantame un tango más.
Ya ves,
la noche se hace larga,
tu vida tiene un carma,
cantar, siempre cantar.
Tu voz,
que al tango lo emociona
diciendo el punto y coma
que nadie le cantó.
Tu voz,
de duendes y fantasmas,
respira con el asma
de un viejo bandoneón.
Canta
garganta con arena,
tu voz tiene la pena
que Malena no cantó.
Canta,
que Juárez te condena
al lastimar tu pena,
con su blanco bandoneón.
Canta,
la gente está aplaudiendo,
y aunque te estés muriendo
no conocen tu dolor.
Canta,
que Troilo desde el cielo,
debajo de tu almohada
un verso te dejó.
Cantor,
de un tango algo insolente,
hiciste que a la gente
le duela tu dolor.
Cantor,
de un tango equilibrista,
más que cantor artista,
con vicios de cantor.
Ya ves,
a mí y a Buenos Aires
nos falta siempre el aire
cuando no esta tu voz.
A vos,
que tanto me enseñaste,
el día que cantaste
conmigo una canción.
Cacho Castaña
lunes, 14 de marzo de 2011
ketré witrú lafquén LEYENDA ARAUCANA (La Laguna del Caldén Solitario)
Los componentes de la tribu del cacique Tranahué, montados en sus caballos, cruzaban la extensión arenosa.
Corrían en tropel manejando a las bestias con habilidad consumada, montados en pelo y formando, jinete y cabalgadura un todo indivisible.
Volvían luego de haber realizado un malón a las estancias próximas y transportaban el botín, conquistado entre gritos destemplados y carreras locas.
Como de costumbre, los hombres, montados en sus caballos, habían atacado a los pobladores con sus lanzas y boleadoras, mientras las mujeres y los muchachos indios, que siempre marchaban detrás, en el momento del asalto, habían entrado a las habitaciones, apoderándose de todo cuanto encontraron a mano. Confiados y contentos cruzaban el arenal cuando tuvieron una sorpresa por demás desagradable.
Conocedores del lugar y de las costumbres, y poseedores de una gran agudeza visual, no pasó inadvertida para ellos una nube de polvo que se levantaba en la lejanía y que se dirigía a su encuentro.
Era un tropel de jinetes que se acercaban. Debían ser, sin duda, de la tribu de Cho-Chá, el temido cacique que venía a atacarlos.
Tranahué dio las órdenes necesarias para ponerse en guardia. Sus acompañantes se dispusieron a la defensa.
Los indígenas de pronto estuvieron sobre ellos con la fuerza de sus lanzas de caña tacuara y la ferocidad de sus instintos.
Su propósito era apoderarse del botín logrado en el malón por sus tradicionales enemigos.
Se trabaron en lucha feroz. Los atacantes, más fuertes y numerosos, consiguieron vencer, huyendo con los animales robados a la tribu enemiga.
En el campo había quedado el cacique Tranahué malherido y desangrándose. Con él, devorados por la fiebre, muchos heridos a los que era necesario socorrer.
El sitio en que se hallaban, inhóspito y solitario, los obligaba a salir cuanto antes de él.
Anduvieron en busca de un lugar propicio, reparado; pero ni un árbol, ni un asilo donde cobijarse.
Tranahué se quejaba y sus labios resecos se abrían para pedir:
- ¡A...gua...! ¡A...gua...!
Pero el agua no existía en los alrededores. Ni un riacho, ni una vertiente, nada que les proporcionara el líquido anhelado.
Siguieron andando. El paisaje era desolador como antes. Continuaban sin encontrar agua, ni reparo, ni sombra.
Peuñén, la esposa del cacique, que marchaba a su lado enjugando su frente y restañando sus heridas, viendo desfallecer a su esposo, propuso a los guerreros detenerse e invocar al Gran Espíritu para que los guiará a un lugar propicio.
Los heridos, mientras tanto, vencidos por la fiebre y la sed, pedían sin cesar:
- ¡A...gua..:! ¡A...guá...!
Conforme a los deseos de Peuñén que todos juzgaron acertados, se llamó a la machi para que preparara las rogativas.
El sacerdote indígena, el Ngen-pin, presidió la ceremonia. Todos quedaron bajo sus órdenes.
Los que estaban en condiciones de hacerla, danzaron alrededor del fuego sagrado, mientras los heridos, en pedido angustioso, no cesaban de clamar:
- ¡A...gua...! ¡A...gua...! La luna y las estrellas, desde lo alto, eran mudos testigos de tanta desesperanza y de tanta angustia.
La ceremonia tuvo fin cuando el sol, apareciendo por oriente, envió sus rayos a las arenas calcinadas.
Extendieron su vista en derredor y allá, en la lejanía, como en una bruma gris, creyeron vislumbrar una esperanza.
Volvieron a mirar usando sus manos a modo de pantallas para defenderse del fuerte resplandor del sol que les impedía ver con claridad, y ya no hubo duda para ellos.
Un grito de júbilo acompañó el descubrimiento: a lo lejos, como una señal de que sus súplicas habían sido oídas. distinguieron una cadena de médanos.
La machi confirmó la suposición: -¡Médanos... a lo lejos! Eso indica que en el lugar hay agua dulce donde saciar la sed. ¡Marchemos hacia allá!
Obedecieron impulsados por la desesperación y alentados por la esperanza y hacia allí dirigieron la marcha con la rapidez que el estado de los heridos requería. Tranahué había caído en un sopor del que sólo salía para pedir suplicante:
- ¡A...gua...! ¡A...gua...!
Llegaron hasta los médanos pero, contra toda suposición, allí no había agua. Sólo crecía un enorme caldén, un ketré witrú que les dio esperanzas, pues todos conocían la virtud de este árbol cuyo tronco hueco retiene el agua de las lluvias, y desde el primer momento los cobijó bajo sus ramas defendiéndolos del fuerte sol de la pampa.
Allí y con cuidado acostaron al cacique y a los heridos que, bajo el follaje acogedor, descansaron tranquilos, atendidos por las mujeres que no dejaron de prodigarles los cuidados que les fue posible.
Esta vez las esperanzas no fueron vanas. Uno de los guerreros de Tranahué, con su lanza de tacuara abrió un tajo en el troncó del caldén, del que comenzó a brotar agua pura y fresca.
Gritos de alegría saludaron al líquido tan deseado y después de dar de beber al cacique y a los heridos , todos se abalanzaron a beber... a beber con avidez. El agua seguía manando de la herida abierta en el tronco del árbol solitario y quedaba depositada al pie, acumulándose en una depresión del terreno.
Volvieron a reunirse en ceremonia los vasallos de Tranahué; pero esta vez fue el agradecimiento al Gran Espíritu, que había escuchado sus ruegos, el motivo de la celebración.
Por fin el cansancio los venció, se echaron bajo las ramas del gran árbol solitario, y mecidos por el ruido del agua que continuaba cayendo, quedaron profundamente dormidos. A la mañana siguiente, él sol llegó a despertarlos. Uzi fue el primero en ponerse de pie y el primero en lanzar una exclamación de sorpresa.
Un espejo de plata, entre los médanos, donde se reflejaba todo el oro del sol, hirió su vista
El agua que guardara el caldén durante tanto tiempo había continuado cayendo toda la noche cubriendo una gran extensión de terreno y formando una laguna de agua clara y potable, que aparecía ante todos como una bendición. Uzi, impresionado aun ante la maravillosa visión , exclamó: -¡Ketré Witrú Lafquén! (¡La Laguna del Caldén Solitario!) Así la llamaron desde entonces. El caldén seguía erguido, ofreciendo el asilo de sus ramas generosas. La herida del tronco se había cerrado ya, una vez cumplida con creces la misión que le encomendara el Gran Espíritu. Merced al líquido providencial y a los cuidados prodigados, Tranahué curó de sus heridas y recobró la salud perdida. Reinó sobre sus súbditos como lo hiciera hasta entonces. Vueltos a la normalidad, el cacique decidió retornar con la tribu a sus dominios abandonados durante tanto tiempo, pero los principales jefes, interpretando el sentir de los vasallos de Tranahué, agradecidos al kétré witrú, pidieron al cacique que se levantaran allí los toldos, en el lugar donde habían salvado sus vidas juntos a la Ketré Witrú lafquén que les prometía campos fértiles y abundante alimento.
Convencido Tranahué de la razón invocada por su pueblo y agradecido él mismo al solitario caldén, accedió al pedido que se le hacía y allí, al amparo de los médanos, junto a la Ketré Witrú Lafquén, levantaron su toldería que ocuparon desde entonces.
Esa fue, según los araucanos de La Pampa, el origen de la Laguna del Caldén Solitario.
REFERENCIAS
Dice el señor Lindolfo Dozo Lebeaud con respecto a la Laguna del Caldén Solitario:
Ketré Witrú era el nombre de un paraje donde el coronel Manuel J. Campos, al mando de las fuerzas expedicionarias procedentes del fortín Kar-We, fundó el pueblo de General Acha - 12 de agosto de 1862-, primitiva capital de la entonces Gobernación de La Pampa.
La cadena de médanos a que se hace referencia en la leyenda y junto a la cual crecía el solitario caldén, fue arborizada tiempo después por iniciativa del mismo militar, formando el Valle Argentino.
La Laguna del Caldén Solitario es conocida hoy en día con los nombres de Laguna de General Acha o Laguna del Valle Argentino.
Corrían en tropel manejando a las bestias con habilidad consumada, montados en pelo y formando, jinete y cabalgadura un todo indivisible.
Volvían luego de haber realizado un malón a las estancias próximas y transportaban el botín, conquistado entre gritos destemplados y carreras locas.
Como de costumbre, los hombres, montados en sus caballos, habían atacado a los pobladores con sus lanzas y boleadoras, mientras las mujeres y los muchachos indios, que siempre marchaban detrás, en el momento del asalto, habían entrado a las habitaciones, apoderándose de todo cuanto encontraron a mano. Confiados y contentos cruzaban el arenal cuando tuvieron una sorpresa por demás desagradable.
Conocedores del lugar y de las costumbres, y poseedores de una gran agudeza visual, no pasó inadvertida para ellos una nube de polvo que se levantaba en la lejanía y que se dirigía a su encuentro.
Era un tropel de jinetes que se acercaban. Debían ser, sin duda, de la tribu de Cho-Chá, el temido cacique que venía a atacarlos.
Tranahué dio las órdenes necesarias para ponerse en guardia. Sus acompañantes se dispusieron a la defensa.
Los indígenas de pronto estuvieron sobre ellos con la fuerza de sus lanzas de caña tacuara y la ferocidad de sus instintos.
Su propósito era apoderarse del botín logrado en el malón por sus tradicionales enemigos.
Se trabaron en lucha feroz. Los atacantes, más fuertes y numerosos, consiguieron vencer, huyendo con los animales robados a la tribu enemiga.
En el campo había quedado el cacique Tranahué malherido y desangrándose. Con él, devorados por la fiebre, muchos heridos a los que era necesario socorrer.
El sitio en que se hallaban, inhóspito y solitario, los obligaba a salir cuanto antes de él.
Anduvieron en busca de un lugar propicio, reparado; pero ni un árbol, ni un asilo donde cobijarse.
Tranahué se quejaba y sus labios resecos se abrían para pedir:
- ¡A...gua...! ¡A...gua...!
Pero el agua no existía en los alrededores. Ni un riacho, ni una vertiente, nada que les proporcionara el líquido anhelado.
Siguieron andando. El paisaje era desolador como antes. Continuaban sin encontrar agua, ni reparo, ni sombra.
Peuñén, la esposa del cacique, que marchaba a su lado enjugando su frente y restañando sus heridas, viendo desfallecer a su esposo, propuso a los guerreros detenerse e invocar al Gran Espíritu para que los guiará a un lugar propicio.
Los heridos, mientras tanto, vencidos por la fiebre y la sed, pedían sin cesar:
- ¡A...gua..:! ¡A...guá...!
Conforme a los deseos de Peuñén que todos juzgaron acertados, se llamó a la machi para que preparara las rogativas.
El sacerdote indígena, el Ngen-pin, presidió la ceremonia. Todos quedaron bajo sus órdenes.
Los que estaban en condiciones de hacerla, danzaron alrededor del fuego sagrado, mientras los heridos, en pedido angustioso, no cesaban de clamar:
- ¡A...gua...! ¡A...gua...! La luna y las estrellas, desde lo alto, eran mudos testigos de tanta desesperanza y de tanta angustia.
La ceremonia tuvo fin cuando el sol, apareciendo por oriente, envió sus rayos a las arenas calcinadas.
Extendieron su vista en derredor y allá, en la lejanía, como en una bruma gris, creyeron vislumbrar una esperanza.
Volvieron a mirar usando sus manos a modo de pantallas para defenderse del fuerte resplandor del sol que les impedía ver con claridad, y ya no hubo duda para ellos.
Un grito de júbilo acompañó el descubrimiento: a lo lejos, como una señal de que sus súplicas habían sido oídas. distinguieron una cadena de médanos.
La machi confirmó la suposición: -¡Médanos... a lo lejos! Eso indica que en el lugar hay agua dulce donde saciar la sed. ¡Marchemos hacia allá!
Obedecieron impulsados por la desesperación y alentados por la esperanza y hacia allí dirigieron la marcha con la rapidez que el estado de los heridos requería. Tranahué había caído en un sopor del que sólo salía para pedir suplicante:
- ¡A...gua...! ¡A...gua...!
Llegaron hasta los médanos pero, contra toda suposición, allí no había agua. Sólo crecía un enorme caldén, un ketré witrú que les dio esperanzas, pues todos conocían la virtud de este árbol cuyo tronco hueco retiene el agua de las lluvias, y desde el primer momento los cobijó bajo sus ramas defendiéndolos del fuerte sol de la pampa.
Allí y con cuidado acostaron al cacique y a los heridos que, bajo el follaje acogedor, descansaron tranquilos, atendidos por las mujeres que no dejaron de prodigarles los cuidados que les fue posible.
Esta vez las esperanzas no fueron vanas. Uno de los guerreros de Tranahué, con su lanza de tacuara abrió un tajo en el troncó del caldén, del que comenzó a brotar agua pura y fresca.
Gritos de alegría saludaron al líquido tan deseado y después de dar de beber al cacique y a los heridos , todos se abalanzaron a beber... a beber con avidez. El agua seguía manando de la herida abierta en el tronco del árbol solitario y quedaba depositada al pie, acumulándose en una depresión del terreno.
Volvieron a reunirse en ceremonia los vasallos de Tranahué; pero esta vez fue el agradecimiento al Gran Espíritu, que había escuchado sus ruegos, el motivo de la celebración.
Por fin el cansancio los venció, se echaron bajo las ramas del gran árbol solitario, y mecidos por el ruido del agua que continuaba cayendo, quedaron profundamente dormidos. A la mañana siguiente, él sol llegó a despertarlos. Uzi fue el primero en ponerse de pie y el primero en lanzar una exclamación de sorpresa.
Un espejo de plata, entre los médanos, donde se reflejaba todo el oro del sol, hirió su vista
El agua que guardara el caldén durante tanto tiempo había continuado cayendo toda la noche cubriendo una gran extensión de terreno y formando una laguna de agua clara y potable, que aparecía ante todos como una bendición. Uzi, impresionado aun ante la maravillosa visión , exclamó: -¡Ketré Witrú Lafquén! (¡La Laguna del Caldén Solitario!) Así la llamaron desde entonces. El caldén seguía erguido, ofreciendo el asilo de sus ramas generosas. La herida del tronco se había cerrado ya, una vez cumplida con creces la misión que le encomendara el Gran Espíritu. Merced al líquido providencial y a los cuidados prodigados, Tranahué curó de sus heridas y recobró la salud perdida. Reinó sobre sus súbditos como lo hiciera hasta entonces. Vueltos a la normalidad, el cacique decidió retornar con la tribu a sus dominios abandonados durante tanto tiempo, pero los principales jefes, interpretando el sentir de los vasallos de Tranahué, agradecidos al kétré witrú, pidieron al cacique que se levantaran allí los toldos, en el lugar donde habían salvado sus vidas juntos a la Ketré Witrú lafquén que les prometía campos fértiles y abundante alimento.
Convencido Tranahué de la razón invocada por su pueblo y agradecido él mismo al solitario caldén, accedió al pedido que se le hacía y allí, al amparo de los médanos, junto a la Ketré Witrú Lafquén, levantaron su toldería que ocuparon desde entonces.
Esa fue, según los araucanos de La Pampa, el origen de la Laguna del Caldén Solitario.
REFERENCIAS
Dice el señor Lindolfo Dozo Lebeaud con respecto a la Laguna del Caldén Solitario:
Ketré Witrú era el nombre de un paraje donde el coronel Manuel J. Campos, al mando de las fuerzas expedicionarias procedentes del fortín Kar-We, fundó el pueblo de General Acha - 12 de agosto de 1862-, primitiva capital de la entonces Gobernación de La Pampa.
La cadena de médanos a que se hace referencia en la leyenda y junto a la cual crecía el solitario caldén, fue arborizada tiempo después por iniciativa del mismo militar, formando el Valle Argentino.
La Laguna del Caldén Solitario es conocida hoy en día con los nombres de Laguna de General Acha o Laguna del Valle Argentino.
LEYENDA QUICHUA
EL CACUY
Sonko y Huasca eran hermanos. Habían quedado huérfanos hacía muchos años, y desde entonces vivían solos en la selva, habitando el rancho que fuera de sus padres.
Sonko era el menor. Alto, fornido y muy trabajador, poseía un corazón tierno, cuyo cariño se volcaba en su hermana, a quien quería como a la madre que perdiera siendo niño.
Pero Huasca no retribuía ese afecto. Por el contrario, siempre se mostraba agresiva con el buen hermano, disputaba con él, lo maltrataba y le hacía padecer en toda ocasión la perversidad que la dominaba.
A pesar de ello, Sonko seguía profesando un profundo cariño a esta hermana cruel.
Tanto la quería, que al ver los jugosos frutos maduros, sólo tenía un pensamiento: recogerlos para Huasca.
Así lo hizo ese día. De vuelta al rancho, cortó los más dulces y sabrosos, los depositó en un canastillo de fibras de yuchán, que él mismo fabricara, y feliz y contento con el tesoro obtenido, corrió hasta su choza a fin de entregarlos a la ingrata.
Mientras corría, pensaba:
"¡Qué contenta se pondrá Huasca! Ella habrá preparado la comida para mi almuerzo, pero yo, en cambio, le regalaré estas hermosas chirimoyas y estas sabrosas algarrobas. ¡Mi hermana es tan golosa! ¡Si su corazón fuera más dulce conmigo! Porque con los demás es muy buena... y es cariñosa... Sólo conmigo es brusca y es mala."
Se detuvo un momento, para comprobar que las frutas no sufrían con la carrera, y continuó sus reflexiones:
"¿Por qué Huasca se mostrará tan dura conmigo? Pero... ¡no importa! Yo conseguiré que me quiera. Con mi cariño lograré el de ella."
Ilusionado por su fe llegó a la choza. Al lado de ésta había un telar rústico, con una manta de vivos colores empezada. Ello le demostró que Huasca había estado trabajando.
Una canción muy suave le llegó desde el interior del rancho. Era su hermana que cantaba.
Alentado y gozoso, al pensar en el regalo que le traía, llamó con voz dulce:
-¡Huasca!... ¡Huasca!... ¡Hermanita!...
Una linda doncella de piel cobriza apareció en la puerta de la choza. La canción se había apagado en sus labios, y una mirada hosca, cargada de rencor, acompañó a sus palabras. Dirigiéndose a su hermano, le respondió en el más brusco de los tonos:
-¡Qué quieres!
Sonko sufrió un desencanto. Le pareció que su corazón se achicaba y le dolía al sentir el desprecio de la perversa doncella. Sin embargo resistió el dolor y nada dijo. Él se había prometido conquistar el afecto de su hermana y no abandonaría la empresa al primer contratiempo.
Con suave voz y tierna expresión, le dijo:
-Mira, golosa, mira lo que he traído para ti.
Al mismo tiempo abrió la cesta cargada de apetitosos frutos, y al verlos, la mala hermana sólo supo exclamar:
-¡Chirimoyas y algarrobas! ¡Cómo me gustan!
Sin una frase de agradecimiento al pobre muchacho, le arrebató la canastilla y entró en el rancho.
El hermano la siguió. No agregó una sola palabra y se sentó dispuesto a almorzar:
En una vasija de barro, la mazamorra se cocinaba al fuego.
Tomó un "puco", y ya iba a llenarlo con el sabroso alimento, cuando su hermana lo detuvo dándole un manotón, al tiempo que le gritaba airada:
-¡Deja eso! ¿O crees que yo cocino para ti? ¡Poca comodidad sería! ¡Pasar la mañana fuera y volver cuando ya está todo hecho! ¡Cuando no hay más que estirar la mano para servirse!
Y, dominante, agregó:
-¡Retírate turay! ¡Cacuy turay!
Pero... Huasca... Yo también he trabajado. He estado recogiendo miel de lechiguana y labrando la tierra pra sembrar... Y ¿quien si no yo cuida nuestra majadita de cabras?
Con el tono más humilde continuó:
-Anda, sé razonable... Sírveme un poco de mazamorra y dame un trozo de patay...
-¡Ya he dicho que no! Si quieres comer, tú te lo has de preparar. ¡Esto es mío! ¡Cacuy turay! ¡Cacuy turay!
-Dame entonces unas chirimoyas de las que traje... -imploró el muchacho.
-Ni una. Para mí dijiste que eran y yo las comeré -terminó inflexible Huasca.
Triste la miró Sonko. Sus ojos brillaron colmados de lágrimas; pero nada respondió.
Cabizbajo salió del rancho. ¿Cómo era posible que su hermana le negara una porción de mazamorra o un trozo de patay cuando él trataba siempre de complacerla? ¿Por qué sería así su hermana? ¿Qué podría hacer él para corregirla?
Sus esperanzas de dulcificar el corazón de la perversa iban perdiendo fuerza. Se sentía incapaz de continuar. Sin embargo, haría una última tentativa.
Ese día lo pasó vagando por el bosque y alimentándose con frutas silvestres.
Entrada la noche, volvió al rancho y se acostó. Una idea fija le impedía conciliar el sueño: cómo lograr el afecto de su hermana.
Por fin, el cansancio lo venció y se quedó dormido.
A la mañana siguiente, muy temprano, volvió a salir de la choza.
Llevaba la intención de conseguir, para su hermana, algo extraordinario, algo que le agradara mucho...
Sonko pensaba:
"Tal vez así, con una dedicación y un deseo de complacerla cada vez mayores, llegará un día en que Huasca corresponderá a este hondo cariño que por ella siento. ¡Qué felices seremos entonces!"
Levantó sus ojos al cielo y, como si hablara con alguien, continuó:
"Viviremos unidos por un afecto profundo y nuestros padres nos bendecirán desde la estrella donde están ahora..."
A su paso, un ave asustada levantó el vuelo. Tan preocupado iba, que apenas prestó atención a este hecho. Tampoco oía el coro de los pájaros que a esa hora era una gloria.
Persistía en su mente la misma idea: merecer el cariño de su hermana.
De pronto, un fruto hermoso llamó su atención. Su color, su brillo y su tamaño lo hacían resaltar entre todos los otros.
¡Ése sería el regalo para su hermana!
Pero, ¡qué alto estaba! Le costaría alcanzarlo... Mas, ¿qué importaban las dificultades cuando el premio iba a ser tan maravilloso?
Y ya no pensó más. Aunque los riesgos eran muchos, lo alcanzaría.
Con la agilidad de un muchacho acostumbrado a trepar árboles y a escalar montañas, Sonko apoyó en una rama baja sus pies calzados con ojotas, y ayudándose con manos, brazos y piernas fue subiendo... subiendo...
Las espinas y las ramas secas arañaban su piel y desgarraban sus ropas. Pero nada importaba. Lo esencial era llegar hasta el hermoso fruto que se ofrecía allá en lo alto.
Continuaba entusiasmado la ascención, cuando lanzó un grito. Una enorme espina se había clavado en su carne. El dolor que le producía era tan intenso que no le permitía sostenerse con la mano herida.
Trato de arrancarse la espina, pero fue en vano. La mano comenzó a hincharse y a tomar un feo color morado.
Debía darse por vencido y abandonar la empresa. Resuelto ya, comenzó a descender.
Una vez en tierra, observó la herida con detención. En un último esfuerzo, arrancó la espina, y la sangre brotó de la lastimadura. Se sintió desfallecer. Su cabeza ardía y tenía la garganta seca.
Con las fuerzas y la desesperación que le prestaba su estado, corrió a la casa. Su hermana sabía preparar un bálsamo con las hojas y las flores del molle... Ella lo curaría y le daría de beber...
Ya le faltaba poco... Un último esfuerzo y llegaría a su rancho.
De lejos divisó a Huasca trabajando en el telar. Cuando estuvo delante, le suplicó:
-¡Huasca, por favor! Quise traerte un fruto hermoso que vi en el bosque, y cuando ya creía alcanzarlo, una espina que se clavó en mi mano me impidió lograr mi deseo. Huasca, hermanita, ¡sufro mucho y tengo sed! ¡Alcánzame un poco de agua!
La hermana se levantó de inmediato. Lo tomó de un brazo y lo ayudó a sentarse.
-¡Oh!. turay... ¡Cómo tienes la mano! Yo te la curaré y traeré agua y miel para apagar tu sed.
Así diciendo, corrió al interior del rancho, y llevando en sus manos un cántaro de barro, fue a una vertiente cercana para llenarlo con agua fresca.
Sonko creía soñar. Mentira le parecía la dedicación de la hermana. Llegaó a bendecir la espina que, al herirlo, le había permitido gozar del cariño y de los cuidados de su querida Huasca.
Corriendo volvió la doncella. Con la carrera el agua que llenaba el cántaro saltaba y caía al suelo salpicando sus piernas desnudas.
Entró al rancho para buscar un "puco" con miel. Con ambas manos ocupadas se presentó ante Sonko.
La ansiedad y el reconocimiento se pintaron en el rostro del hermano. Un dulce bienestar lo invadió al oír que Huasca le decía con dulzura:
-¡Pobre turay! Hermanito..., ¿sufres? ¿Tienes sed? Aquí hay yacu-chiri y miel en abundancia, ¿las ves?
Hizo una pausa, y cambiando de expresión y con la voz ruda de otras veces, agregó:
-¡Pero no son para ti! ¡Prefiero dárselos a la tierra!
Y al tiempo que, ante los ojos azorados del muchacho, volcaba el contenido de las dos vasijas, lanzando una carcajada estridente y burlona, continuó:
-¡Anda tú!... ¡Anda a la vertiente, que allí el agua sobra!... ¡Allí podrás tomar toda la que quieras!
Esto bastó para que el cariño que sentía el muchacho se trocara en un odio intenso contra la perversa hermana.
Un sentimiento de venganza nació en él, tan profundo y persistente, que ya no lo abandonó.
Arrastrándose casi, llegó a la vertiente. Se hechó en el suelo y con avidez bebió el líquido fresco.
Sumergió en el agua la mano herida y se sintió mejor. Un suave sopor lo invadió y a la sombra de un árbol corpulento se quedó dormido.
Cuando despertó, el sol se escondía tras los cerros vecinos. Se levantó y caminó unos pasos. El dolor de la herida persistía.
Decidió ver a la curandera para pedirle algo que aliviara su mal. Y echó a andar en dirección a lo de la "médica".
El canto de los pájaros no se oía ya. Los rumores de la selva se habían apagado. Una estrella lejana brilló en el cielo. La media luz del crepúsculo, con reflejos rojos de incendio, iluminaba la paz de la tierra.
Sólo en el alma del pobre turay rugía, como una tormenta, la venganza.
Con conocimientos de hierbas y emplastos, el muchacho curó. A los pocos días estuvo completamente bien.
¡Cómo había cambiado Sonko! La mirada, antes tierna, era ahora hosca y dura. Su voz había perdido la dulzura de otros días.
Callado y taciturno, continuaba preparando sus planes.
Un día, de vuelta del valle, a donde llevara la majadita de cabras, se dirigió muy resuelto al rancho. Iba a poner en práctica su idea de venganza.
Fingiendo sentimientos que ya no sentía, y con la misma voz de pasados días, llamó a su hermana:
-¡Huasca!... ¡Hermanita! He encontrado para ti algo que te va a dar un gran placer, golosa.
-¿Qué es, turay?
-Una colmena. Si te animas y me acompañas, toda la miel será para ti. La recogeremos y en varias vasijas la traeremos a casa. ¿Me acompañas?
-¡Sí! ¿Sí! En seguida. Ya lo creo que te acompañaré a buscar miel. ¡Si se me hace agua la boca!
-No olvides de llevar un poncho para envolverte la cabeza. Ya sabes que las abejas no abandonan de buen grado la colmena y te picarían sin piedad.
Muy preparados se fueron los dos hermanos. Caminaron entre plantas hermosas de grandes hojas y perfumadas flores. Los piquillines y los mistoles les ofrecían sus frutos dulces. La puya-puya les brindaba sus flores blancas y fragantes. La exuberante vegetación de la selva era allí un maravilloso espectáculo.
Al llegar a un claro del bosque, el hermano se detuvo.
-Aquí es -le dijo-. Envuélvete la cabeza con el poncho, defendiendo tu cara de las picaduras de las abejas. ¿Ves ese árbol tan alto? En la cima está la colmena. ¿Te animas a subir?
-Ya lo creo. Tú me guiarás, pues yo no veré muy bien con mis ojos cubiertos con el poncho.
-No tengas cuidado. Yo te conduciré -la conformó su hermano.
Con mucho trabajo fueron subiendo al árbol que era el de mayor tamaño del lugar.
Una vez que hubo instalado a la hermana, sentada en una horqueta, en lo más alto de la copa, Sonko, fingiendo acercarse a la colmena, sacó de su cintura un hacha y comenzó a descender cortando las ramas que abandonaba.
Así dejó el tronco liso y sin puntos de apoyo para que no pudiera bajar la infeliz Huasca.
Ella, confiada y ajena a lo que sucedía, esperaba que su hermano le indicara la tarea a cumplir.
Cuando Sonko llegó a tierra, se alejó del lugar dejando abandonada y sin defensa a la ingrata hermana.
Pasados algunos instantes, y en vista de que no oía al muchacho, Huasca empezó a temer.
Apartó el poncho de su vista, y lo que vio le hizo temer algo desagradable. Anochecía y su hermano había desaparecido. Lo llamó, primero tranquila, pero al no obtener respuesta, el miedo la dominó.
Con tono quejumbroso y desesperado, que era un lamento, gritó:
-¡Turay! ¡Turay!
Pero el hermano no apareció. Con gran sorpresa de su parte, sintió que sus miembros se endurecían, que toda ella cambiaba de forma y su cuerpo se cubría de plumas. En pocos instantes quedó convertida en un ave cuyo grito lastimero se oía en la quietud de la hora.
-¡Turay! ¡Turay!
Y como recordando la orden que le daba de continuo, repetía:
-¡Cacuy turay! ¡Cacuy turay!
Desde entonces, este llamado, que es un doloroso recuerdo, un verdadero lamento, y que tal vez sea un grito de arrepentimiento, se oye al anochecer, cuando el cacuy se acuerda que fue una hermana cruel y perversa.
Así llama al hermano para pedirle perdón:
¡Turay!... ¡Turay!
Y vuelve a repetir como en otros días:
-¡Cacuy turay!... ¡Cacuy Turay!...
Los que, al anochecer, oyen el grito de esta ave, se estremecen, pues creen escuchar el grito lastimero de una persona. Tal vez es su parecido con el gemido humano.
Referencias
El cacuy es un ave nocturna. Duerme durante el día escondida en algún árbol y aparece cuando el sol se esconde.
Tiene un aspecto desagradable. Su cuello, grueso y corto, sostiene una cabeza chata, en la que se destacan los ojos muy grandes y una boca enorme.
Para posarse busca el extremo de las ramas secas. El color de la corteza es como el del plumaje, pardo con mezcla de negro. Estirada sobre ellas, parece una continuación de la misma rama. En esa forma trata de pasar inadvertida y fuera de la vista de los cazadores.
Hace el nido en los huecos de los árboles con pequeñas ramas y recubre la parte interior con cerdas.
Su canto es un grito quejumbroso y muy fuerte que se oye a gran distancia. Muchos lo confunden con el lamento de un ser humano.
Esta forma de gritar: "¡ca... cuy! ¡ca... cuy!" ha originado el nombre con que la designan los pueblos de habla quichua. Los guaraníes le llaman urutaú.
En la Argentina habita las zonas Norte y Nordeste.
En Tucumán y Santiago del Estero se supone que su grito augura cambio de tiempo.
En Catamarca se tiene la creencia de que, al gritar, anuncia la proximidad de alguna colmena.
Es un ave mágica, se lo llamó antiguamente Kakó Kokó y luego Kakuy por deformación. En Tucumán entre los Lules: Tarpuí - llox; en el Litoral: Urutaú - gueimiene; entre los Jíbaros: Aohó, y en las tribus Guaicurúes: Nabopena - ga-naga. Sus distintas formas de pronunciación se deben a las diferentes lenguas aborígenes.
Su nombre científico es " Nyctibius Griseus Cornutus ".
Sonko y Huasca eran hermanos. Habían quedado huérfanos hacía muchos años, y desde entonces vivían solos en la selva, habitando el rancho que fuera de sus padres.
Sonko era el menor. Alto, fornido y muy trabajador, poseía un corazón tierno, cuyo cariño se volcaba en su hermana, a quien quería como a la madre que perdiera siendo niño.
Pero Huasca no retribuía ese afecto. Por el contrario, siempre se mostraba agresiva con el buen hermano, disputaba con él, lo maltrataba y le hacía padecer en toda ocasión la perversidad que la dominaba.
A pesar de ello, Sonko seguía profesando un profundo cariño a esta hermana cruel.
Tanto la quería, que al ver los jugosos frutos maduros, sólo tenía un pensamiento: recogerlos para Huasca.
Así lo hizo ese día. De vuelta al rancho, cortó los más dulces y sabrosos, los depositó en un canastillo de fibras de yuchán, que él mismo fabricara, y feliz y contento con el tesoro obtenido, corrió hasta su choza a fin de entregarlos a la ingrata.
Mientras corría, pensaba:
"¡Qué contenta se pondrá Huasca! Ella habrá preparado la comida para mi almuerzo, pero yo, en cambio, le regalaré estas hermosas chirimoyas y estas sabrosas algarrobas. ¡Mi hermana es tan golosa! ¡Si su corazón fuera más dulce conmigo! Porque con los demás es muy buena... y es cariñosa... Sólo conmigo es brusca y es mala."
Se detuvo un momento, para comprobar que las frutas no sufrían con la carrera, y continuó sus reflexiones:
"¿Por qué Huasca se mostrará tan dura conmigo? Pero... ¡no importa! Yo conseguiré que me quiera. Con mi cariño lograré el de ella."
Ilusionado por su fe llegó a la choza. Al lado de ésta había un telar rústico, con una manta de vivos colores empezada. Ello le demostró que Huasca había estado trabajando.
Una canción muy suave le llegó desde el interior del rancho. Era su hermana que cantaba.
Alentado y gozoso, al pensar en el regalo que le traía, llamó con voz dulce:
-¡Huasca!... ¡Huasca!... ¡Hermanita!...
Una linda doncella de piel cobriza apareció en la puerta de la choza. La canción se había apagado en sus labios, y una mirada hosca, cargada de rencor, acompañó a sus palabras. Dirigiéndose a su hermano, le respondió en el más brusco de los tonos:
-¡Qué quieres!
Sonko sufrió un desencanto. Le pareció que su corazón se achicaba y le dolía al sentir el desprecio de la perversa doncella. Sin embargo resistió el dolor y nada dijo. Él se había prometido conquistar el afecto de su hermana y no abandonaría la empresa al primer contratiempo.
Con suave voz y tierna expresión, le dijo:
-Mira, golosa, mira lo que he traído para ti.
Al mismo tiempo abrió la cesta cargada de apetitosos frutos, y al verlos, la mala hermana sólo supo exclamar:
-¡Chirimoyas y algarrobas! ¡Cómo me gustan!
Sin una frase de agradecimiento al pobre muchacho, le arrebató la canastilla y entró en el rancho.
El hermano la siguió. No agregó una sola palabra y se sentó dispuesto a almorzar:
En una vasija de barro, la mazamorra se cocinaba al fuego.
Tomó un "puco", y ya iba a llenarlo con el sabroso alimento, cuando su hermana lo detuvo dándole un manotón, al tiempo que le gritaba airada:
-¡Deja eso! ¿O crees que yo cocino para ti? ¡Poca comodidad sería! ¡Pasar la mañana fuera y volver cuando ya está todo hecho! ¡Cuando no hay más que estirar la mano para servirse!
Y, dominante, agregó:
-¡Retírate turay! ¡Cacuy turay!
Pero... Huasca... Yo también he trabajado. He estado recogiendo miel de lechiguana y labrando la tierra pra sembrar... Y ¿quien si no yo cuida nuestra majadita de cabras?
Con el tono más humilde continuó:
-Anda, sé razonable... Sírveme un poco de mazamorra y dame un trozo de patay...
-¡Ya he dicho que no! Si quieres comer, tú te lo has de preparar. ¡Esto es mío! ¡Cacuy turay! ¡Cacuy turay!
-Dame entonces unas chirimoyas de las que traje... -imploró el muchacho.
-Ni una. Para mí dijiste que eran y yo las comeré -terminó inflexible Huasca.
Triste la miró Sonko. Sus ojos brillaron colmados de lágrimas; pero nada respondió.
Cabizbajo salió del rancho. ¿Cómo era posible que su hermana le negara una porción de mazamorra o un trozo de patay cuando él trataba siempre de complacerla? ¿Por qué sería así su hermana? ¿Qué podría hacer él para corregirla?
Sus esperanzas de dulcificar el corazón de la perversa iban perdiendo fuerza. Se sentía incapaz de continuar. Sin embargo, haría una última tentativa.
Ese día lo pasó vagando por el bosque y alimentándose con frutas silvestres.
Entrada la noche, volvió al rancho y se acostó. Una idea fija le impedía conciliar el sueño: cómo lograr el afecto de su hermana.
Por fin, el cansancio lo venció y se quedó dormido.
A la mañana siguiente, muy temprano, volvió a salir de la choza.
Llevaba la intención de conseguir, para su hermana, algo extraordinario, algo que le agradara mucho...
Sonko pensaba:
"Tal vez así, con una dedicación y un deseo de complacerla cada vez mayores, llegará un día en que Huasca corresponderá a este hondo cariño que por ella siento. ¡Qué felices seremos entonces!"
Levantó sus ojos al cielo y, como si hablara con alguien, continuó:
"Viviremos unidos por un afecto profundo y nuestros padres nos bendecirán desde la estrella donde están ahora..."
A su paso, un ave asustada levantó el vuelo. Tan preocupado iba, que apenas prestó atención a este hecho. Tampoco oía el coro de los pájaros que a esa hora era una gloria.
Persistía en su mente la misma idea: merecer el cariño de su hermana.
De pronto, un fruto hermoso llamó su atención. Su color, su brillo y su tamaño lo hacían resaltar entre todos los otros.
¡Ése sería el regalo para su hermana!
Pero, ¡qué alto estaba! Le costaría alcanzarlo... Mas, ¿qué importaban las dificultades cuando el premio iba a ser tan maravilloso?
Y ya no pensó más. Aunque los riesgos eran muchos, lo alcanzaría.
Con la agilidad de un muchacho acostumbrado a trepar árboles y a escalar montañas, Sonko apoyó en una rama baja sus pies calzados con ojotas, y ayudándose con manos, brazos y piernas fue subiendo... subiendo...
Las espinas y las ramas secas arañaban su piel y desgarraban sus ropas. Pero nada importaba. Lo esencial era llegar hasta el hermoso fruto que se ofrecía allá en lo alto.
Continuaba entusiasmado la ascención, cuando lanzó un grito. Una enorme espina se había clavado en su carne. El dolor que le producía era tan intenso que no le permitía sostenerse con la mano herida.
Trato de arrancarse la espina, pero fue en vano. La mano comenzó a hincharse y a tomar un feo color morado.
Debía darse por vencido y abandonar la empresa. Resuelto ya, comenzó a descender.
Una vez en tierra, observó la herida con detención. En un último esfuerzo, arrancó la espina, y la sangre brotó de la lastimadura. Se sintió desfallecer. Su cabeza ardía y tenía la garganta seca.
Con las fuerzas y la desesperación que le prestaba su estado, corrió a la casa. Su hermana sabía preparar un bálsamo con las hojas y las flores del molle... Ella lo curaría y le daría de beber...
Ya le faltaba poco... Un último esfuerzo y llegaría a su rancho.
De lejos divisó a Huasca trabajando en el telar. Cuando estuvo delante, le suplicó:
-¡Huasca, por favor! Quise traerte un fruto hermoso que vi en el bosque, y cuando ya creía alcanzarlo, una espina que se clavó en mi mano me impidió lograr mi deseo. Huasca, hermanita, ¡sufro mucho y tengo sed! ¡Alcánzame un poco de agua!
La hermana se levantó de inmediato. Lo tomó de un brazo y lo ayudó a sentarse.
-¡Oh!. turay... ¡Cómo tienes la mano! Yo te la curaré y traeré agua y miel para apagar tu sed.
Así diciendo, corrió al interior del rancho, y llevando en sus manos un cántaro de barro, fue a una vertiente cercana para llenarlo con agua fresca.
Sonko creía soñar. Mentira le parecía la dedicación de la hermana. Llegaó a bendecir la espina que, al herirlo, le había permitido gozar del cariño y de los cuidados de su querida Huasca.
Corriendo volvió la doncella. Con la carrera el agua que llenaba el cántaro saltaba y caía al suelo salpicando sus piernas desnudas.
Entró al rancho para buscar un "puco" con miel. Con ambas manos ocupadas se presentó ante Sonko.
La ansiedad y el reconocimiento se pintaron en el rostro del hermano. Un dulce bienestar lo invadió al oír que Huasca le decía con dulzura:
-¡Pobre turay! Hermanito..., ¿sufres? ¿Tienes sed? Aquí hay yacu-chiri y miel en abundancia, ¿las ves?
Hizo una pausa, y cambiando de expresión y con la voz ruda de otras veces, agregó:
-¡Pero no son para ti! ¡Prefiero dárselos a la tierra!
Y al tiempo que, ante los ojos azorados del muchacho, volcaba el contenido de las dos vasijas, lanzando una carcajada estridente y burlona, continuó:
-¡Anda tú!... ¡Anda a la vertiente, que allí el agua sobra!... ¡Allí podrás tomar toda la que quieras!
Esto bastó para que el cariño que sentía el muchacho se trocara en un odio intenso contra la perversa hermana.
Un sentimiento de venganza nació en él, tan profundo y persistente, que ya no lo abandonó.
Arrastrándose casi, llegó a la vertiente. Se hechó en el suelo y con avidez bebió el líquido fresco.
Sumergió en el agua la mano herida y se sintió mejor. Un suave sopor lo invadió y a la sombra de un árbol corpulento se quedó dormido.
Cuando despertó, el sol se escondía tras los cerros vecinos. Se levantó y caminó unos pasos. El dolor de la herida persistía.
Decidió ver a la curandera para pedirle algo que aliviara su mal. Y echó a andar en dirección a lo de la "médica".
El canto de los pájaros no se oía ya. Los rumores de la selva se habían apagado. Una estrella lejana brilló en el cielo. La media luz del crepúsculo, con reflejos rojos de incendio, iluminaba la paz de la tierra.
Sólo en el alma del pobre turay rugía, como una tormenta, la venganza.
Con conocimientos de hierbas y emplastos, el muchacho curó. A los pocos días estuvo completamente bien.
¡Cómo había cambiado Sonko! La mirada, antes tierna, era ahora hosca y dura. Su voz había perdido la dulzura de otros días.
Callado y taciturno, continuaba preparando sus planes.
Un día, de vuelta del valle, a donde llevara la majadita de cabras, se dirigió muy resuelto al rancho. Iba a poner en práctica su idea de venganza.
Fingiendo sentimientos que ya no sentía, y con la misma voz de pasados días, llamó a su hermana:
-¡Huasca!... ¡Hermanita! He encontrado para ti algo que te va a dar un gran placer, golosa.
-¿Qué es, turay?
-Una colmena. Si te animas y me acompañas, toda la miel será para ti. La recogeremos y en varias vasijas la traeremos a casa. ¿Me acompañas?
-¡Sí! ¿Sí! En seguida. Ya lo creo que te acompañaré a buscar miel. ¡Si se me hace agua la boca!
-No olvides de llevar un poncho para envolverte la cabeza. Ya sabes que las abejas no abandonan de buen grado la colmena y te picarían sin piedad.
Muy preparados se fueron los dos hermanos. Caminaron entre plantas hermosas de grandes hojas y perfumadas flores. Los piquillines y los mistoles les ofrecían sus frutos dulces. La puya-puya les brindaba sus flores blancas y fragantes. La exuberante vegetación de la selva era allí un maravilloso espectáculo.
Al llegar a un claro del bosque, el hermano se detuvo.
-Aquí es -le dijo-. Envuélvete la cabeza con el poncho, defendiendo tu cara de las picaduras de las abejas. ¿Ves ese árbol tan alto? En la cima está la colmena. ¿Te animas a subir?
-Ya lo creo. Tú me guiarás, pues yo no veré muy bien con mis ojos cubiertos con el poncho.
-No tengas cuidado. Yo te conduciré -la conformó su hermano.
Con mucho trabajo fueron subiendo al árbol que era el de mayor tamaño del lugar.
Una vez que hubo instalado a la hermana, sentada en una horqueta, en lo más alto de la copa, Sonko, fingiendo acercarse a la colmena, sacó de su cintura un hacha y comenzó a descender cortando las ramas que abandonaba.
Así dejó el tronco liso y sin puntos de apoyo para que no pudiera bajar la infeliz Huasca.
Ella, confiada y ajena a lo que sucedía, esperaba que su hermano le indicara la tarea a cumplir.
Cuando Sonko llegó a tierra, se alejó del lugar dejando abandonada y sin defensa a la ingrata hermana.
Pasados algunos instantes, y en vista de que no oía al muchacho, Huasca empezó a temer.
Apartó el poncho de su vista, y lo que vio le hizo temer algo desagradable. Anochecía y su hermano había desaparecido. Lo llamó, primero tranquila, pero al no obtener respuesta, el miedo la dominó.
Con tono quejumbroso y desesperado, que era un lamento, gritó:
-¡Turay! ¡Turay!
Pero el hermano no apareció. Con gran sorpresa de su parte, sintió que sus miembros se endurecían, que toda ella cambiaba de forma y su cuerpo se cubría de plumas. En pocos instantes quedó convertida en un ave cuyo grito lastimero se oía en la quietud de la hora.
-¡Turay! ¡Turay!
Y como recordando la orden que le daba de continuo, repetía:
-¡Cacuy turay! ¡Cacuy turay!
Desde entonces, este llamado, que es un doloroso recuerdo, un verdadero lamento, y que tal vez sea un grito de arrepentimiento, se oye al anochecer, cuando el cacuy se acuerda que fue una hermana cruel y perversa.
Así llama al hermano para pedirle perdón:
¡Turay!... ¡Turay!
Y vuelve a repetir como en otros días:
-¡Cacuy turay!... ¡Cacuy Turay!...
Los que, al anochecer, oyen el grito de esta ave, se estremecen, pues creen escuchar el grito lastimero de una persona. Tal vez es su parecido con el gemido humano.
Referencias
El cacuy es un ave nocturna. Duerme durante el día escondida en algún árbol y aparece cuando el sol se esconde.
Tiene un aspecto desagradable. Su cuello, grueso y corto, sostiene una cabeza chata, en la que se destacan los ojos muy grandes y una boca enorme.
Para posarse busca el extremo de las ramas secas. El color de la corteza es como el del plumaje, pardo con mezcla de negro. Estirada sobre ellas, parece una continuación de la misma rama. En esa forma trata de pasar inadvertida y fuera de la vista de los cazadores.
Hace el nido en los huecos de los árboles con pequeñas ramas y recubre la parte interior con cerdas.
Su canto es un grito quejumbroso y muy fuerte que se oye a gran distancia. Muchos lo confunden con el lamento de un ser humano.
Esta forma de gritar: "¡ca... cuy! ¡ca... cuy!" ha originado el nombre con que la designan los pueblos de habla quichua. Los guaraníes le llaman urutaú.
En la Argentina habita las zonas Norte y Nordeste.
En Tucumán y Santiago del Estero se supone que su grito augura cambio de tiempo.
En Catamarca se tiene la creencia de que, al gritar, anuncia la proximidad de alguna colmena.
Es un ave mágica, se lo llamó antiguamente Kakó Kokó y luego Kakuy por deformación. En Tucumán entre los Lules: Tarpuí - llox; en el Litoral: Urutaú - gueimiene; entre los Jíbaros: Aohó, y en las tribus Guaicurúes: Nabopena - ga-naga. Sus distintas formas de pronunciación se deben a las diferentes lenguas aborígenes.
Su nombre científico es " Nyctibius Griseus Cornutus ".
EL BENTEVEO LEYENDA GUARANÍ
Cuando Akitá y Mondorí se casaron, ocuparon una cabaña construida con varios horcones clavados en la tierra y cubiertos con ramas y con hojas de palmera. La nueva oga mí estaba en plena selva misionera.
Cerca, el gran Paraná pasaba impetuoso formando pequeños saltos en las piedras que encontraba al paso.
Al morir la madre de Akitá, su padre, que quedara solo, les pidió albergue en su cabaña y, como buenos hijos, recibieron con cariño al pobre tuyá a quien la edad y las enfermedades habían restado energías y capacidad para trabajar. A pesar de ello él trataba de no ser una carga para sus hijos, a los que ayudaba en lo que le era posible.
Para entonces ya había nacido Sagua-á, que al presente contaba ocho años.
Una de las tareas del abuelo, y que por cierto cumplía con sumo agrado, era atender al pequeño mientras sus padres, por su trabajo, se veían obligados a alejarse de la cabaña.
Foto: Luisa Herrera Grandes compañeros eran el abuelo y el nieto. Jugando, aquél le enseñaba a manejar el arco y la flecha y nada había que distrajera más al niño que ir con él a pescar a la costa del río.
Cuando sus padres volvían, era su mayor orgullo mostrarles el surubí, el pirayú, el pacu o el patí que habían conseguido y que muchas veces ya se estaba asando en un asador de madera dura.
Otras veces, era una vasija repleta de miel de lechiguana que lograran en el bosque no sin grandes esfuerzos.
Para el pobre tuya no había más deseos que los de su nieto y, aunque a costa de grandes sacrificios, muchas veces, su mayor felicidad era complacerlo.
Valido de tanta condescendencia, el niño era un pequeño tlrano que no
admitía peros ni réplicas a sus exigencias.
Sólo en presencia de sus padres que, compadecidos de la capacidad del abuelo, restringían sus pretensiones, Sagua-á se reprimía.
A medida que el tiempo transcurría, las fuerzas fueron abandonando al pobre viejo que ya no podía llegar hasta la orilla acompañando a pescar a su nieto, ni hasta el bosque a recoger dulces frutos o miel silvestre.
Pasaba la mayor parte de su tiempo sentado junto a la cabaña, haciendo algún trabajo que su poca vista le permitía: tejiendo cestos de fibras vegetales o puliendo madera dura que transformaba en flechas o en anzuelos para su nieto.
Sagua-á correteaba sin cesar, alejándose de la oga mí con cualquier pretexto y dejando solo y librado a sus pocas fuerzas al abuelo, que nada decía por no contrariar al niño ni privarlo de sus diversiones.
Cuando los padres regresaban, encontraban siempre a su hijo junto al abuelo, de modo que, confiados en que el niño no se movía de su lado, dejaban tranquilos la cabaña para cumplir su trabajo en el algodonal.
El anciano, por su parte, jamás había dicho una palabra que pudiera delatar al cuminí, ni intranquilizar a sus hijos.
Pero sucedió que un día, Sagua-á se detuvo más que de costumbre en sus correrías por el bosque con otros niños de su edad y al llegar Akitá y su tembirecó Mondorí a la cabaña, hallaron al abuelo que no había probado alimento por no haber tenido quien se lo alcanzara.
Sus piernas ya no le respondían y era incapaz de moverse sin la ayuda de otra persona.
Indignado Akitá quiso conocer el comportamiento de su hijo en días anteriores, haciendo preguntas al abuelo; pero éste, pensando siempre en el nieto con benevolencia y cariño, contestó con evasivas, evitando acusarlo y encontrando en cambio disculpas que justificaron su alejamiento.
Cuando Sagua-á llegó corriendo y sofocado, tratando de adelantarse al arribo de sus padres, Akitá lo reprendió duramente, enrostrándole su mal proceder, su falta de piedad y de agradecimiento hacia el pobre abuelo que tanto le quería y que no había hecho otra cosa que complacerlo siempre.
Sagua-á nada respondió. Bajó la cabeza y su rostro adquirió una expresión de ira contenida.
En su interior no daba la razón a su padre sino que, por el contrario, juzgaba injusto su proceder. ¿Por qué él, sano y fuerte, que podía correr por el bosque, trepar, coger frutos y miel silvestre, o llegar a la costa, echar el anzuelo y pescar apetitosos peces, debía quedarse allí, quieto, junto a una persona inmóvil? ¿Acaso al abuelo, cuando podía caminar, no le gustaba acompañarlo en sus excursiones? ¿Qué culpa tenía él, ahora, de que no pudiera hacerlo? Y en último caso, si no podía caminar, que se quedara el abuelo en la cabaña, que él, por su parte, nada podía remediar quedándose también.
El tirano egoísta había aparecido en estas reflexiones, que si bien no exteriorizó con palabras, lo decían bien a las claras su ceño fruncido y su expresión airada que en ningún momento trató de disimular.
Desde entonces, varios días se quedó la madre en la cabaña. El padre iba solo a trabajar.
El abuelo se había agravado y ya no podía abandonar el lecho de ramas y de hojas de palma.
Era necesario atenderlo y alcanzarle los alimentos, pues él era incapaz de
moverse por su voluntad.
Ese día muy temprano, cuando las estrellas aun brillaban en el cielo, Akitá salió a trabajar.
Su tembirecó iría algo más tarde pues era imprescindible su ayuda ese día. Sagua-á quedaría cuidando al abuelo.
Cuando despuntaba la aurora, Mondorí consideró que era hora de salir. Antes de hacerlo, despertó a su hijo que dormía profundamente.
El niño despertó de mala gana, refregándose los ojos con el dorso de sus manos.
Malhumorado al tener que dejar el lecho tan temprano, respondió irritado al llamado de la madre:
— iQué quieres! ¿No puedes dejarme dormir?
— No seas egoísta, Sagua-á. Tu abuelo no puede quedar solo y además es necesario atenderlo. Su enfermedad le impide moverse por su voluntad y es justo que se lo cuide. Tu padre y yo debemos trabajar y tu tienes la obligación de dedicarte al pobre abuelo enfermo.
— ¿Por qué tengo que atenderlo? —insistió iracundo—. ¡Yo había decidido ir al río a pescar y por culpa de él debo quedarme acá como si estuviera prisionero! ¡Ya he preparado la igá y yo iré a pescar! ¡El abuelo no necesita nada!
—¡No seas malo, Sagua-á! Recuerda que tu abuelo fue siempre muy bueno contigo y que sólo bondades y mimos has recibido de él. Ahora te necesita, ¡es justo que le dediques tu atención! ¡Te prohíbo que te muevas de casa! ¡Ya irás a pescar cuando hayamos vuelto tu padre y yo!
—¿Exiges que me quede? Muy bien... ¡me quedaré! ¡Pero te aseguro que no me obligarán a hacerlo otra vez!— concluyó amenazante el despechado Sagua-á.
Triste se fue Mondorí al reconocer los sentimientos mezquinos que dominaban a su hijo.
Mientras iba caminando, pensó en Sagua-á cuando era pequeñito y recordó la bondad que albergaba entonces su corazón...
Con su manecita tierna acariciaba a los animalitos que se acercaban a la cabaña en busca de alimento y a los que era capaz de dar lo que él estaba comiendo... Y no olvidaba el día cuando, entre dos de sus deditos traía una florecilla silvestre cortada por él mismo que le entregó mirándola con expresión tan alegre y orgullosa como si le hubiera dado un tesoro...
¡Cómo había cambiado su hijo! ¡Qué malos sentimientos se habían apoderado de su alma! ¿Cuál sería la causa de este cambio?
Temió la madre por él. Tupá, el Dios que premiaba a los buenos, no dejaba sin castigo a los malos. ¿Qué tendría reservado para Sagua-á?
Dominada por tan tristes pensamientos hizo el camino hasta la plantación de algodón, donde su marido ya estaba trabajando desde temprano, y lamentó que la inminencia de la recolección no le hubiera permitido quedarse junto al abuelo enfermo. No tenía confianza en que Sagua-á le prestara la atención necesaria.
Mientrs tanto, allá, en la cabaña de la selva misionera, su triste presentimiento se cumplía.
Sagua-á obedeció a su madre: no se movió de la casa; pero se dedicó a arreglar sus útiles de pesca y a preparar los elementos que utilizaría al día siguiente cuando pudiera ir al río como él deseaba.
Del pobre abuelo ni se acordó siquiera.
En cierto momento oyó que lo llamaba con voy débil y entrecortada:
— ¡Sagua-á...! ¡Sa... gua...á...!
Malhumorado el niño al verse molestado e interrumpido en su ocupación, de mala gana respondió:
— ¿Qué quieres? ¡Ya voy!
Pero ni se movió.
El anciano, mientras tanto, se debatía en su lecho con un desasosiego que crecía por momentos.
Sagua-á oyó que lo volvía a llamar:
— ¡Ven... Sa...gua...á...! ¡Ven... por... favor...!
Acudió por fin el niño de mala gana. Cuando estuvo junto al inimbé donde yacía el enfermo, airado volvió a preguntar:
— ¿Qué quieres?
— ¡Alcánzame un poco de agua...! Tengo sed... Mi vida se apaga...
— ¿Tu vida se apaga? ¿Se apaga como un cachimbo? — y continuó riendo divertido por la gracia que le habían hecho sus propias palabras.
—Sí... mi vida se apaga... como un pito güé... Alcánzame un poco de agua... Hazme ese favor...
Pero el desalmado, sólo pensaba en reír y repetía sin cesar:
—Pito güé... Pito güé...
El viejo, mientras tanto, llegados sus últimos momentos, con los labios resecos, vencido por una sed abrasadora, expiró.
Al mismo tiempo el niño, que asistía impasible a la escena, continuaba repitiendo las palabras que le habían hecho tanta gracia:
—Pito güé... Pito güé...
Nada le hizo pensar en la transformación que se producía en esos momentos en él.
Su cuerpo se achicaba, se achicaba más y más, cubriéndose de plumas de color pardo. Su cabeza, ya pequeñita, se alargaba y su boca se transformaba en un pico con el que hallaba cierta dificultad para seguir gritando:
—Pito güé... Pito güé...
Momentos después, en la cabaña, sobre su lecho de palma yacía exánime el anciano, mientras en un rincón, junto a la ventana, un pájaro de lomo pardo y pecho amarillo, que tenía una mancha blanca en la cabeza, no cesaba de repetir:
—Pito güé... Pito güé...
Era Sagua-á, que, castigado por su egoísmo y su mal proceder, fue transformado en ave por uno de los genios buenos que enviaba Tupá a la tierra. Ellos eran los encargados de premiar a los buenos y dar, a los malos, su merecido.
Cuando Akitá y Mondoví volvieron, encontraron al anciano muerto en su inimbé.
En el momento de entrar, un pájaro de plumaje pardo y amarillo voló pesadamente, saliendo de la habitación por la abertura de la puerta.
Una vez en el exterior, parado en una rama del jacarandá que crecía junto a la cabaña, no dejaba de gritar con tono lastimero:
—Pi.:.to güé... Pi...to güé... Pi...to güé...
Este, decían los guaraníes, había sido el origen de nuestro benteveo, al que ellos llamaban pito güé, imitando su grito, en el que creían ver reproducidas las palabras que causaran tanta gracia al pequeño egoísta cuando las oyó de labios del abuelo moribundo.
REFERENCIAS
El benteveo es un pájaro americano de treinta centímetros de longitud, más o menos.
Tiene el lomo y la cola de color pardo verdoso; la cabeza negra con dos listas blancas, que, partiendo del pico, adornan ambos lados de la cara; la garganta y parte del pecho son blancos; el resto de este último y el abdomen ostentan un color amarillo vivo, color que luce también en el copete, que termina en negro.
El pico, de color negro, lo mismo que las patas, es tan largo como la cabeza, terminado en un gancho bien pronunciado. Las alas, alargadas, llegan hasta la mitad de la cola, que es, asimismo, alargada y además cuadrada.
Aunque se alimenta también de lombrices y de otros gusanos, es animal insectívoro, causa por la cual difícilmente puede vivir en cautividad. Prefiere atrapar los insectos al vuelo, o bien de las ramas y de las hojas.
Construye su nido, grande, en forma esférica, con lanas, ramitas y paja, en horquetas o en las ramas de los árboles, colocándole la entrada al costado. Pone huevos de color amarillento con manchas parduscas.
Vive en lugares donde hay arboleda, generalmente cerca de las poblaciones.
Su vuelo es recio, alcanzando mayores alturas que otros pájaros.
Es muy valiente, capaz de hacer frente a algunas aves rapaces, de las que se defiende con valor y a las que obliga a alejarse de las cercanías de su nido, favoreciendo así a otras aves indefensas y hasta a las aves de corral.
Su grito agudo y prolongado, en el que algunos creen oír: benteveo, otros pitogüé, o bichofeo, pitaguá, quetubí, pitojuán y otros, es el que da origen al nombre que lleva y que varía según las diferentes regiones que habita.
En nuestro país vive desde Buenos Aires, San Luis y Mendoza hasta el límite norte, de Jujuy a Misiones. En algunos lugares se tiene la creencia que cuando el benteveo grita a mediodía, junto a una casa, avisa la llegada de gente inesperada: parientes, amigos o personas extrañas.
En otras partes atribuyen su grito cerca de una casa a un anuncio de nacimiento.
Cerca, el gran Paraná pasaba impetuoso formando pequeños saltos en las piedras que encontraba al paso.
Al morir la madre de Akitá, su padre, que quedara solo, les pidió albergue en su cabaña y, como buenos hijos, recibieron con cariño al pobre tuyá a quien la edad y las enfermedades habían restado energías y capacidad para trabajar. A pesar de ello él trataba de no ser una carga para sus hijos, a los que ayudaba en lo que le era posible.
Para entonces ya había nacido Sagua-á, que al presente contaba ocho años.
Una de las tareas del abuelo, y que por cierto cumplía con sumo agrado, era atender al pequeño mientras sus padres, por su trabajo, se veían obligados a alejarse de la cabaña.
Foto: Luisa Herrera Grandes compañeros eran el abuelo y el nieto. Jugando, aquél le enseñaba a manejar el arco y la flecha y nada había que distrajera más al niño que ir con él a pescar a la costa del río.
Cuando sus padres volvían, era su mayor orgullo mostrarles el surubí, el pirayú, el pacu o el patí que habían conseguido y que muchas veces ya se estaba asando en un asador de madera dura.
Otras veces, era una vasija repleta de miel de lechiguana que lograran en el bosque no sin grandes esfuerzos.
Para el pobre tuya no había más deseos que los de su nieto y, aunque a costa de grandes sacrificios, muchas veces, su mayor felicidad era complacerlo.
Valido de tanta condescendencia, el niño era un pequeño tlrano que no
admitía peros ni réplicas a sus exigencias.
Sólo en presencia de sus padres que, compadecidos de la capacidad del abuelo, restringían sus pretensiones, Sagua-á se reprimía.
A medida que el tiempo transcurría, las fuerzas fueron abandonando al pobre viejo que ya no podía llegar hasta la orilla acompañando a pescar a su nieto, ni hasta el bosque a recoger dulces frutos o miel silvestre.
Pasaba la mayor parte de su tiempo sentado junto a la cabaña, haciendo algún trabajo que su poca vista le permitía: tejiendo cestos de fibras vegetales o puliendo madera dura que transformaba en flechas o en anzuelos para su nieto.
Sagua-á correteaba sin cesar, alejándose de la oga mí con cualquier pretexto y dejando solo y librado a sus pocas fuerzas al abuelo, que nada decía por no contrariar al niño ni privarlo de sus diversiones.
Cuando los padres regresaban, encontraban siempre a su hijo junto al abuelo, de modo que, confiados en que el niño no se movía de su lado, dejaban tranquilos la cabaña para cumplir su trabajo en el algodonal.
El anciano, por su parte, jamás había dicho una palabra que pudiera delatar al cuminí, ni intranquilizar a sus hijos.
Pero sucedió que un día, Sagua-á se detuvo más que de costumbre en sus correrías por el bosque con otros niños de su edad y al llegar Akitá y su tembirecó Mondorí a la cabaña, hallaron al abuelo que no había probado alimento por no haber tenido quien se lo alcanzara.
Sus piernas ya no le respondían y era incapaz de moverse sin la ayuda de otra persona.
Indignado Akitá quiso conocer el comportamiento de su hijo en días anteriores, haciendo preguntas al abuelo; pero éste, pensando siempre en el nieto con benevolencia y cariño, contestó con evasivas, evitando acusarlo y encontrando en cambio disculpas que justificaron su alejamiento.
Cuando Sagua-á llegó corriendo y sofocado, tratando de adelantarse al arribo de sus padres, Akitá lo reprendió duramente, enrostrándole su mal proceder, su falta de piedad y de agradecimiento hacia el pobre abuelo que tanto le quería y que no había hecho otra cosa que complacerlo siempre.
Sagua-á nada respondió. Bajó la cabeza y su rostro adquirió una expresión de ira contenida.
En su interior no daba la razón a su padre sino que, por el contrario, juzgaba injusto su proceder. ¿Por qué él, sano y fuerte, que podía correr por el bosque, trepar, coger frutos y miel silvestre, o llegar a la costa, echar el anzuelo y pescar apetitosos peces, debía quedarse allí, quieto, junto a una persona inmóvil? ¿Acaso al abuelo, cuando podía caminar, no le gustaba acompañarlo en sus excursiones? ¿Qué culpa tenía él, ahora, de que no pudiera hacerlo? Y en último caso, si no podía caminar, que se quedara el abuelo en la cabaña, que él, por su parte, nada podía remediar quedándose también.
El tirano egoísta había aparecido en estas reflexiones, que si bien no exteriorizó con palabras, lo decían bien a las claras su ceño fruncido y su expresión airada que en ningún momento trató de disimular.
Desde entonces, varios días se quedó la madre en la cabaña. El padre iba solo a trabajar.
El abuelo se había agravado y ya no podía abandonar el lecho de ramas y de hojas de palma.
Era necesario atenderlo y alcanzarle los alimentos, pues él era incapaz de
moverse por su voluntad.
Ese día muy temprano, cuando las estrellas aun brillaban en el cielo, Akitá salió a trabajar.
Su tembirecó iría algo más tarde pues era imprescindible su ayuda ese día. Sagua-á quedaría cuidando al abuelo.
Cuando despuntaba la aurora, Mondorí consideró que era hora de salir. Antes de hacerlo, despertó a su hijo que dormía profundamente.
El niño despertó de mala gana, refregándose los ojos con el dorso de sus manos.
Malhumorado al tener que dejar el lecho tan temprano, respondió irritado al llamado de la madre:
— iQué quieres! ¿No puedes dejarme dormir?
— No seas egoísta, Sagua-á. Tu abuelo no puede quedar solo y además es necesario atenderlo. Su enfermedad le impide moverse por su voluntad y es justo que se lo cuide. Tu padre y yo debemos trabajar y tu tienes la obligación de dedicarte al pobre abuelo enfermo.
— ¿Por qué tengo que atenderlo? —insistió iracundo—. ¡Yo había decidido ir al río a pescar y por culpa de él debo quedarme acá como si estuviera prisionero! ¡Ya he preparado la igá y yo iré a pescar! ¡El abuelo no necesita nada!
—¡No seas malo, Sagua-á! Recuerda que tu abuelo fue siempre muy bueno contigo y que sólo bondades y mimos has recibido de él. Ahora te necesita, ¡es justo que le dediques tu atención! ¡Te prohíbo que te muevas de casa! ¡Ya irás a pescar cuando hayamos vuelto tu padre y yo!
—¿Exiges que me quede? Muy bien... ¡me quedaré! ¡Pero te aseguro que no me obligarán a hacerlo otra vez!— concluyó amenazante el despechado Sagua-á.
Triste se fue Mondorí al reconocer los sentimientos mezquinos que dominaban a su hijo.
Mientras iba caminando, pensó en Sagua-á cuando era pequeñito y recordó la bondad que albergaba entonces su corazón...
Con su manecita tierna acariciaba a los animalitos que se acercaban a la cabaña en busca de alimento y a los que era capaz de dar lo que él estaba comiendo... Y no olvidaba el día cuando, entre dos de sus deditos traía una florecilla silvestre cortada por él mismo que le entregó mirándola con expresión tan alegre y orgullosa como si le hubiera dado un tesoro...
¡Cómo había cambiado su hijo! ¡Qué malos sentimientos se habían apoderado de su alma! ¿Cuál sería la causa de este cambio?
Temió la madre por él. Tupá, el Dios que premiaba a los buenos, no dejaba sin castigo a los malos. ¿Qué tendría reservado para Sagua-á?
Dominada por tan tristes pensamientos hizo el camino hasta la plantación de algodón, donde su marido ya estaba trabajando desde temprano, y lamentó que la inminencia de la recolección no le hubiera permitido quedarse junto al abuelo enfermo. No tenía confianza en que Sagua-á le prestara la atención necesaria.
Mientrs tanto, allá, en la cabaña de la selva misionera, su triste presentimiento se cumplía.
Sagua-á obedeció a su madre: no se movió de la casa; pero se dedicó a arreglar sus útiles de pesca y a preparar los elementos que utilizaría al día siguiente cuando pudiera ir al río como él deseaba.
Del pobre abuelo ni se acordó siquiera.
En cierto momento oyó que lo llamaba con voy débil y entrecortada:
— ¡Sagua-á...! ¡Sa... gua...á...!
Malhumorado el niño al verse molestado e interrumpido en su ocupación, de mala gana respondió:
— ¿Qué quieres? ¡Ya voy!
Pero ni se movió.
El anciano, mientras tanto, se debatía en su lecho con un desasosiego que crecía por momentos.
Sagua-á oyó que lo volvía a llamar:
— ¡Ven... Sa...gua...á...! ¡Ven... por... favor...!
Acudió por fin el niño de mala gana. Cuando estuvo junto al inimbé donde yacía el enfermo, airado volvió a preguntar:
— ¿Qué quieres?
— ¡Alcánzame un poco de agua...! Tengo sed... Mi vida se apaga...
— ¿Tu vida se apaga? ¿Se apaga como un cachimbo? — y continuó riendo divertido por la gracia que le habían hecho sus propias palabras.
—Sí... mi vida se apaga... como un pito güé... Alcánzame un poco de agua... Hazme ese favor...
Pero el desalmado, sólo pensaba en reír y repetía sin cesar:
—Pito güé... Pito güé...
El viejo, mientras tanto, llegados sus últimos momentos, con los labios resecos, vencido por una sed abrasadora, expiró.
Al mismo tiempo el niño, que asistía impasible a la escena, continuaba repitiendo las palabras que le habían hecho tanta gracia:
—Pito güé... Pito güé...
Nada le hizo pensar en la transformación que se producía en esos momentos en él.
Su cuerpo se achicaba, se achicaba más y más, cubriéndose de plumas de color pardo. Su cabeza, ya pequeñita, se alargaba y su boca se transformaba en un pico con el que hallaba cierta dificultad para seguir gritando:
—Pito güé... Pito güé...
Momentos después, en la cabaña, sobre su lecho de palma yacía exánime el anciano, mientras en un rincón, junto a la ventana, un pájaro de lomo pardo y pecho amarillo, que tenía una mancha blanca en la cabeza, no cesaba de repetir:
—Pito güé... Pito güé...
Era Sagua-á, que, castigado por su egoísmo y su mal proceder, fue transformado en ave por uno de los genios buenos que enviaba Tupá a la tierra. Ellos eran los encargados de premiar a los buenos y dar, a los malos, su merecido.
Cuando Akitá y Mondoví volvieron, encontraron al anciano muerto en su inimbé.
En el momento de entrar, un pájaro de plumaje pardo y amarillo voló pesadamente, saliendo de la habitación por la abertura de la puerta.
Una vez en el exterior, parado en una rama del jacarandá que crecía junto a la cabaña, no dejaba de gritar con tono lastimero:
—Pi.:.to güé... Pi...to güé... Pi...to güé...
Este, decían los guaraníes, había sido el origen de nuestro benteveo, al que ellos llamaban pito güé, imitando su grito, en el que creían ver reproducidas las palabras que causaran tanta gracia al pequeño egoísta cuando las oyó de labios del abuelo moribundo.
REFERENCIAS
El benteveo es un pájaro americano de treinta centímetros de longitud, más o menos.
Tiene el lomo y la cola de color pardo verdoso; la cabeza negra con dos listas blancas, que, partiendo del pico, adornan ambos lados de la cara; la garganta y parte del pecho son blancos; el resto de este último y el abdomen ostentan un color amarillo vivo, color que luce también en el copete, que termina en negro.
El pico, de color negro, lo mismo que las patas, es tan largo como la cabeza, terminado en un gancho bien pronunciado. Las alas, alargadas, llegan hasta la mitad de la cola, que es, asimismo, alargada y además cuadrada.
Aunque se alimenta también de lombrices y de otros gusanos, es animal insectívoro, causa por la cual difícilmente puede vivir en cautividad. Prefiere atrapar los insectos al vuelo, o bien de las ramas y de las hojas.
Construye su nido, grande, en forma esférica, con lanas, ramitas y paja, en horquetas o en las ramas de los árboles, colocándole la entrada al costado. Pone huevos de color amarillento con manchas parduscas.
Vive en lugares donde hay arboleda, generalmente cerca de las poblaciones.
Su vuelo es recio, alcanzando mayores alturas que otros pájaros.
Es muy valiente, capaz de hacer frente a algunas aves rapaces, de las que se defiende con valor y a las que obliga a alejarse de las cercanías de su nido, favoreciendo así a otras aves indefensas y hasta a las aves de corral.
Su grito agudo y prolongado, en el que algunos creen oír: benteveo, otros pitogüé, o bichofeo, pitaguá, quetubí, pitojuán y otros, es el que da origen al nombre que lleva y que varía según las diferentes regiones que habita.
En nuestro país vive desde Buenos Aires, San Luis y Mendoza hasta el límite norte, de Jujuy a Misiones. En algunos lugares se tiene la creencia que cuando el benteveo grita a mediodía, junto a una casa, avisa la llegada de gente inesperada: parientes, amigos o personas extrañas.
En otras partes atribuyen su grito cerca de una casa a un anuncio de nacimiento.
LA ALGARROBA LEYENDA QUICHUA
Era en tiempos de los Incas. Los quichuas adoraban con sumo respeto y con las principales honras a Viracocha, señor supremo del reino. También adoraban a Inti, a las estrellas, al trueno y a la tierra.
Conocían a esta última con el nombre de Pachamama, que es como decir “Madre Tierra” y a ella acudían para pedir abundantes cosechas, la feliz realización de una empresa, caza numerosa, protección para las enfermedades, para el granizo, para el viento helado, la niebla y para todo lo que podía ser causa de desgracia o sinsabor.
Levantaban en su honor altares o monumentos a lo largo de los caminos.
Los llamaban apachetas y consistían en una cantidad de piedras amontonadas unas encima de las otras, formando un pequeño montículo.
Allí se detenía el indio a orar, a encomendarse a la Pachamama, cuando pasaba por el camino al alejarse del lugar por tiempo indeterminado o simplemente cuando se dirigía al valle llevando sus animales a pastar.
Para ponerse bajo la protección de la Pachamama, depositaba en la apacheta, coca, Ilicta, o cualquier alimento que tuviera en gran estima, seguro de conseguir el pedido hecho a la divinidad.
Respetuoso de la tradición y de las costumbres, el pueblo quichua jamás había olvidado sus obligaciones hacia los dioses que regían sus vidas.
Pero llegó un tiempo de gran abundancia en que los campos sembrados de maíz eran vergeles maravillosos que daban copiosa cosecha, la tierra se prodigaba con exuberancia y la ociosidad fue apoderándose de ese pueblo laborioso que, olvidando sus obligaciones, abandonó poco a poco el trabajo para dedicarse a la holganza, al vicio y a la orgía.
Se desperdiciaba el alimento que tan poco costaba conseguir, y con las espigas de maíz, que las plantas entregaban sin tasa, fabricaban chicha con la que llenaban vasijas en cantidades nunca vistas.
Fue una época sin precedentes.
El vicio dominaba a hombres y mujeres. Ellos, en su inconsciencia, sólo pensaban en entregarse a los placeres bebiendo de continuo y con exceso, comiendo en la misma forma y danzando durante todo el tiempo que no dedicaban al sueño o al descanso.
Los depósitos repletos proveían del alimento necesario y nadie pensó que esa fuente que les proporcionaba granos y frutos en abundancia, se agotaría alguna vez.
El desenfreno continuaba y nada había que llamara a ese pueblo a la reflexión y a la vida ordenada y normal.
Llegó la época en que se hacía imprescindible sembrar, si se pretendía cosechar.
Pero nadie pensaba en ello.
Inti, entonces, al comprobar que el pueblo desagradecido olvidaba los favores brindados por la Pachamama, queriendo darles su merecido, resolvió castigarlos.
Con el calor de sus rayos, que envió a la tierra como dardos de fuego, secó los ríos y lagunas, los lagos y las vertientes, y como consecuencia, la tierra se endureció, las plantas perdieron sus hojas verdes y sus flores, los tallos se doblaron y los troncos y las ramas de los árboles, resecos y polvorientos, parecían brazos retorcidos y sin vida.
En los graneros aun quedaban alimentos, y en los cántaros, chicha. ¿Qué importancia tenía, entonces, para esas gentes, que las plantas se secaran y que el río hubiera dejado de correr, y seco y sin vida, mostrara las paredes pedregosas de su lecho ?
Mientras durara la chicha no podría desaparecer la felicidad ni la alegría. Pero un día llegó en que, con asombro, comprobaron que los graneros no eran inagotables y que para servirse de sus granos y de sus frutos, era necesario depositarlos primero.
El alimento comenzó a escasear, y con ello las penurias, la miseria y el hambre hicieron su aparición.
Recapacitaron entonces los quichuas, decidiendo volver a trabajar los campos y a sembrarlos.
Pero el castigo de Inti no había terminado y la tierra, cada vez más reseca y dura, no se dejaba clavar los útiles con que pretendían labrarla y así era imposible poner la semilla.
La desolación y la miseria fueron las soberanas de ese pueblo que, en un instante, olvidó las leyes de sus dioses y sus obligaciones con la vida.
Los animales, flacos, sin fuerzas, morían en cantidad y parecía mentira que esos campos, que al presente se asemejaban al más desolado de los páramos, hubieran podido ser, alguna vez, praderas alegres cubiertas de hierbas y de árboles o de extensas plantaciones de maíz, en las que los frutos se ofrecían generosos.
Los niños, pobres víctimas inocentes de los pecados y de la disipación de los mayores, débiles, flacos, con los rostros macilentos, los ojos grandes y desorbitados, verdaderos exponentes de miseria y de dolor, sólo abrían sus bocas resecas para pedir algo que comer.
Los más débiles morían sin que nadie pudiera hacer algo por ellos.
El sol caía a plomo. De una de las casas de piedra que se hallaban en los alrededores de la población, una mujer salió, corriendo desesperada.
Era Urpila, que, enloquecida porque sus hijos morían de hambre y de sed, arrepentida de las faltas cometidas en los últimos tiempos y enrostrando a todos su vergüenza, su pecado y su olvido de Inti y de la Pachamama, corría a la primera apacheta del camino a pedir protección a la Madre Tierra y a depositar su ofrenda de coca y de Ilicta, últimas porciones que había podido conseguir.
Llegó a la apacheta y casi sin fuerzas, comenzó:
Pachamama,
Madre Tierra,
Kusiya... Kusiya...
Lloró y se desesperó ante el altar de la diosa, prometiendo enmienda y sacrificios.
Extenuada, sin fuerzas para continuar, se sentó en el suelo, apoyando su cuerpo cansado en el tronco de un árbol que crecía a pocos pasos y cuyas ramas secas parecían retorcerse en el espacio. Tan grande era su fatiga, tanta su debilidad, que, vencida, bajó la cabeza y no tardó en quedarse profundamente dormida. Tuvo sueños felices. La Pachamama, valorando su arrepentimiento, llenó su alma de visiones de esperanza y acercándose a ella, con toda la grandeza que como diosa le concernía, le habló generosa:
— No te desesperes, mujer. El castigo ha dado sus frutos y el pueblo, arrepentido como tú misma, de su ocio y de su desenfreno, retornará a su existencia anterior, que es la justa, la verdadera. La vida renacerá sobre la tierra que volverá a brindar sus frutos y su belleza.
Cuando despiertes, y antes de irte, abre tus brazos y recibe las vainas que ha de regalarte este “Árbol”, desde hoy sagrado. Que las coman tus hijos y los hijos de las otras madres, que con ellas calmarán su hambre y apagarán su sed. Tu humildad y tu arrepentimiento han hecho posible este milagro que Inti realiza para ti.
Cuando Urpila despertó creyó morir, tal era su decepción. El aspecto de la tierra en nada había variado y la visión había desaparecido.
Se convenció de que su sueño había sido sólo eso: un sueño.
Pero, recapacitando, volvieron a su mente las palabras de la Pachamama y recordó al “Árbol”. Levantó entonces sus ojos hacia las ramas que parecían secas, y tal como la diosa lo anunciara, las vainas doradas se ofrecían a su desesperación como una esperanza de vida.
Cambió en un instante su estado de ánimo dándole fuerzas extraordinarias.
Se levantó ansiosa y cortó los frutos generosos hasta que entre sus brazos no cupieron más.
Entonces corrió al pueblo, hizo conocer la nueva y todos se lanzaron a buscar las milagrosas vainas color castaño, mientras ella repartía entre sus hijos el tesoro que encerraban sus brazos de madre y que le había concedido la Pachamama...
El pueblo volvió a la vida y veneró desde entonces al “Árbol Sagrado” que fue su salvación y que, a partir de ese día, les brindan pan y bebida que ellos reciben como un don.
Ese árbol venerado es el algarrobo, que tiene la virtud, además de las nombradas, de ser, en tiempos de grandes sequías, el único alimento de los animales.
REFERENCIAS
La algarroba es el fruto del algarrobo, del que se conocen dos clases: el blanco y el negro.
Ambos son árboles, pertenecientes a la familia de las leguminosas. El nombre científico del algarrobo blanco es: “Prosopis alba”.
Es este un árbol que proporciona grata y hermosa sombra, merced a su copa en forma de sombrilla, cubierta de espeso follaje. El tronco es grueso y rugoso. Las hojas, caducas, son compuestas, formadas por gran número de hojuelas de color verde oscuro.
Las flores que cubren el árbol en primavera son pequeñas, amarillentas y se dan en espigas tupidas. Contrariamente a lo que sucede en la generalidad de las plantas, en el algarrobo la parte más vistosa de la flor no es la corola, sino los estambres. El fruto es una legumbre de color claro. Cuando maduran las semillas que contiene, se torna más o menos carnoso, de agradable sabor y muy comestible.
Molido, se transforma en una harina con la que se fabrica el patay, que es un pan o torta de alto valor alimenticio por contener albúmina y gran cantidad de azúcar, provenientes de la algarroba. Dejando fermentar la algarroba pisada, mezclada con cierta cantidad de agua, se hace una bebida alcohólica llamada aloja. Este fruto constituye uno de los principales alimentos de los naturales que habitan la región donde crece el algarrobo.
Como la producción de algarroba es muy abundante, se recogen las vainas en gran cantidad y se conservan durante mucho tiempo, recurriendo a esta reserva en la época en que escasean los alimentos. Para el ganado, es nutritivo y muy eficaz.
Otra de las grandes utilidades del algarrobo reside en su madera dura, que se emplea en carpintería, en ebanistería —sobre todo en trabajos de torno—, en construcciones, para la fabricación de adoquines, etc..... Se la emplea como leña y para la fabricación del carbón de leña.
Existe, además del algarrobo blanco, como hemos dicho, el algarrobo negro, cuyas características son similares al que acabamos de describir, con la diferencia que el fruto maduro es una vaina negra.
Crecen ambas especies en nuestro país, en las provincias de Córdoba, San Luis, La Rioja, Catamarca, Tucumán, Salta, Entre Ríos, Chaco y en la provincia de Formosa.
El algarrobo, planta que brindó a los primitivos habitantes de nuestro suelo, tanta y variada utilidad y sobre todo, completa alimentación, fue conocido en algunas regiones simplemente con el nombre de: “EL ÁRBOL” y se lo consideró árbol sagrado.
Los quichuas lo conocían con el nombre de TACU; los guaraníes lo llaman IVOPÉ y al algarrobo blanco: “IVOPÉ MOROTÍ”.
Conocían a esta última con el nombre de Pachamama, que es como decir “Madre Tierra” y a ella acudían para pedir abundantes cosechas, la feliz realización de una empresa, caza numerosa, protección para las enfermedades, para el granizo, para el viento helado, la niebla y para todo lo que podía ser causa de desgracia o sinsabor.
Levantaban en su honor altares o monumentos a lo largo de los caminos.
Los llamaban apachetas y consistían en una cantidad de piedras amontonadas unas encima de las otras, formando un pequeño montículo.
Allí se detenía el indio a orar, a encomendarse a la Pachamama, cuando pasaba por el camino al alejarse del lugar por tiempo indeterminado o simplemente cuando se dirigía al valle llevando sus animales a pastar.
Para ponerse bajo la protección de la Pachamama, depositaba en la apacheta, coca, Ilicta, o cualquier alimento que tuviera en gran estima, seguro de conseguir el pedido hecho a la divinidad.
Respetuoso de la tradición y de las costumbres, el pueblo quichua jamás había olvidado sus obligaciones hacia los dioses que regían sus vidas.
Pero llegó un tiempo de gran abundancia en que los campos sembrados de maíz eran vergeles maravillosos que daban copiosa cosecha, la tierra se prodigaba con exuberancia y la ociosidad fue apoderándose de ese pueblo laborioso que, olvidando sus obligaciones, abandonó poco a poco el trabajo para dedicarse a la holganza, al vicio y a la orgía.
Se desperdiciaba el alimento que tan poco costaba conseguir, y con las espigas de maíz, que las plantas entregaban sin tasa, fabricaban chicha con la que llenaban vasijas en cantidades nunca vistas.
Fue una época sin precedentes.
El vicio dominaba a hombres y mujeres. Ellos, en su inconsciencia, sólo pensaban en entregarse a los placeres bebiendo de continuo y con exceso, comiendo en la misma forma y danzando durante todo el tiempo que no dedicaban al sueño o al descanso.
Los depósitos repletos proveían del alimento necesario y nadie pensó que esa fuente que les proporcionaba granos y frutos en abundancia, se agotaría alguna vez.
El desenfreno continuaba y nada había que llamara a ese pueblo a la reflexión y a la vida ordenada y normal.
Llegó la época en que se hacía imprescindible sembrar, si se pretendía cosechar.
Pero nadie pensaba en ello.
Inti, entonces, al comprobar que el pueblo desagradecido olvidaba los favores brindados por la Pachamama, queriendo darles su merecido, resolvió castigarlos.
Con el calor de sus rayos, que envió a la tierra como dardos de fuego, secó los ríos y lagunas, los lagos y las vertientes, y como consecuencia, la tierra se endureció, las plantas perdieron sus hojas verdes y sus flores, los tallos se doblaron y los troncos y las ramas de los árboles, resecos y polvorientos, parecían brazos retorcidos y sin vida.
En los graneros aun quedaban alimentos, y en los cántaros, chicha. ¿Qué importancia tenía, entonces, para esas gentes, que las plantas se secaran y que el río hubiera dejado de correr, y seco y sin vida, mostrara las paredes pedregosas de su lecho ?
Mientras durara la chicha no podría desaparecer la felicidad ni la alegría. Pero un día llegó en que, con asombro, comprobaron que los graneros no eran inagotables y que para servirse de sus granos y de sus frutos, era necesario depositarlos primero.
El alimento comenzó a escasear, y con ello las penurias, la miseria y el hambre hicieron su aparición.
Recapacitaron entonces los quichuas, decidiendo volver a trabajar los campos y a sembrarlos.
Pero el castigo de Inti no había terminado y la tierra, cada vez más reseca y dura, no se dejaba clavar los útiles con que pretendían labrarla y así era imposible poner la semilla.
La desolación y la miseria fueron las soberanas de ese pueblo que, en un instante, olvidó las leyes de sus dioses y sus obligaciones con la vida.
Los animales, flacos, sin fuerzas, morían en cantidad y parecía mentira que esos campos, que al presente se asemejaban al más desolado de los páramos, hubieran podido ser, alguna vez, praderas alegres cubiertas de hierbas y de árboles o de extensas plantaciones de maíz, en las que los frutos se ofrecían generosos.
Los niños, pobres víctimas inocentes de los pecados y de la disipación de los mayores, débiles, flacos, con los rostros macilentos, los ojos grandes y desorbitados, verdaderos exponentes de miseria y de dolor, sólo abrían sus bocas resecas para pedir algo que comer.
Los más débiles morían sin que nadie pudiera hacer algo por ellos.
El sol caía a plomo. De una de las casas de piedra que se hallaban en los alrededores de la población, una mujer salió, corriendo desesperada.
Era Urpila, que, enloquecida porque sus hijos morían de hambre y de sed, arrepentida de las faltas cometidas en los últimos tiempos y enrostrando a todos su vergüenza, su pecado y su olvido de Inti y de la Pachamama, corría a la primera apacheta del camino a pedir protección a la Madre Tierra y a depositar su ofrenda de coca y de Ilicta, últimas porciones que había podido conseguir.
Llegó a la apacheta y casi sin fuerzas, comenzó:
Pachamama,
Madre Tierra,
Kusiya... Kusiya...
Lloró y se desesperó ante el altar de la diosa, prometiendo enmienda y sacrificios.
Extenuada, sin fuerzas para continuar, se sentó en el suelo, apoyando su cuerpo cansado en el tronco de un árbol que crecía a pocos pasos y cuyas ramas secas parecían retorcerse en el espacio. Tan grande era su fatiga, tanta su debilidad, que, vencida, bajó la cabeza y no tardó en quedarse profundamente dormida. Tuvo sueños felices. La Pachamama, valorando su arrepentimiento, llenó su alma de visiones de esperanza y acercándose a ella, con toda la grandeza que como diosa le concernía, le habló generosa:
— No te desesperes, mujer. El castigo ha dado sus frutos y el pueblo, arrepentido como tú misma, de su ocio y de su desenfreno, retornará a su existencia anterior, que es la justa, la verdadera. La vida renacerá sobre la tierra que volverá a brindar sus frutos y su belleza.
Cuando despiertes, y antes de irte, abre tus brazos y recibe las vainas que ha de regalarte este “Árbol”, desde hoy sagrado. Que las coman tus hijos y los hijos de las otras madres, que con ellas calmarán su hambre y apagarán su sed. Tu humildad y tu arrepentimiento han hecho posible este milagro que Inti realiza para ti.
Cuando Urpila despertó creyó morir, tal era su decepción. El aspecto de la tierra en nada había variado y la visión había desaparecido.
Se convenció de que su sueño había sido sólo eso: un sueño.
Pero, recapacitando, volvieron a su mente las palabras de la Pachamama y recordó al “Árbol”. Levantó entonces sus ojos hacia las ramas que parecían secas, y tal como la diosa lo anunciara, las vainas doradas se ofrecían a su desesperación como una esperanza de vida.
Cambió en un instante su estado de ánimo dándole fuerzas extraordinarias.
Se levantó ansiosa y cortó los frutos generosos hasta que entre sus brazos no cupieron más.
Entonces corrió al pueblo, hizo conocer la nueva y todos se lanzaron a buscar las milagrosas vainas color castaño, mientras ella repartía entre sus hijos el tesoro que encerraban sus brazos de madre y que le había concedido la Pachamama...
El pueblo volvió a la vida y veneró desde entonces al “Árbol Sagrado” que fue su salvación y que, a partir de ese día, les brindan pan y bebida que ellos reciben como un don.
Ese árbol venerado es el algarrobo, que tiene la virtud, además de las nombradas, de ser, en tiempos de grandes sequías, el único alimento de los animales.
REFERENCIAS
La algarroba es el fruto del algarrobo, del que se conocen dos clases: el blanco y el negro.
Ambos son árboles, pertenecientes a la familia de las leguminosas. El nombre científico del algarrobo blanco es: “Prosopis alba”.
Es este un árbol que proporciona grata y hermosa sombra, merced a su copa en forma de sombrilla, cubierta de espeso follaje. El tronco es grueso y rugoso. Las hojas, caducas, son compuestas, formadas por gran número de hojuelas de color verde oscuro.
Las flores que cubren el árbol en primavera son pequeñas, amarillentas y se dan en espigas tupidas. Contrariamente a lo que sucede en la generalidad de las plantas, en el algarrobo la parte más vistosa de la flor no es la corola, sino los estambres. El fruto es una legumbre de color claro. Cuando maduran las semillas que contiene, se torna más o menos carnoso, de agradable sabor y muy comestible.
Molido, se transforma en una harina con la que se fabrica el patay, que es un pan o torta de alto valor alimenticio por contener albúmina y gran cantidad de azúcar, provenientes de la algarroba. Dejando fermentar la algarroba pisada, mezclada con cierta cantidad de agua, se hace una bebida alcohólica llamada aloja. Este fruto constituye uno de los principales alimentos de los naturales que habitan la región donde crece el algarrobo.
Como la producción de algarroba es muy abundante, se recogen las vainas en gran cantidad y se conservan durante mucho tiempo, recurriendo a esta reserva en la época en que escasean los alimentos. Para el ganado, es nutritivo y muy eficaz.
Otra de las grandes utilidades del algarrobo reside en su madera dura, que se emplea en carpintería, en ebanistería —sobre todo en trabajos de torno—, en construcciones, para la fabricación de adoquines, etc..... Se la emplea como leña y para la fabricación del carbón de leña.
Existe, además del algarrobo blanco, como hemos dicho, el algarrobo negro, cuyas características son similares al que acabamos de describir, con la diferencia que el fruto maduro es una vaina negra.
Crecen ambas especies en nuestro país, en las provincias de Córdoba, San Luis, La Rioja, Catamarca, Tucumán, Salta, Entre Ríos, Chaco y en la provincia de Formosa.
El algarrobo, planta que brindó a los primitivos habitantes de nuestro suelo, tanta y variada utilidad y sobre todo, completa alimentación, fue conocido en algunas regiones simplemente con el nombre de: “EL ÁRBOL” y se lo consideró árbol sagrado.
Los quichuas lo conocían con el nombre de TACU; los guaraníes lo llaman IVOPÉ y al algarrobo blanco: “IVOPÉ MOROTÍ”.
"La Azucena del bosque"
Hace muchos, muchos años, había una región de la tierra donde el hombre aún no había llegado. Cierta vez pasó por allí I-Yará (dueño de las aguas) uno de los principales ayudantes de Tupá (dios bueno). Se sorprendió mucho al ver despoblado un lugar tan hermoso, y decidió llevar a Tupá un trozo de tierra de ese lugar. Con ella, amasándola y dándole forma humana, el dios bueno creó dos hombres destinados a poblar la región.
Como uno fuera blanco, lo llamó Morotí, y al otro Pitá, pues era de color rojizo.
Estos hombres necesitaban esposas para formar sus familias, y Tupá encargó a I-Yará que amasase dos mujeres.
Así lo hizo el Dueño de las aguas y al poco tiempo, felices y contentas, vivían las dos parejas en el bosque, gozando de las bellezas del lugar, alimentándose de raíces y de frutas y dando hijos que aumentaban la población de ese sitio, amándose todos y ayudándose unos a otros.
En esta forma hubieran continuado siempre, si un hecho casual no hubiese cambiado su modo de vivir.
Un día que se encontraba Pitá cortando frutos de tacú (algarrobo) apareció junto a una roca un animal que parecía querer atacarlo. Para defenderse, Pitá tomó una gran piedra y se la arrojó con fuerza, pero en lugar de alcanzarlo, la piedra dio contra la roca, y al chocar saltaron algunas chispas.
Este era un fenómeno desconocido hasta entonces y Pitá, al notar el hermoso efecto producido por el choque de las dos piedras volvió a repetir una y muchas veces la operación, hasta convencerse de que siempre se producían las mismas vistosas luces. En esta forma descubrió el fuego.
Cierta vez, Moroti para defenderse, tuvo que dar muerte a un pecarí (cerdo salvaje - jabalí) y como no acostumbraban comer carne, no supo qué hacer con él.
Al ver que Pitá había encendido un hermoso fuego, se le ocurrió arrojar en él al animal muerto. Al rato se desprendió de la carne un olor que a Morotí le pareció apetitoso, y la probó. No se había equivocado: el gusto era tan agradable como el olor. La dio a probar a Pitá, a las mujeres de ambos, y a todos les resultó muy sabrosa.
Desde ese día desdeñaron las raíces y las frutas a las qué habían sido tan afectos hasta entonces, y se dedicaron a cazar animales para comer.
La fuerza y la destreza de algunos de ellos, los obligaron a aguzar su inteligencia y se ingeniaron en la construcción de armas que les sirvieron para vencer a esos animales y para defenderse de los ataques de los otros. En esa forma inventaron el arco, la flecha y la lanza. Entre las dos familias nació una rivalidad que nadie hubiera creído posible hasta entonces: la cantidad de animales cazados, la mayor destreza demostrada en el manejo de las armas, la mejor puntería... todo fue motivo de envidia y discusión entre los hermanos.
Tan grande fue el rencor, tanto el odio que llegaron a sentir unos contra otros, que decidieron separarse, y Morotí, con su familia, se alejó del hermoso lugar donde vivieran unidos los hermanos, hasta que la codicia, mala consejera, se encargó de separarlos. Y eligió para vivir el otro extremo del bosque, donde ni siquiera llegaran noticias de Pitá y de su familia.
Tupá decidió entonces castigarlos. El los había creado hermanos para que, como tales, vivieran amándose y gozando de tranquilidad y bienestar; pero ellos no habían sabido corresponder a favor tan grande y debían sufrir las consecuencias.
El castigo serviría de ejemplo para todos los que en adelante olvidaran que Tupá los había puesto en el mundo para vivir en paz y para amarse los unos a los otros.
El día siguiente al de la separación amaneció tormentoso. Nubes negras se recortaban entre los árboles y el trueno hacía estremecer de rato en rato con su sordo rezongo. Los relámpagos cruzaban el cielo como víboras de fuego. Llovió copiosamente durante varios días. Todos vieron en esto un mal presagio.
Después de tres días vividos en continuo espanto, la tormenta pasó.
Cuando hubo aclarado, vieron bajar de un tacú (algarrobo) del bosque, un enano de enorme cabeza y larga barba blanca.
Era I-Yará que había tomado esa forma para cumplir un mandato d e Tupá.
Llamó a todas las tribus de las cercanías y las reunió en un claro del bosque. Allí les habló de esta manera:
Tupá, nuestro creador y amo, me envía. La cólera se ha apoderado de él al conocer la ingratitud de vosotros, hombres. Él los creó hermanos para que la paz y el amor guiaran vuestras vidas... pero la codicia pudo más que vuestros buenos sentimientos y os dejasteis llevar por la intriga y la envidia. Tupá me manda para que hagáis la paz entre vosotros: iPitá! iMoroti! ¡Abrazaos, Tupá lo manda!
Arrepentidos y avergonzados, los dos hermanos se confundieron en un abrazo, y tos que presenciaban la escena vieron que, poco a poco, iban perdiendo sus formas humanas y cada vez más unidos, se convertían en un tallo que crecía y crecía ...
Este tallo se convirtió en una planta que dio hermosas azucenas moradas. A medida que el tiempo transcurría, las flores iban perdiendo su color, aclarándose hasta llegar a ser blancas por completo. Eran Pitá (rojo) y Morotí (blanco) que, convertidos en flores, simbolizaban la unión y la paz entre los hermanos.
Ese arbusto, creado por Tupá para recordar a los hombres que deben vivir unidos por el amor fraternal, es la "AZUCENA DEL BOSQUE".
Como uno fuera blanco, lo llamó Morotí, y al otro Pitá, pues era de color rojizo.
Estos hombres necesitaban esposas para formar sus familias, y Tupá encargó a I-Yará que amasase dos mujeres.
Así lo hizo el Dueño de las aguas y al poco tiempo, felices y contentas, vivían las dos parejas en el bosque, gozando de las bellezas del lugar, alimentándose de raíces y de frutas y dando hijos que aumentaban la población de ese sitio, amándose todos y ayudándose unos a otros.
En esta forma hubieran continuado siempre, si un hecho casual no hubiese cambiado su modo de vivir.
Un día que se encontraba Pitá cortando frutos de tacú (algarrobo) apareció junto a una roca un animal que parecía querer atacarlo. Para defenderse, Pitá tomó una gran piedra y se la arrojó con fuerza, pero en lugar de alcanzarlo, la piedra dio contra la roca, y al chocar saltaron algunas chispas.
Este era un fenómeno desconocido hasta entonces y Pitá, al notar el hermoso efecto producido por el choque de las dos piedras volvió a repetir una y muchas veces la operación, hasta convencerse de que siempre se producían las mismas vistosas luces. En esta forma descubrió el fuego.
Cierta vez, Moroti para defenderse, tuvo que dar muerte a un pecarí (cerdo salvaje - jabalí) y como no acostumbraban comer carne, no supo qué hacer con él.
Al ver que Pitá había encendido un hermoso fuego, se le ocurrió arrojar en él al animal muerto. Al rato se desprendió de la carne un olor que a Morotí le pareció apetitoso, y la probó. No se había equivocado: el gusto era tan agradable como el olor. La dio a probar a Pitá, a las mujeres de ambos, y a todos les resultó muy sabrosa.
Desde ese día desdeñaron las raíces y las frutas a las qué habían sido tan afectos hasta entonces, y se dedicaron a cazar animales para comer.
La fuerza y la destreza de algunos de ellos, los obligaron a aguzar su inteligencia y se ingeniaron en la construcción de armas que les sirvieron para vencer a esos animales y para defenderse de los ataques de los otros. En esa forma inventaron el arco, la flecha y la lanza. Entre las dos familias nació una rivalidad que nadie hubiera creído posible hasta entonces: la cantidad de animales cazados, la mayor destreza demostrada en el manejo de las armas, la mejor puntería... todo fue motivo de envidia y discusión entre los hermanos.
Tan grande fue el rencor, tanto el odio que llegaron a sentir unos contra otros, que decidieron separarse, y Morotí, con su familia, se alejó del hermoso lugar donde vivieran unidos los hermanos, hasta que la codicia, mala consejera, se encargó de separarlos. Y eligió para vivir el otro extremo del bosque, donde ni siquiera llegaran noticias de Pitá y de su familia.
Tupá decidió entonces castigarlos. El los había creado hermanos para que, como tales, vivieran amándose y gozando de tranquilidad y bienestar; pero ellos no habían sabido corresponder a favor tan grande y debían sufrir las consecuencias.
El castigo serviría de ejemplo para todos los que en adelante olvidaran que Tupá los había puesto en el mundo para vivir en paz y para amarse los unos a los otros.
El día siguiente al de la separación amaneció tormentoso. Nubes negras se recortaban entre los árboles y el trueno hacía estremecer de rato en rato con su sordo rezongo. Los relámpagos cruzaban el cielo como víboras de fuego. Llovió copiosamente durante varios días. Todos vieron en esto un mal presagio.
Después de tres días vividos en continuo espanto, la tormenta pasó.
Cuando hubo aclarado, vieron bajar de un tacú (algarrobo) del bosque, un enano de enorme cabeza y larga barba blanca.
Era I-Yará que había tomado esa forma para cumplir un mandato d e Tupá.
Llamó a todas las tribus de las cercanías y las reunió en un claro del bosque. Allí les habló de esta manera:
Tupá, nuestro creador y amo, me envía. La cólera se ha apoderado de él al conocer la ingratitud de vosotros, hombres. Él los creó hermanos para que la paz y el amor guiaran vuestras vidas... pero la codicia pudo más que vuestros buenos sentimientos y os dejasteis llevar por la intriga y la envidia. Tupá me manda para que hagáis la paz entre vosotros: iPitá! iMoroti! ¡Abrazaos, Tupá lo manda!
Arrepentidos y avergonzados, los dos hermanos se confundieron en un abrazo, y tos que presenciaban la escena vieron que, poco a poco, iban perdiendo sus formas humanas y cada vez más unidos, se convertían en un tallo que crecía y crecía ...
Este tallo se convirtió en una planta que dio hermosas azucenas moradas. A medida que el tiempo transcurría, las flores iban perdiendo su color, aclarándose hasta llegar a ser blancas por completo. Eran Pitá (rojo) y Morotí (blanco) que, convertidos en flores, simbolizaban la unión y la paz entre los hermanos.
Ese arbusto, creado por Tupá para recordar a los hombres que deben vivir unidos por el amor fraternal, es la "AZUCENA DEL BOSQUE".
miércoles, 16 de febrero de 2011
El Amor, el Individuo y la Pareja
Cuenta una vieja leyenda de los indios sioux que, una vez, hasta la tienda del viejo brujo de la tribu llegaron, tomados de la mano, Toro Bravo, el más valiente y honorable de los jóvenes guerreros, y Nube Alta, la hija del cacique y una de las más hermosas mujeres de la tribu.
- Nos amamos -empezó el joven.
- Y nos vamos a casar -dijo ella.
- Y nos queremos tanto que tenemos miedo.
- Queremos un hechizo, un conjuro, un talismán.
- Algo que nos garantice que podremos estar siempre juntos.
- Que nos asegure que estaremos uno al lado del otro hasta encontrar a Manitú el día de la muerte.
- Por favor -repitieron-, ¿hay algo que podamos hacer?
El viejo los miró y se emocionó de verlos tan jóvenes, tan enamorados, tan anhelantes esperando su palabra.
- Hay algo... -dijo el viejo después de una larga pausa-. Pero no sé... es una tarea muy difícil y sacrificada.
- No importa -dijeron los dos.
- Lo que sea -ratificó Toro Bravo.
- Bien -dijo el brujo-, Nube Alta, ¿ves el monte al norte de nuestra aldea? deberás escalarlo sola y sin más armas que una red y tus manos, y deberás cazar el halcón más hermoso y vigoroso del monte. Si lo atrapas, deberás traerlo aquí con vida el tercer día después de la luna llena. ¿Comprendiste?
La joven asintió en silencio.
- Y tú, Toro Bravo -siguió el brujo-, deberás escalar la montaña del trueno y cuando llegues a la cima, encontrar la más brava de todas las águilas y solamente con tus manos y una red deberás atraparla sin heridas y traerla ante mí, viva, el mismo día en que vendrá Nube Alta... salgan ahora.
Los jóvenes se miraron con ternura y después de una fugaz sonrisa salieron a cumplir la misión encomendada, ella hacia el norte, él hacia el sur... El día establecido, frente a la tienda del brujo, los dos jóvenes esperaban con sendas bolsas de tela que contenían las aves solicitadas.
El viejo les pidió que con mucho cuidado las sacaran de las bolsas. Los jóvenes lo hicieron y expusieron ante la aprobación del viejo los pájaros cazados. Eran verdaderamente hermosos ejemplares, sin duda lo mejor de su estirpe.
Leyenda de mi pueblo.
- Volaban alto? -preguntó el brujo.
- Sí, sin duda. Cómo lo pediste... ¿y ahora? -preguntó el joven- ¿lo mataremos y beberemos el honor de su sangre?
- No -dijo el viejo.
- Los cocinaremos y comeremos el valor en su carne -propuso la joven.
- No -repitió el viejo-. Hagan lo que les digo. Tomen las aves y atenlas entre sí por las patas con estas tiras de cuero... Cuando las hayan anudado, suéltenlas y que vuelen libres.
El guerrero y la joven hicieron lo que se les pedía y soltaron los pájaros.
El águila y el halcón intentaron levantar vuelo pero sólo consiguieron revolcarse en el piso. Unos minutos después, irritadas por la incapacidad, las aves arremetieron a picotazos entre sí hasta lastimarse.
- Este es el conjuro. Jamás olviden lo que han visto. Son ustedes como un águila y un halcón; si se atan el uno al otro, aunque lo hagan por amor, no sólo vivirán arrastrándose, sino que además, tarde o temprano, empezarán a lastimarse uno al otro. Si quieren que el amor entre ustedes perdure, "vuelen juntos pero jamás atados".
- Nos amamos -empezó el joven.
- Y nos vamos a casar -dijo ella.
- Y nos queremos tanto que tenemos miedo.
- Queremos un hechizo, un conjuro, un talismán.
- Algo que nos garantice que podremos estar siempre juntos.
- Que nos asegure que estaremos uno al lado del otro hasta encontrar a Manitú el día de la muerte.
- Por favor -repitieron-, ¿hay algo que podamos hacer?
El viejo los miró y se emocionó de verlos tan jóvenes, tan enamorados, tan anhelantes esperando su palabra.
- Hay algo... -dijo el viejo después de una larga pausa-. Pero no sé... es una tarea muy difícil y sacrificada.
- No importa -dijeron los dos.
- Lo que sea -ratificó Toro Bravo.
- Bien -dijo el brujo-, Nube Alta, ¿ves el monte al norte de nuestra aldea? deberás escalarlo sola y sin más armas que una red y tus manos, y deberás cazar el halcón más hermoso y vigoroso del monte. Si lo atrapas, deberás traerlo aquí con vida el tercer día después de la luna llena. ¿Comprendiste?
La joven asintió en silencio.
- Y tú, Toro Bravo -siguió el brujo-, deberás escalar la montaña del trueno y cuando llegues a la cima, encontrar la más brava de todas las águilas y solamente con tus manos y una red deberás atraparla sin heridas y traerla ante mí, viva, el mismo día en que vendrá Nube Alta... salgan ahora.
Los jóvenes se miraron con ternura y después de una fugaz sonrisa salieron a cumplir la misión encomendada, ella hacia el norte, él hacia el sur... El día establecido, frente a la tienda del brujo, los dos jóvenes esperaban con sendas bolsas de tela que contenían las aves solicitadas.
El viejo les pidió que con mucho cuidado las sacaran de las bolsas. Los jóvenes lo hicieron y expusieron ante la aprobación del viejo los pájaros cazados. Eran verdaderamente hermosos ejemplares, sin duda lo mejor de su estirpe.
Leyenda de mi pueblo.
- Volaban alto? -preguntó el brujo.
- Sí, sin duda. Cómo lo pediste... ¿y ahora? -preguntó el joven- ¿lo mataremos y beberemos el honor de su sangre?
- No -dijo el viejo.
- Los cocinaremos y comeremos el valor en su carne -propuso la joven.
- No -repitió el viejo-. Hagan lo que les digo. Tomen las aves y atenlas entre sí por las patas con estas tiras de cuero... Cuando las hayan anudado, suéltenlas y que vuelen libres.
El guerrero y la joven hicieron lo que se les pedía y soltaron los pájaros.
El águila y el halcón intentaron levantar vuelo pero sólo consiguieron revolcarse en el piso. Unos minutos después, irritadas por la incapacidad, las aves arremetieron a picotazos entre sí hasta lastimarse.
- Este es el conjuro. Jamás olviden lo que han visto. Son ustedes como un águila y un halcón; si se atan el uno al otro, aunque lo hagan por amor, no sólo vivirán arrastrándose, sino que además, tarde o temprano, empezarán a lastimarse uno al otro. Si quieren que el amor entre ustedes perdure, "vuelen juntos pero jamás atados".
Sara Jennifer
Esta historia pasó hace muchos años en un lugar alejado de la ciudad, en un pueblo de Nueva Jersey (EEUU)... No se sabe si lo que pasó fue verdad o si es sólo una leyenda; pero los inquilinos que ahora viven en la casa donde ocurrió la desgracia dicen que a veces por las noches oyen los gritos de una chica y los llantos de otra chica, de voz parecida a la de la primera, pero más bonita y clara, como si fueran las voces de dos hermanas adolescentes.Bueno; el caso es que, hace 40 ó 50 años atrás, en una casa grande de un pueblo de Nueva Jersey, vivía un feliz matrimonio con dos hijas de la misma edad, Sarah y Jeniffer, unas adolescentes de 16 y 17 años (Jeniffer era la mayor).
Era una familia que lo tenía todo; amor, bastante dinero... los padres creían que eran la familia perfecta, pero ignoraban algo respecto a sus hijas: el gran odio que Sarah sentía hacia Jeniffer. Le tenía una gran envidia a su hermana; ya que era más guapa, más alta, tenía más suerte con los chicos, era admirada por todos, tenía una voz más bonita, era la más popular, era la mayor de ellas dos... pero había algo que Sarah envidiaba muchísimo a Jeniffer, mucho más que cualquier otra cosa: sus ojos. Jeniffer no era vanidosa ni soberbia, pero no podía evitar decir que sus ojos eran su mayor orgullo, estaba orgullosísima de ellos, no paraba de alucinar con sus ojos, y es que eran perfectos: de un azul claro precioso, brillantes... y todos la admiraban por eso, todo el mundo le comentaba que tenía unos ojos preciosos.
El caso es que una tarde Sarah se quedó pensando en su cuarto sobre cómo podría destruir a su hermana Jeniffer, ya que la odiaba mucho, y se le ocurrió una idea bastante cruel y sanguinaria, aunque no era raro porque Sarah estaba volviéndose loca y enferma mental. Su principal objetivo era hacer que los ojos de Jeniffer dejaran de molestarla con su belleza, y que de paso Jeniffer dejara de ser la mejor en todo. Mientras Sarah se quedó en la casa preparando y materializando su plan, Jeniffer estaba dando una vuelta con las amigas por la ciudad, y los padres se habían ido al cine y al teatro, así que fue la ocasión perfecta para trazar su plan sin que nadie la viera.
Pasaron las horas, pasaron y pasaron, y se hizo de noche. Eran las 10:00. Jeniffer estaba yendo hacia su casa. Venía muy contenta y sonriente. Entró muy rápido en su casa sin mirar a su alrededor. Fue a su cuarto y se encontró con su cuadro de comunión roto y tirado en el suelo. Después empezó a recibir unas llamadas. Era alguien amenazándola con arrancarle los ojos y con destripar a su club de fans. La voz le resultaba conocida. Jeniffer se estaba asustando muchísimo, y también oía gritos fuera de la casa. Era Sarah, que lo hacía para asustarla más.
Diez minutos después, Jeniffer salió de la casa, y, nada más salir, se detuvo. Su boca se secó. Su corazón se paró. Se quedó de piedra con lo que vió. Lo que había visto era tan enormemente horrrible, tan orroroso, que se arrancó los ojos para no ver más. Era su propia hermana ahorcada de un árbol con tres puñaladas en el vientre y mirándola directamente a los ojos. Las ideas de la desquiciada Sarah habían quedado muy claras, y su venganza se había cumplido. Estuvo dispuesta a morir a cambio de que Jeniffer perdiera su felicidad, y, sobre todo, su mayor tesoro: sus ojos.
Era una familia que lo tenía todo; amor, bastante dinero... los padres creían que eran la familia perfecta, pero ignoraban algo respecto a sus hijas: el gran odio que Sarah sentía hacia Jeniffer. Le tenía una gran envidia a su hermana; ya que era más guapa, más alta, tenía más suerte con los chicos, era admirada por todos, tenía una voz más bonita, era la más popular, era la mayor de ellas dos... pero había algo que Sarah envidiaba muchísimo a Jeniffer, mucho más que cualquier otra cosa: sus ojos. Jeniffer no era vanidosa ni soberbia, pero no podía evitar decir que sus ojos eran su mayor orgullo, estaba orgullosísima de ellos, no paraba de alucinar con sus ojos, y es que eran perfectos: de un azul claro precioso, brillantes... y todos la admiraban por eso, todo el mundo le comentaba que tenía unos ojos preciosos.
El caso es que una tarde Sarah se quedó pensando en su cuarto sobre cómo podría destruir a su hermana Jeniffer, ya que la odiaba mucho, y se le ocurrió una idea bastante cruel y sanguinaria, aunque no era raro porque Sarah estaba volviéndose loca y enferma mental. Su principal objetivo era hacer que los ojos de Jeniffer dejaran de molestarla con su belleza, y que de paso Jeniffer dejara de ser la mejor en todo. Mientras Sarah se quedó en la casa preparando y materializando su plan, Jeniffer estaba dando una vuelta con las amigas por la ciudad, y los padres se habían ido al cine y al teatro, así que fue la ocasión perfecta para trazar su plan sin que nadie la viera.
Pasaron las horas, pasaron y pasaron, y se hizo de noche. Eran las 10:00. Jeniffer estaba yendo hacia su casa. Venía muy contenta y sonriente. Entró muy rápido en su casa sin mirar a su alrededor. Fue a su cuarto y se encontró con su cuadro de comunión roto y tirado en el suelo. Después empezó a recibir unas llamadas. Era alguien amenazándola con arrancarle los ojos y con destripar a su club de fans. La voz le resultaba conocida. Jeniffer se estaba asustando muchísimo, y también oía gritos fuera de la casa. Era Sarah, que lo hacía para asustarla más.
Diez minutos después, Jeniffer salió de la casa, y, nada más salir, se detuvo. Su boca se secó. Su corazón se paró. Se quedó de piedra con lo que vió. Lo que había visto era tan enormemente horrrible, tan orroroso, que se arrancó los ojos para no ver más. Era su propia hermana ahorcada de un árbol con tres puñaladas en el vientre y mirándola directamente a los ojos. Las ideas de la desquiciada Sarah habían quedado muy claras, y su venganza se había cumplido. Estuvo dispuesta a morir a cambio de que Jeniffer perdiera su felicidad, y, sobre todo, su mayor tesoro: sus ojos.
EL ÁNGEL DE LOS NIÑOS
Cuenta una leyenda que a un angelito que estaba en el cielo, le tocó su turno de nacer como niño y le dijo un día a Dios:
- Me dicen que me vas a enviar mañana a la tierra. ¿Pero, cómo vivir? tan pequeño e indefenso como soy.
- Entre muchos ángeles escogí uno para ti, que te está esperando y que te cuidará.
- Pero dime, aquí en el cielo no hago más que cantar y sonreír, eso basta para ser feliz.
- Tu ángel te cantará, te sonreirá todos los días y tú sentirás su amor y serás feliz.
- ¿Y cómo entender lo que la gente me hable, si no conozco el extraño idioma que hablan los hombres?
- Tu ángel te dirá las palabras más dulces y más tiernas que puedas escuchar y con mucha paciencia y con cariño te enseñará a hablar.
- ¿Y qué haré cuando quiera hablar contigo?
- Tu ángel te juntará las manitas te enseñará a orar y podrás hablarme.
- He oído que en la tierra hay hombres malos. ¿Quién me defenderá?
- Tu ángel te defenderá más aún a costa de su propia vida.
- Pero estaré siempre triste porque no te veré más Señor.
- Tu ángel te hablará siempre de mí y te enseñará el camino para que regreses a mi presencia, aunque yo siempre estaré a tu lado.
En ese instante, una gran paz reinaba en el cielo pero ya se oían voces terrestres, y el niño presuroso repetía con lágrimas en sus ojitos sollozando...
-¡Dios mío, si ya me voy dime su nombre!. ¿Cómo se llama mi ángel?
- Su nombre no importa, tu le dirás: mamá
- Me dicen que me vas a enviar mañana a la tierra. ¿Pero, cómo vivir? tan pequeño e indefenso como soy.
- Entre muchos ángeles escogí uno para ti, que te está esperando y que te cuidará.
- Pero dime, aquí en el cielo no hago más que cantar y sonreír, eso basta para ser feliz.
- Tu ángel te cantará, te sonreirá todos los días y tú sentirás su amor y serás feliz.
- ¿Y cómo entender lo que la gente me hable, si no conozco el extraño idioma que hablan los hombres?
- Tu ángel te dirá las palabras más dulces y más tiernas que puedas escuchar y con mucha paciencia y con cariño te enseñará a hablar.
- ¿Y qué haré cuando quiera hablar contigo?
- Tu ángel te juntará las manitas te enseñará a orar y podrás hablarme.
- He oído que en la tierra hay hombres malos. ¿Quién me defenderá?
- Tu ángel te defenderá más aún a costa de su propia vida.
- Pero estaré siempre triste porque no te veré más Señor.
- Tu ángel te hablará siempre de mí y te enseñará el camino para que regreses a mi presencia, aunque yo siempre estaré a tu lado.
En ese instante, una gran paz reinaba en el cielo pero ya se oían voces terrestres, y el niño presuroso repetía con lágrimas en sus ojitos sollozando...
-¡Dios mío, si ya me voy dime su nombre!. ¿Cómo se llama mi ángel?
- Su nombre no importa, tu le dirás: mamá
Un corazón
Hace muchos anos,en la lejana China,vivía un dragon de jade.No era un dragon común ni corriente...no dormía sobre tesoros y joyas, como el resto de los dragones.
Dicho dragon habitaba en una cueva de cristal color arco iris.Cuando estaba alegre volteaba su cabeza y dirigía su mirada hacia un determinado color del prisma de su ventana favorita.Cuando estaba triste giraba suavemente su cuerpo y dejaba su cola de saeta de diamantes y pensaba...solo pensaba en su tristeza.
Cierto día el dragon decidió cruzar las montanas y los ríos de la China,en busca de un Corazón de Jade.
Pues que ironía del destino....ser de Jade y no poseer un corazón.
Emprendió el vuelo y viajo lejano y lozano entre nubes y corrientes.Tomo rumbo hacia el Este,en busca del Sol Naciente.
Voló y voló...cruzo el gran océano de aguas azules y profundas.En su viaje compartio secretos con gaviotas que cruzaron su camino.Ilumino con sus destellos la ruta perdida de marinos y llego al corazón de África.
Exhausto y cansado,decidió tomar un breve descanso.Ardiente su pecho,fuego en su cola y desdicha en su alma por no encontrar lo que tanto buscaba.
Durmió tranquilo y apacible con la arena del desierto.Bocanadas de fuego,salían de sus fuaces y sin quererlo la arena fue tomando cierta forma producto a la elevada temperatura.
Al despertar,cuan grande fue su asombro.Ahí,delante de sus ojos,un Gran Corazón de Jade,se mostraba brillante,radiante y tallado.
Con jubilo el Dragon tomo entre sus garras el tesoro.Se hizo una incisión en su pecho y coloco debajo de su coraza(en la parte mas frágil de su cuerpo),el gran tesoro,que tanto anhelo.
Ya feliz...tomo rumbo hacia el norte...muy al norte.Necesitaba la frialdad del polo...necesitaba apaciguar sus llamas.
Cuenta la leyenda que al llegar quedo petrificado entre los hielos.Aun vive entre los hielos esperando su rescate.El rescate que alguien deberá pagar....pagar con el AMOR....para dejar libre un Corazón de Jade y un dragon...un dragon que solo quiere regresar a su caverna de cristal.
leyenda china.
Dicho dragon habitaba en una cueva de cristal color arco iris.Cuando estaba alegre volteaba su cabeza y dirigía su mirada hacia un determinado color del prisma de su ventana favorita.Cuando estaba triste giraba suavemente su cuerpo y dejaba su cola de saeta de diamantes y pensaba...solo pensaba en su tristeza.
Cierto día el dragon decidió cruzar las montanas y los ríos de la China,en busca de un Corazón de Jade.
Pues que ironía del destino....ser de Jade y no poseer un corazón.
Emprendió el vuelo y viajo lejano y lozano entre nubes y corrientes.Tomo rumbo hacia el Este,en busca del Sol Naciente.
Voló y voló...cruzo el gran océano de aguas azules y profundas.En su viaje compartio secretos con gaviotas que cruzaron su camino.Ilumino con sus destellos la ruta perdida de marinos y llego al corazón de África.
Exhausto y cansado,decidió tomar un breve descanso.Ardiente su pecho,fuego en su cola y desdicha en su alma por no encontrar lo que tanto buscaba.
Durmió tranquilo y apacible con la arena del desierto.Bocanadas de fuego,salían de sus fuaces y sin quererlo la arena fue tomando cierta forma producto a la elevada temperatura.
Al despertar,cuan grande fue su asombro.Ahí,delante de sus ojos,un Gran Corazón de Jade,se mostraba brillante,radiante y tallado.
Con jubilo el Dragon tomo entre sus garras el tesoro.Se hizo una incisión en su pecho y coloco debajo de su coraza(en la parte mas frágil de su cuerpo),el gran tesoro,que tanto anhelo.
Ya feliz...tomo rumbo hacia el norte...muy al norte.Necesitaba la frialdad del polo...necesitaba apaciguar sus llamas.
Cuenta la leyenda que al llegar quedo petrificado entre los hielos.Aun vive entre los hielos esperando su rescate.El rescate que alguien deberá pagar....pagar con el AMOR....para dejar libre un Corazón de Jade y un dragon...un dragon que solo quiere regresar a su caverna de cristal.
leyenda china.
El pájaro de las alas de jade.
El quetzal cantaba, antes de la llegada de los conquistadores. Y solía hacerlo de tal forma que sus trinos cautivaban a todos. Luego calló.
Cuando todavía no existían pobladores en el mundo y reinaba el silencio. Los dioses y sus hijos se reunieron para formar el universo. Luego de una larga discusión de cómo harían esto, decidieron que apareciera la superficie de la tierra y retiraron las aguas.
Formaron los valles, las costas y los montes. Crearon a los animales de diferentes tipos para que vivieran allí. Y muy felices ante su obra, los dioses descansaron.
Pero Kuk (el del rostro de neblina y cabellera negra) deseaba bajar a convivir con las criaturas que crearon. Primero pidió permiso a Cabgil (corazón del cielo), pero éste le negó su deseo.
Kuk insistió, pues no entendía como si ellos, los dioses, habían creado a esos seres, él no podía vivir con ellos. Cabgil llamó a los otros dioses que integraban el consejo supremo.
Y allí estaban, Gukumatz (el poder del cielo), Tzakol (el que construye), Bitol (el que forma), Tepeu (el que domina), Alom (el que procrea) y Cajolom (el que engendra). Todos ellos rechazaron nuevamente la súplica del pequeño Kuk. Pero Ixcumané e Ipiyacoc abuelos de Chirakán (el sol) decidieron que el joven bajara a la tierra.
Así Kuk cubierto de piedras preciosas bajó a la tierra. Era sin duda la criatura más bella. Al verlo pasar las aves y las fieras quedaban asombradas por tanta belleza.
Por las noches cuando el joven dios se bañaba en el río, el esplendor de su piel deslumbraba a las fieras, porque las esmeraldas y el jade mezclados con el resplandor del agua lograban que Kuk brillara como el mismo sol. Y eso lo hacía muy feliz, todos lo admiraban.
Con el tiempo la soberbia se apoderó de Kuk, quien pasaba más tiempo admirándose en cualquier reflejo de agua. Y se olvidó de las demás criaturas.
Los dioses al observarlo se preocuparon y decidieron que Kuk regresara al Gug (Manto Verde, mansión del cielo), para crear otros seres que poblaran la tierra. Y éstos serían hechos de madera y maíz.
El joven dios se puso furioso, porque no quería que nadie más habitara la tierra, y pensaba que ningún ser creado de madera podía igualar su belleza.
Desafío a los dioses, la soberbia que poseía era tal que olvidó la advertencia de Xocoteoguah quien le sacaría los ojos; Camalotz, le cortaría la cabeza; Tucumbalam, trituraría sus huesos y Cotzbalam lo devoraría.
Pero Kuk no tenía miedo y eso enfureció más a los dioses. Así decidieron que los abuelos Ixpiyacoc e Ixcumané, fueran enviados para mediar. Cuando los abuelos bajaron, el joven dios se escondió.
Tucumbalam lo vio desde el cielo y les dijo a los viejos dioses dónde estaba Kuk. Pero ni las súplicas de Ixpiyacoc y las lágrimas de Ixcumané lograron convencer al engreído muchacho. Así que los dioses decidieron darle un castigo ejemplar.
Fue transformado en quetzal
Por la noche fue transformado. Y al día siguiente los animales quedaron sorprendidos al ver una especie nueva de pájaro. El quetzal
Era un ave de hermoso plumaje color verde jade, de grandes alas, cola de plumas largas y la cabeza coronada por un resplandeciente penacho verde, que gallardamente estaba postrado en las ramas de un árbol.
Cuando vieron los ojos expresivos del ave, las demás criaturas supieron de quién se trataba. ¡Era Kuk, el hijo de los dioses! que había sido transformado para embellecer los bosques, las selvas y las montañas de México y de Centroamérica.
El penacho de Moctezuma
Cuenta la leyenda que antes de la llegada de los españoles, Moctezuma reinaba sobre el Anáhuac. Cuauhtémoc, era un telpochtli cuyo trabajo era ser el visitador oficial del emperador.
Un día Cuauhtémoc regresaba de la ciudad de Yahualichan, cuando vio en la selva a un hermoso pájaro de bello plumaje, era un quetzal.
Le gustó tanto que la quería para él, ordenó a sus hombres que lo atraparan. Sin embargo el ave era muy desconfiada y no se dejó cazar. Losguerreros aztecas pasaron varios días con sus noches persiguiendo al quetzal por la selva sin poder alcanzarlo.
Los totonacas les ayudaron
Al enterarse de eso los totonacas de Yahualichan, fueron con los aztecas y les dijeron cómo atraparlo. Los totonacas sabían cómo hacerlo porque entre los productos que entregaban a Moctezuma como dote cada ochenta días estaban las plumas de quetzal.
Les dijeron que uno de ellos se tenía que esconder en un árbol y con una cerbatana le lanzara una bolita de lodo, los aztecas lo hicieron y una vez que atraparon al ave, la encerraron en una jaula muy grande.
Cuauhtémoc entró a Tenochtitlan llevando al quetzal como la mayor riqueza de aquel viaje.
A Moctezuma le gustó mucho ese obsequio y lo agregó al gran zoológico que tenía en su palacio, donde había todo tipo de animales de las tierras conocidas por los aztecas, vivían entre estanques y jardines. El quetzal era el animal más bello de todos.
Pasaron unos días y el quetzal se entristeció tanto que al poco tiempo amaneció muerto. Fue cuando los aztecas se dieron cuenta que no podía vivir fuera de su ambiente y sin libertad.
El emperador Moctezuma también entristeció mucho, y para honrar a la bella ave hizo que le crearan un penacho, un penacho que fuera grande y hermoso y que en él utilizaran las plumas de su quetzal.
También le incrustaron joyas preciosas y oro para que todo aquel que mirara ese penacho recordara al quetzal. Y los dejaran en libertad para que siguieran embelleciendo a su pueblo.
Como muchas cosas que se cuentan, no sabemos si sucedió en verdad o no. Lo que sí sabemos es que hasta ahora el penacho de Moctezuma es una joya histórica.
Y aunque hay quetzales en varios zoológicos, nunca han tenido crías. El quetzal es un animal que ama la libertad y, sobre todo, el bosque de niebla, que es su casa. Es una especie que está en peligro de extinción.
Leyenda del pueblo mexicano
Cuando todavía no existían pobladores en el mundo y reinaba el silencio. Los dioses y sus hijos se reunieron para formar el universo. Luego de una larga discusión de cómo harían esto, decidieron que apareciera la superficie de la tierra y retiraron las aguas.
Formaron los valles, las costas y los montes. Crearon a los animales de diferentes tipos para que vivieran allí. Y muy felices ante su obra, los dioses descansaron.
Pero Kuk (el del rostro de neblina y cabellera negra) deseaba bajar a convivir con las criaturas que crearon. Primero pidió permiso a Cabgil (corazón del cielo), pero éste le negó su deseo.
Kuk insistió, pues no entendía como si ellos, los dioses, habían creado a esos seres, él no podía vivir con ellos. Cabgil llamó a los otros dioses que integraban el consejo supremo.
Y allí estaban, Gukumatz (el poder del cielo), Tzakol (el que construye), Bitol (el que forma), Tepeu (el que domina), Alom (el que procrea) y Cajolom (el que engendra). Todos ellos rechazaron nuevamente la súplica del pequeño Kuk. Pero Ixcumané e Ipiyacoc abuelos de Chirakán (el sol) decidieron que el joven bajara a la tierra.
Así Kuk cubierto de piedras preciosas bajó a la tierra. Era sin duda la criatura más bella. Al verlo pasar las aves y las fieras quedaban asombradas por tanta belleza.
Por las noches cuando el joven dios se bañaba en el río, el esplendor de su piel deslumbraba a las fieras, porque las esmeraldas y el jade mezclados con el resplandor del agua lograban que Kuk brillara como el mismo sol. Y eso lo hacía muy feliz, todos lo admiraban.
Con el tiempo la soberbia se apoderó de Kuk, quien pasaba más tiempo admirándose en cualquier reflejo de agua. Y se olvidó de las demás criaturas.
Los dioses al observarlo se preocuparon y decidieron que Kuk regresara al Gug (Manto Verde, mansión del cielo), para crear otros seres que poblaran la tierra. Y éstos serían hechos de madera y maíz.
El joven dios se puso furioso, porque no quería que nadie más habitara la tierra, y pensaba que ningún ser creado de madera podía igualar su belleza.
Desafío a los dioses, la soberbia que poseía era tal que olvidó la advertencia de Xocoteoguah quien le sacaría los ojos; Camalotz, le cortaría la cabeza; Tucumbalam, trituraría sus huesos y Cotzbalam lo devoraría.
Pero Kuk no tenía miedo y eso enfureció más a los dioses. Así decidieron que los abuelos Ixpiyacoc e Ixcumané, fueran enviados para mediar. Cuando los abuelos bajaron, el joven dios se escondió.
Tucumbalam lo vio desde el cielo y les dijo a los viejos dioses dónde estaba Kuk. Pero ni las súplicas de Ixpiyacoc y las lágrimas de Ixcumané lograron convencer al engreído muchacho. Así que los dioses decidieron darle un castigo ejemplar.
Fue transformado en quetzal
Por la noche fue transformado. Y al día siguiente los animales quedaron sorprendidos al ver una especie nueva de pájaro. El quetzal
Era un ave de hermoso plumaje color verde jade, de grandes alas, cola de plumas largas y la cabeza coronada por un resplandeciente penacho verde, que gallardamente estaba postrado en las ramas de un árbol.
Cuando vieron los ojos expresivos del ave, las demás criaturas supieron de quién se trataba. ¡Era Kuk, el hijo de los dioses! que había sido transformado para embellecer los bosques, las selvas y las montañas de México y de Centroamérica.
El penacho de Moctezuma
Cuenta la leyenda que antes de la llegada de los españoles, Moctezuma reinaba sobre el Anáhuac. Cuauhtémoc, era un telpochtli cuyo trabajo era ser el visitador oficial del emperador.
Un día Cuauhtémoc regresaba de la ciudad de Yahualichan, cuando vio en la selva a un hermoso pájaro de bello plumaje, era un quetzal.
Le gustó tanto que la quería para él, ordenó a sus hombres que lo atraparan. Sin embargo el ave era muy desconfiada y no se dejó cazar. Losguerreros aztecas pasaron varios días con sus noches persiguiendo al quetzal por la selva sin poder alcanzarlo.
Los totonacas les ayudaron
Al enterarse de eso los totonacas de Yahualichan, fueron con los aztecas y les dijeron cómo atraparlo. Los totonacas sabían cómo hacerlo porque entre los productos que entregaban a Moctezuma como dote cada ochenta días estaban las plumas de quetzal.
Les dijeron que uno de ellos se tenía que esconder en un árbol y con una cerbatana le lanzara una bolita de lodo, los aztecas lo hicieron y una vez que atraparon al ave, la encerraron en una jaula muy grande.
Cuauhtémoc entró a Tenochtitlan llevando al quetzal como la mayor riqueza de aquel viaje.
A Moctezuma le gustó mucho ese obsequio y lo agregó al gran zoológico que tenía en su palacio, donde había todo tipo de animales de las tierras conocidas por los aztecas, vivían entre estanques y jardines. El quetzal era el animal más bello de todos.
Pasaron unos días y el quetzal se entristeció tanto que al poco tiempo amaneció muerto. Fue cuando los aztecas se dieron cuenta que no podía vivir fuera de su ambiente y sin libertad.
El emperador Moctezuma también entristeció mucho, y para honrar a la bella ave hizo que le crearan un penacho, un penacho que fuera grande y hermoso y que en él utilizaran las plumas de su quetzal.
También le incrustaron joyas preciosas y oro para que todo aquel que mirara ese penacho recordara al quetzal. Y los dejaran en libertad para que siguieran embelleciendo a su pueblo.
Como muchas cosas que se cuentan, no sabemos si sucedió en verdad o no. Lo que sí sabemos es que hasta ahora el penacho de Moctezuma es una joya histórica.
Y aunque hay quetzales en varios zoológicos, nunca han tenido crías. El quetzal es un animal que ama la libertad y, sobre todo, el bosque de niebla, que es su casa. Es una especie que está en peligro de extinción.
Leyenda del pueblo mexicano
viernes, 28 de enero de 2011
Puede?
Puede una gota hacer un mar?
Puede la sal de la vida endulzarla?
Puede un rayo de sol iluminar la más profunda tiniebla?
Puedes bailar al son de los latidos de tu corazón bajo la luz de la luna y no caer presa de su embrujo?
Puedes alzar los dedos acariciando el cielo y renunciar a tenerlo?
Se pueden tantas cosas imposibles y otras tan posibles se dibujan tan lejos, y pienso, si acaso no deberiamos abandonarnos a ser como lobos en la noche.
Corriendo desnuedos, sintiendo la fresca y verde hierba bajo nuestros pies, contra tu espalda o la mia cuando te tengo o tu me tienes a mi.
Acaso abandonarnos a deborarnos sea lo mejor. Acaso abandonarnos a soñar un sueño eterno, a vivir una vida de sueños sea lo mejor. A que mis manos recorran tu rostro y mis labios se hieran solos esperando encontrar el instante para posarse sobre los tuyos...quien sabe si acaso, todo esto no sería lo mejor.
Entre tanto, el sol volverá a brillar mañana, las rutinas seguiran en su lugar. Tan sólo, la herida de unos labios será la novedad.
Puede la sal de la vida endulzarla?
Puede un rayo de sol iluminar la más profunda tiniebla?
Puedes bailar al son de los latidos de tu corazón bajo la luz de la luna y no caer presa de su embrujo?
Puedes alzar los dedos acariciando el cielo y renunciar a tenerlo?
Se pueden tantas cosas imposibles y otras tan posibles se dibujan tan lejos, y pienso, si acaso no deberiamos abandonarnos a ser como lobos en la noche.
Corriendo desnuedos, sintiendo la fresca y verde hierba bajo nuestros pies, contra tu espalda o la mia cuando te tengo o tu me tienes a mi.
Acaso abandonarnos a deborarnos sea lo mejor. Acaso abandonarnos a soñar un sueño eterno, a vivir una vida de sueños sea lo mejor. A que mis manos recorran tu rostro y mis labios se hieran solos esperando encontrar el instante para posarse sobre los tuyos...quien sabe si acaso, todo esto no sería lo mejor.
Entre tanto, el sol volverá a brillar mañana, las rutinas seguiran en su lugar. Tan sólo, la herida de unos labios será la novedad.
jueves, 20 de enero de 2011
hotel chelsea
Te recuerdo claramente en el Chelsea Hotel,
hablabas tan segura y dulcemente
besándomela sobre una cama deshecha
mientras en la calle te esperaba la limusina.
Ésas fueron las razones y ésa fue Nueva York,
nos movíamos por el dinero y la carne
y a eso lo llamaban amor, los del oficio,
probablemente aún lo es para los que quedan.
Pero te fuiste, ¡verdad nena?
Sólo le diste la espalda a la gente y te alejaste
Ya nunca volví a oirte decir: Te necesito, no te necesito. te necesito, no te necesito.
Mientras todos te bailaban alrededor.
Te recuerdo claramente en el Hotel Chelsea.
Ya eras famosa, tu corazón era una leyenda.
Volvías a decirme que preferías hombres bien paecidos,
pero que por mí harías una excepción.
Y cerrando el puño por los que, como nosotros,
están oprimidos por los cánones de la belleza
te arreglaste un poco y dijiste: No importa, somos feos pero tenemos la música.
Pero te fuiste, ¡verdad nena?
Simplemente diste la espalda a la gente y te alejaste
Ya nunca volví a oirte decir: Te necesito, no te necesito. te necesito, no te necesito.
Coreándote todos alrededor.
Y no pretendo sugerir que yo te amara mejor
No puedo llevar la cuenta de cada pájaro que cazaste.
Te recuerdo claramente en el Hotel Chelsea.
Eso es todo, no pienso en ti muy a menudo.
Cohen.
hablabas tan segura y dulcemente
besándomela sobre una cama deshecha
mientras en la calle te esperaba la limusina.
Ésas fueron las razones y ésa fue Nueva York,
nos movíamos por el dinero y la carne
y a eso lo llamaban amor, los del oficio,
probablemente aún lo es para los que quedan.
Pero te fuiste, ¡verdad nena?
Sólo le diste la espalda a la gente y te alejaste
Ya nunca volví a oirte decir: Te necesito, no te necesito. te necesito, no te necesito.
Mientras todos te bailaban alrededor.
Te recuerdo claramente en el Hotel Chelsea.
Ya eras famosa, tu corazón era una leyenda.
Volvías a decirme que preferías hombres bien paecidos,
pero que por mí harías una excepción.
Y cerrando el puño por los que, como nosotros,
están oprimidos por los cánones de la belleza
te arreglaste un poco y dijiste: No importa, somos feos pero tenemos la música.
Pero te fuiste, ¡verdad nena?
Simplemente diste la espalda a la gente y te alejaste
Ya nunca volví a oirte decir: Te necesito, no te necesito. te necesito, no te necesito.
Coreándote todos alrededor.
Y no pretendo sugerir que yo te amara mejor
No puedo llevar la cuenta de cada pájaro que cazaste.
Te recuerdo claramente en el Hotel Chelsea.
Eso es todo, no pienso en ti muy a menudo.
Cohen.
jueves, 13 de enero de 2011
el hada
Acudid, gorriones míos,
flechas mías.
Si una lágrima o una sonrisa
al hombre seducen;
si una amorosa dilatoria
cubre el día soleado;
si el golpe de un paso
conmueve de raíz al corazón,
he aquí el anillo de bodas,
transforma en rey a cualquier hada.
Así cantó un hada.
De las ramas salté
y ella me eludió,
intentando huir.
Pero, atrapada en mi sombrero,
no tardará en aprender
que puede reír, que puede llorar,
porque es mi mariposa:
he quitado el veneno
del anillo de bodas.
Blake.
flechas mías.
Si una lágrima o una sonrisa
al hombre seducen;
si una amorosa dilatoria
cubre el día soleado;
si el golpe de un paso
conmueve de raíz al corazón,
he aquí el anillo de bodas,
transforma en rey a cualquier hada.
Así cantó un hada.
De las ramas salté
y ella me eludió,
intentando huir.
Pero, atrapada en mi sombrero,
no tardará en aprender
que puede reír, que puede llorar,
porque es mi mariposa:
he quitado el veneno
del anillo de bodas.
Blake.
NOCHE DE PASIÓN.
Noche de pasión
El roce del viento fue una excusa
un pretexto que nos incitó a pecar
una oportunidad de desafiar al destino
una oportunidad de crear magia contigo.
Como en el abrazo de dos candelas
crece el fuego en vibrante pasión
una caricia nocturna refleja el deseo
y mi sonrisa muestra aceptación
quiero amarte a la luz de las velas
quiero sentirte en mi interior.
Los suspiros cual clarines
nos invitan a batalla
a esta guerra entre amantes
donde siempre se gana.
Siento el beso de tu piel
robando mi esencia, como borrando papel,
escribiendo con letras de sangre,
en mi pecho, “siempre te amaré”.
Con movimientos armoniosos
nuestros latidos se juntaron
siendo tan melodiosos
por momentos nos abandonaron.
Danzantes gotas retocan tu cuerpo
mientras tu abrazo toca el corazón
en el éxtasis nuestras almas se unieron
todo en ausencia del sol.
El roce del viento fue una excusa
un pretexto que nos incitó a pecar
una oportunidad de desafiar al destino
una oportunidad de crear magia contigo.
Como en el abrazo de dos candelas
crece el fuego en vibrante pasión
una caricia nocturna refleja el deseo
y mi sonrisa muestra aceptación
quiero amarte a la luz de las velas
quiero sentirte en mi interior.
Los suspiros cual clarines
nos invitan a batalla
a esta guerra entre amantes
donde siempre se gana.
Siento el beso de tu piel
robando mi esencia, como borrando papel,
escribiendo con letras de sangre,
en mi pecho, “siempre te amaré”.
Con movimientos armoniosos
nuestros latidos se juntaron
siendo tan melodiosos
por momentos nos abandonaron.
Danzantes gotas retocan tu cuerpo
mientras tu abrazo toca el corazón
en el éxtasis nuestras almas se unieron
todo en ausencia del sol.
lunes, 10 de enero de 2011
de bunbury y el simbolismo
“Lo que fue bautizado con el nombre de simbolismo se resume harto sencillamente en la intención común a diversas familias de poetas (por otra parte enemigas entre sí), de recuperar de la música algo que siempre les perteneció…” Paul Valéry.
El simbolismo hace parte de los ismos aparecidos en las vanguardias, su época de aparición data de 1885 aproximadamente, es en 1886 que Jean Móreas publica el manifiesto simbolista que resume el pensar de esta corriente literaria; pero es más que un ismo de las vanguardias, y obedeciendo a los retornos dentro de la evolución de la literatura, nos lleva a encontrarlo y perseguirlo, ¿y por qué no? Hasta a necesitarlo a lo largo de la historia. Paralelo y no opuesto a esto están los textos de Enrique Bunbury, el cantautor español que comienza su carrera a mediados de los 80’s hasta el presente; analizaremos la obra de enrique Bunbury, basándonos en 3 textos escogidos, y los miraremos desde el ángulo de la estética simbolista, no pretendo encasillar al autor en un ismo, pero si mostrar el retorno de esa estética a través de su música, mirar las causas del retorno tanto históricas como estéticas, teniendo en cuenta que la literatura dentro de la música evoluciona diferente. Bunbury es simbolista, el simbolismo se sale del tiempo y tiene sus retornos, existe una necesidad de servir como discurso en contra de las condiciones en las que se desenvuelve el autor.
Definir el simbolismo dentro de los límites del ismo resulta una labor complicada, ya que el simbolismo más que un movimiento surgido dentro del mar de vanguardias (todas ellas inmortalizadas en un manifiesto) es una necesidad del sujeto de exteriorizar lo que la psiquis muestra, y también es un modo de expresión que trasciende las barreras de las épocas. El simbolismo es la necesidad humana de romper la censura, lo que la realidad ha impuesto para sustituirlo por los paraísos literarios, imaginarios y artificiales que proveen de refugio y de discurso a la gente aplastada y acosada por el impulso abrumador del progreso y la civilización.
Es así como en medio de los paraísos creados por los simbolistas, Bunbury hace su primera intervención en este análisis:
“La ficción es y será mi única realidad.”
Este fragmento extraído de la canción la espuma de Venus, del disco avalancha de los héroes del silencio, del año 1992, y que es descrito por la crítica como un álbum en el que las letras denotan una preocupación o un modo de sentir referente a temas sociales: la apatía, el agobio, la avaricia. Precisamente los ambientes que obligan a la búsqueda de esas irrealidades, a la creación de espacios hechos de espejismos, de alucinaciones y de imaginaciones, donde el autor ya no clama por los pies sobre la tierra sino por ese espacio donde poder respirar, extraído de la imaginación de lo recóndito, de lo que sabemos es de mentiras, pero que adoptaremos como realidad a falta de una mejor en el exterior.
La canción de un alto contenido erótico, no en vano la referencia a la espuma de Venus, esa fruta preciada, buscada en las cosas irreales. Los espacios creados en esta canción nos conducen lenta pero descaradamente a soñar e imaginar con el sexo, con el sexo casi tan importante como el agua, con el sexo en un mundo mejor o quizás más estético. Crea espacios que nos arrastran al lecho, desde la desnudez y el oleaje, que recrean el movimiento, que llevan incluso el ritmo de toda la parte musical de esta canción, en esta imagen se vale la literatura para mover la música, porque la letra nos indica el ritmo del vaivén del sexo que se traslada a la poesía y más tarde a la melodía.
El barco hundiéndose en la letra de la canción, nos sugiere una penetración, de forma armónica y al mismo tiempo desesperada. Es decir, por algún motivo podemos referirla al símbolo aun sabiendo que el símbolo no se puede traducir. Más que especular, nos dejamos mover por la sugerencia del símbolo, más que intentar adivinar lo que dice la canción, el lector se deja llevar por la impresión y la musicalidad que más tarde lo conducirán a la interpretación del texto, y esta es más bien una agrupación de impresiones, como afirma el texto de las consideraciones sobre el simbolismo: sentir qué afinidades unen el mundo de los sonidos y el del pensamiento, se trata de hacer sensibles unas misteriosas correspondencias.
Estas imágenes deben dejarnos impresiones, el símbolo literario debe conmover al lector, lograr que el lector entre al universo imaginario del texto, una comunión, la familiaridad hacia lo desconocido, pero acogedor.
La música en Bunbury (y con música nos referimos sólo a la melodía sin letra), es también un vehículo para el símbolo al arle atmosfera y movimiento, pero también es símbolo en sí, al ser indispensable en la creación, la música es un símbolo más allá de la palabra que entra en los sentidos del lector, y es parte indispensable de la interpretación del texto, al ser una canción el documento a analizar.
La música es el amplificador del símbolo, y en el caso de Bunbury, sería descuidado no analizar también su interpretación, su voz, hace que el símbolo se amplifique aun más y se ignore la necesidad de buscar en significado del mismo. Son sonidos espectrales y heridos, alargados y sumergidos que nos transportan a la caverna, al abismo que servirá de escenario al símbolo.
Según J. Pierrot la cosmovisión de la literatura de finales del siglo XIX, (la referencia exacta es al simbolismo y el decadentismo, que al parecer no tienen una división definida) es una estética decadente un “rechazo fundamental del mundo y de una realidad considerada intolerable por el hombre en general y por el artista en particular … resolución del artista a escapar de la realidad por todos los medios posibles, creando su propio paraíso de una manera u otra, recurriendo a diversos métodos de evasión (perfeccionamiento de sensaciones, aun llegando tan lejos como a la alucinación, los sueños y las drogas, imágenes exóticas…”
Entra a nuestro campo de análisis la siguiente canción propuesta para esta mesa de vivisección literaria (porque no pretendemos matar el texto en el análisis sino mirar sus entrañas e ir con su propio beat.) es opio, canción del mismo álbum que la anterior, y esta nos lleva precisamente a la droga como fertilizante de los paraísos literarios de los escritores simbolistas.
La canción gira en torno a las impresiones del consumo de opio, aunque bien podría ser adaptada a cualquier otra droga; va recogiendo los impactos sensibles de lo creado mediante el estimulo de la droga:
“Es el opio la flor de la pereza hasta que llego a ser sólo existencia. El humo de leche muge lento extendiendo el sabor del universo.”
Nos remiten estas imágenes al letargo y el equilibrio de levedad y peso existente en la experiencia bajo el efecto de las drogas.
También en esta canción volvemos a la creación de escenas imaginarias, artificiales, alejadas de paisajes naturales, pero específicamente de cualquier paisaje humano, se mueven en mundos oscuros y llenos de imágenes, al final como dice dentro de la misma canción no se sabe si será un sueño o será mentira.
Ya el simbolismo no busca explicar al mundo, ni siquiera apropiarse de él, no desea ni contemplarlo, sino más bien sustituir el mundo, en las dos canciones que hemos visto hasta el momentos, no existe un paisaje heterogéneo ni real, ni tampoco humano, no hay muestras de lo urbano o de lo campestre, lo que se refleja son mundos extraídos del sueño, que van siendo imaginados paralelos con una distancia enorme y con imágenes distorsionadas para crear ambientes fantasmagóricos, oscuros, y al mismo tiempo encontramos comodidad y refugio dentro de los universos creados por el autor.
Lo místico y los mundos soñados, son necesarios para la persona, porque sólo ahí puede crear discurso contra la vida practica, contra el agite de los tiempos en los que se mueve, pero las causas ambientales, serán tema un poco más adelante, primero trataremos la obra de Bunbury y el simbolismo, analizando las canciones dentro de los parámetros que los documentos que hablan sobre simbolismo nos dan como características de los escritores de este movimiento.
Si bien se puede ver la poesía de Baudelaire como algo tormentoso y oscuro que se levanta en un acto más rebelde que revolucionario ante la moral y el entorno del siglo XIX, se le procesó por inmoralidad, por el contenido de las flores del mal. Baudelaire tiene dentro de las flores varios poemas referentes a la culpa, no siendo él un poeta religioso, conserva de la religión la idea del pecado, como dice en el texto sobre la poesía francesa acerca de la poesía de Baudelaire: “la rebeldía es un afán de otro orden más autentico que el que le rodea.”
Es en este punto donde volvemos a Enrique Bunbury, en paralelo con poemas como lo irreparable de Charles Baudelaire, vemos la importancia de la culpa en los poetas simbolistas (claro está que he llegado a pensar que la culpa del simbolista no es más que una necesidad literaria, que algo estético, más que un verdadero remordimiento), la canción desde la cual se mira el símbolo del pecado y del arrepentimiento es culpable, una canción del álbum el espíritu del vino. En la canción, se conjugan el sentimiento de la rebeldía y el adorno de la culpa en dos momentos de la canción:
“Ir más allá de lo permitido,por los fluidos que recorren el cuerpo,renunciarás a las costumbres y sometidos,la procesión irá por dentro”
En este fragmento nos vemos animados a la rebelión, en procesos no cercanos a la moral sino más bien orientados a libertad sexual y la perversión, que mueven a los bohemios simbolistas, a la decadencia dentro de lo oscuro y lo vedado para los oídos y los ojos, incluso para el pensamiento, podrá argumentar el lector de este escrito, que la libertad sexual es algo muy común en nuestra época, a lo que le puedo responder que aun hoy la libertad sexual se permite sólo de pensamiento, no de acto, y a veces hasta de habla está condenada, sigue siendo para muchos el sexo y la promiscuidad como un rumor oscuro.
La rebelión en el entorno en busca de realidades mejores, las que el mismo escritor inventa, las realidades imaginadas que no tienen prohibiciones son a las que alude esta canción, pero como en toda imagen rebelde que hiere y raya en lo inmoral, la línea entre el bien y el mal se enreda alrededor de la imagen y sobre esto recae la culpa, la que es meramente estética.
Volvemos entonces sobre el texto:
“¿Te quedarás, mi pesadilla,rondándome al oscurecer?[…]
¿Querrán las glándulas lascivas,declararme culpable?,si me ofrecí a tus rodillas,y no quería quedarme”
El acto de rebelión que invita a no renunciar ni negarse a ninguna experiencia, que aparece en la primera parte del texto, se presenta también la idea del pecado y de la entrega a este, y del remordimiento precisamente en la expresión sobre la pesadilla rodando al oscurecer.
La culpa del simbolismo no es cristiana, es una culpa poética, que sin embargo tiene sus raíces sumidas en las ideas religiosas de la condenación y la redención, que se llevan a tales extremos estéticos que crean la idea del precipicio dada en la poesía de los malditos, y que al igual que la canción de Bunbury nos remite a un camino descendente, en los que se empieza a oscurecer, comulga con la idea de lanzarse al mal y la decadencia, pero en el trasfondo literario se busca una redención que no se haya, precisamente para hacer más aguda y profunda la culpa, para darle los toques de abismo espectral tan requeridos en el simbolismo, para sumergir a la culpa y al lector en el símbolo, y que este pueda identificarse, sentir empatía con el lamento del autor, y que por otra parte el símbolo también le permita saborear del crimen y de la profanación que se exhibió antes de la culpa, porque es esa precisamente la labor del símbolo.
Paul Verlaine, en su obra deja a la poesía desprovista de misión alguna, lo cual no es del todo contradictorio a la rebelión encontrada en Baudelaire y el rechazo al sometimiento en Bunbury, porque lo que tiene el poeta simbolista es una rebelión, y la rebelión es del individuo, carece de fines para los demás, no como la revolución que es transformadora del todo y que afecta a la masa. La rebelión de estos escritores es una necesidad individual por el cansancio y el hastío, y aunque en el fondo clama por una realidad mejor, prefiere, en un acto más común al individuo, inventársela. Es entonces donde vamos de nuevo al arte por el arte, el arte para el individuo por el individuo, no con una función para el otro.
Además de la noción del arte por el arte, está la idea de integrar y tomar artes exteriores a la literatura, como diría Verlaine: música ante todo; de la misma música sale el documento literario que hemos analizado en este ensayo, si bien la idea de los simbolistas no era la música en el sentido de la canción, si era tomar de la música el ambiente y el ritmo para imprimírselo a los símbolos. Desde tomar como inspiración a Wagner y su obra altamente mítica, de donde se desprenden composiciones como la cabalgata de las valkirias, y otras tantas que hacen referencia a la mitología nórdica. Con Bunbury se sintetiza la idea de la poesía y la música, que se busca en el simbolismo. Bunbury crea las imágenes con las letras de las canciones y aumenta la magnitud del símbolo con el acompañamiento de la melodía, lo que impregna la atmosfera de misterio y hace que el lector o mejor, quien lo escucha se sumerja en un océano de correspondencias, que si bien se agita y no cesa, también envuelve todo en una densa y calmada niebla, en ambientes nocturnos que son heredados del romanticismo pero que se hacen aun más profundos y elaborados mediante el símbolo.
Pero remitirnos al simbolismo en Bunbury nos lleva también a sus antecedentes, si en el caso de Baudelaire y los simbolistas, sus antecesores fueron los escritores del romanticismo como Víctor Hugo, o los naturalistas como Zolá, y la literatura positivista; en el caso de Enrique Bunbury, nos vamos hacia la historia del rock en español más que a la historia de la literatura, para poder ver el contexto de la evolución del arte. Antes de Bunbury tenemos a sabina, a Jaime Urrutia, la nacha pop, y otros grupos como mecano, que hicieron parte de la escena musical que antecede a Bunbury y el fenómeno de los héroes del silencio, se remite a canciones con contenidos realistas y desgarradores como es el caso de sabina, a imágenes adornadas en mecano que se aferran, que son oscuras pero dulces, y a veces trágicas, a Jaime Urrutia jugando con la decadencia sin ser decadente, ese es el panorama que surge dentro del rock español de los 80’s y sin previo aviso, toda una generación de jóvenes encuentra el punto de retorno al simbolismo, toda una generación y otras más se vuelven sobre la imágenes espectrales creadas por Enrique Bunbury, sus paraísos que devienen en infiernos y sus impresiones son fuertes, oscuras, atrapan al oyente y lo sumergen en el desamparo de su niebla y su decadencia.
J. Pierrot. La imaginación decadente.
La música de Bunbury aparece como una ruptura a la escena musical producto de la caída del franquismo. Mientras en Francia el simbolismo surge en medio de la revolución industrial y su estado de deshumanización, en España el simbolismo de Bunbury parece nacer en medio de un país optimista por abandonar un legado de opresión y encaminarse al progreso. Sin embargo como dije “parece” porque el camino después del abandono de la dictadura no prometía un paisaje mejor, si es cierto que España se liberó de muchas ataduras morales, religiosas y políticas, y que comenzó un periodo de reconstrucción, más liberal y más encaminado al progreso, también es cierto que pese a esta transformación, aun queda un panorama poco alentador, por ejemplo, se sabe que España tiene la más alta tasa de desempleo en Europa (o al menos para la época de los 80’s como aclaran los textos históricos), el terrorismo de la ETA (organización independentista vasca) que según cifras encontradas en diferentes artículos lleva a la fecha más de 900 muertos desde que apareció en los 60’s. Este es pues el panorama con el que se ve enfrentado el artista. Y lo obliga a crear esos mundos posibles a través de la música, buscar en el simbolismo esa fábrica de realidades más complejas y estéticas, de realidades pobladas de las alucinaciones, el símbolo aparece en la música rock en España para poder engendrar la ficción.
El manifiesto simbolista dice que el arte evoluciona y la literatura como todas las artes, en su ciclo de evolución tiene retornos determinados, ósea la literatura también será víctima del eterno retorno, como la historia, según Nietzsche y los estoicos; pero el simbolismo no es algo que se va y vuelve, es una necesidad humana que permanece y de vez en cuando se tiende a escabullir entre la música y la literatura. Siempre buscamos expresar esas experiencias que se hayan por encima de la realidad, y como la experiencia no puede ser traducida a un lenguaje como el que usamos todos los días, nos valemos del símbolo para hacer que la sensación más que ser conocida como una explicación sea más bien compartida por los sentidos de los otros.
Entonces vamos a sintetizar lo que hemos dicho en este ensayo, sabemos que el simbolismo es una estética de los poetas del siglo XIX, que se caracteriza por un rechazo, por una rebelión estética, que hace del símbolo una herramienta para la creación de mundos irreales. El simbolismo no busca la interpretación o la admiración de la realidad, porque al verla tan devaluada decide inventarse una mejor. Este movimiento también tiene influencias del uso y abuso de drogas y alcohol que eran utilizados en la creación de sus paraísos inexistentes e imaginarios, vedados para el mundo horrible que rodeaba a los poetas simbolistas. Conserva nociones penitentes pero no religiosas, se acepta el pecado y el arrepentimiento, pero no se busca la redención en Dios. El pensamiento simbolista no pertenece en sí a ninguna época, sino que este retorna al rescate del escritor y el lector ahogados en el vaivén de los tiempos modernos, el simbolismo se retoma ante el horror y el aburrimiento de una época y de sus movimientos anteriores.
Así como Rimbaud cruel y profundo se alza y reniega de las conexiones con los otros, con el mundo y con las barreras de lo establecido, así se levanta también Bunbury contra su entorno y reniega de la moral y las buenas costumbres y reniega de una Europa que como el mismo dice: se aburre. Una iberia sumergida llena de rumores y sensaciones nuevas con toques de un pasado que tampoco fue mejor.
Bunbury es un simbolista, porque dentro de sus canciones reúne todos los parámetros anteriores y los mezcla dentro del sonido de su música sus letras, como dije anteriormente, la melodía se convierte en un amplificador del símbolo, haciéndolo más eficaz. Es un simbolista porque surge de la necesidad de dar la espalda a España y al mundo entero para crear y recrear, para imaginar.
El simbolismo tiene muchos retornos a lo largo de la historia, como expresa el manifiesto de simbolista de Móreas, surge como respuesta al envejecimiento del sistema anterior tal y como ocurre con todas las sucesiones de los sistemas. El simbolismo aflora como una necesidad a lo que pasa en el entorno del artista, cuando el entorno es agreste, la necesidad de los mundos imaginados se hace urgente.
En esos tiempos de pena y olvido cuando el mundo se mueve y late y va cada vez más deshumanizado y desintegrado, que como dice Saramago es un mundo de injusticia globalizada, cuando la miseria se come al mundo y nos muestra su peor rostro, el más deformado, las atmosferas estremecedoras y renovadoras que son creadas mediante el símbolo, nos llevan a otros mundos, que nadie dijo mejores, nos deslizamos y cortamos el viento en las irrealidades, dulces y pobladas de alientos mágicos, que nos abruman y nos acogen aterradoramente, y pensamos en volver al mar como la sirena de Bunbury para no quedar atrapados por la realidad.
El simbolismo trasciende las barreras del tiempo, porque más que un ejercicio artístico, representa el deseo de los individuos, el simbolismo le presenta a las personas un yo más allá del ideal romántico, el yo del simbolismo es envuelto por ideas abstractas que parecen concretas, o que aspiran a ser acto más no escapan de la potencia, son ideas que se quedan en el mundo de las sombras, el poeta se interna en la caverna para poder tocar el reflejo de la idea, para escribir a partir de algo parecido a la parte sensible de las cosas que sabemos son etéreas.
Quizás pueda parecer pretencioso sacar al simbolismo más allá de los limites que la clasificación y organización que los estudiosos de la literatura le han dado. Llevarlo al plano vital de la misma forma en que Baudelaire, Mallarmé y Rimbaud, lo hicieron en su tiempo con la poesía, llevarlo más allá del plano literario, una actividad trascendente (aunque la literatura es quizás la actividad más trascendente). El simbolismo se busca, mientras volvamos a las páginas de Baudelaire y podamos apropiarnos de los ambientes y de las emociones impresas en ellas, el simbolismo sigue latiendo despacio en otros aspectos de la historia del arte, en trabajos musicales y literarios más o menos recientes que los de Bunbury, en Vegas, en Fito y Sabina y su álbum de enemigos íntimos, en pedazos de la generación beatnik que saltaron del surrealismo y poblaron los mundos imaginarios llenos de ácido lisérgico, en el manga y el anime, en la poesía inédita de uno que otro joven de nuestra época que se leyó a Baudelaire y le creyó a su ismo, no es tan notorio como en el caso de los poetas malditos y la generación posterior a Baudelaire, pero rescatamos la necesidad del simbolismo más allá del tiempo. Se pueden recopilar muchísimos documentos literarios de su música para apoyar la idea de que el simbolismo escoge como campo de aparición, como su punto de retorno determinado, nuestra época, una época que bien cabría en la descripción que da Lawrence de su tiempo en el amante de Lady Chatterley, “la nuestra es esencialmente una época trágica”, pues si la de Lawrence es trágica, la nuestra es una edad desesperada y desintegrada, El vacio de este tiempo quizás se parece al de los anteriores, pero está agravado por el peso de la repetición, es un suplicio mayor por el peso del retorno sobre los errores generacionales, por el absurdo de volverlos a cometer, por la desazón que da la impresión de no haber aprendido absolutamente nada.
En conclusión, el simbolismo no necesita una vigencia histórica, ya que es una necesidad humana, y en caso de necesitarla, es preocupante que nuestros tiempos den la mejor excusa para volver el rostro y los sueños sobre la literatura simbolista. La necesidad de rebelión (como dije de antemano, rebelión, no revolución, después de todo el simbolismo pertenece al individuo y la revolución a las masas) alimentada por los tiempos negros y jodidos que vivimos, tenemos la necesidad de escapar a planos mejores, literarios, o musicales, planos artísticos, que salten del sueño al horror. Bunbury es simbolista porque cumple con muchos de los criterios ya reconocidos por parte de quienes se atrevieron a escribir para definir parámetros de lo que es el simbolismo, y no sólo crea algo que en esencia es simbolista, sino que amplifica el efecto del símbolo con la melodía. La literatura crea los mundos y la música actúa de barrera protectora de estos mundos. Bunbury es simbolista, incluso si la historia trata de decir lo contrario.
El simbolismo hace parte de los ismos aparecidos en las vanguardias, su época de aparición data de 1885 aproximadamente, es en 1886 que Jean Móreas publica el manifiesto simbolista que resume el pensar de esta corriente literaria; pero es más que un ismo de las vanguardias, y obedeciendo a los retornos dentro de la evolución de la literatura, nos lleva a encontrarlo y perseguirlo, ¿y por qué no? Hasta a necesitarlo a lo largo de la historia. Paralelo y no opuesto a esto están los textos de Enrique Bunbury, el cantautor español que comienza su carrera a mediados de los 80’s hasta el presente; analizaremos la obra de enrique Bunbury, basándonos en 3 textos escogidos, y los miraremos desde el ángulo de la estética simbolista, no pretendo encasillar al autor en un ismo, pero si mostrar el retorno de esa estética a través de su música, mirar las causas del retorno tanto históricas como estéticas, teniendo en cuenta que la literatura dentro de la música evoluciona diferente. Bunbury es simbolista, el simbolismo se sale del tiempo y tiene sus retornos, existe una necesidad de servir como discurso en contra de las condiciones en las que se desenvuelve el autor.
Definir el simbolismo dentro de los límites del ismo resulta una labor complicada, ya que el simbolismo más que un movimiento surgido dentro del mar de vanguardias (todas ellas inmortalizadas en un manifiesto) es una necesidad del sujeto de exteriorizar lo que la psiquis muestra, y también es un modo de expresión que trasciende las barreras de las épocas. El simbolismo es la necesidad humana de romper la censura, lo que la realidad ha impuesto para sustituirlo por los paraísos literarios, imaginarios y artificiales que proveen de refugio y de discurso a la gente aplastada y acosada por el impulso abrumador del progreso y la civilización.
Es así como en medio de los paraísos creados por los simbolistas, Bunbury hace su primera intervención en este análisis:
“La ficción es y será mi única realidad.”
Este fragmento extraído de la canción la espuma de Venus, del disco avalancha de los héroes del silencio, del año 1992, y que es descrito por la crítica como un álbum en el que las letras denotan una preocupación o un modo de sentir referente a temas sociales: la apatía, el agobio, la avaricia. Precisamente los ambientes que obligan a la búsqueda de esas irrealidades, a la creación de espacios hechos de espejismos, de alucinaciones y de imaginaciones, donde el autor ya no clama por los pies sobre la tierra sino por ese espacio donde poder respirar, extraído de la imaginación de lo recóndito, de lo que sabemos es de mentiras, pero que adoptaremos como realidad a falta de una mejor en el exterior.
La canción de un alto contenido erótico, no en vano la referencia a la espuma de Venus, esa fruta preciada, buscada en las cosas irreales. Los espacios creados en esta canción nos conducen lenta pero descaradamente a soñar e imaginar con el sexo, con el sexo casi tan importante como el agua, con el sexo en un mundo mejor o quizás más estético. Crea espacios que nos arrastran al lecho, desde la desnudez y el oleaje, que recrean el movimiento, que llevan incluso el ritmo de toda la parte musical de esta canción, en esta imagen se vale la literatura para mover la música, porque la letra nos indica el ritmo del vaivén del sexo que se traslada a la poesía y más tarde a la melodía.
El barco hundiéndose en la letra de la canción, nos sugiere una penetración, de forma armónica y al mismo tiempo desesperada. Es decir, por algún motivo podemos referirla al símbolo aun sabiendo que el símbolo no se puede traducir. Más que especular, nos dejamos mover por la sugerencia del símbolo, más que intentar adivinar lo que dice la canción, el lector se deja llevar por la impresión y la musicalidad que más tarde lo conducirán a la interpretación del texto, y esta es más bien una agrupación de impresiones, como afirma el texto de las consideraciones sobre el simbolismo: sentir qué afinidades unen el mundo de los sonidos y el del pensamiento, se trata de hacer sensibles unas misteriosas correspondencias.
Estas imágenes deben dejarnos impresiones, el símbolo literario debe conmover al lector, lograr que el lector entre al universo imaginario del texto, una comunión, la familiaridad hacia lo desconocido, pero acogedor.
La música en Bunbury (y con música nos referimos sólo a la melodía sin letra), es también un vehículo para el símbolo al arle atmosfera y movimiento, pero también es símbolo en sí, al ser indispensable en la creación, la música es un símbolo más allá de la palabra que entra en los sentidos del lector, y es parte indispensable de la interpretación del texto, al ser una canción el documento a analizar.
La música es el amplificador del símbolo, y en el caso de Bunbury, sería descuidado no analizar también su interpretación, su voz, hace que el símbolo se amplifique aun más y se ignore la necesidad de buscar en significado del mismo. Son sonidos espectrales y heridos, alargados y sumergidos que nos transportan a la caverna, al abismo que servirá de escenario al símbolo.
Según J. Pierrot la cosmovisión de la literatura de finales del siglo XIX, (la referencia exacta es al simbolismo y el decadentismo, que al parecer no tienen una división definida) es una estética decadente un “rechazo fundamental del mundo y de una realidad considerada intolerable por el hombre en general y por el artista en particular … resolución del artista a escapar de la realidad por todos los medios posibles, creando su propio paraíso de una manera u otra, recurriendo a diversos métodos de evasión (perfeccionamiento de sensaciones, aun llegando tan lejos como a la alucinación, los sueños y las drogas, imágenes exóticas…”
Entra a nuestro campo de análisis la siguiente canción propuesta para esta mesa de vivisección literaria (porque no pretendemos matar el texto en el análisis sino mirar sus entrañas e ir con su propio beat.) es opio, canción del mismo álbum que la anterior, y esta nos lleva precisamente a la droga como fertilizante de los paraísos literarios de los escritores simbolistas.
La canción gira en torno a las impresiones del consumo de opio, aunque bien podría ser adaptada a cualquier otra droga; va recogiendo los impactos sensibles de lo creado mediante el estimulo de la droga:
“Es el opio la flor de la pereza hasta que llego a ser sólo existencia. El humo de leche muge lento extendiendo el sabor del universo.”
Nos remiten estas imágenes al letargo y el equilibrio de levedad y peso existente en la experiencia bajo el efecto de las drogas.
También en esta canción volvemos a la creación de escenas imaginarias, artificiales, alejadas de paisajes naturales, pero específicamente de cualquier paisaje humano, se mueven en mundos oscuros y llenos de imágenes, al final como dice dentro de la misma canción no se sabe si será un sueño o será mentira.
Ya el simbolismo no busca explicar al mundo, ni siquiera apropiarse de él, no desea ni contemplarlo, sino más bien sustituir el mundo, en las dos canciones que hemos visto hasta el momentos, no existe un paisaje heterogéneo ni real, ni tampoco humano, no hay muestras de lo urbano o de lo campestre, lo que se refleja son mundos extraídos del sueño, que van siendo imaginados paralelos con una distancia enorme y con imágenes distorsionadas para crear ambientes fantasmagóricos, oscuros, y al mismo tiempo encontramos comodidad y refugio dentro de los universos creados por el autor.
Lo místico y los mundos soñados, son necesarios para la persona, porque sólo ahí puede crear discurso contra la vida practica, contra el agite de los tiempos en los que se mueve, pero las causas ambientales, serán tema un poco más adelante, primero trataremos la obra de Bunbury y el simbolismo, analizando las canciones dentro de los parámetros que los documentos que hablan sobre simbolismo nos dan como características de los escritores de este movimiento.
Si bien se puede ver la poesía de Baudelaire como algo tormentoso y oscuro que se levanta en un acto más rebelde que revolucionario ante la moral y el entorno del siglo XIX, se le procesó por inmoralidad, por el contenido de las flores del mal. Baudelaire tiene dentro de las flores varios poemas referentes a la culpa, no siendo él un poeta religioso, conserva de la religión la idea del pecado, como dice en el texto sobre la poesía francesa acerca de la poesía de Baudelaire: “la rebeldía es un afán de otro orden más autentico que el que le rodea.”
Es en este punto donde volvemos a Enrique Bunbury, en paralelo con poemas como lo irreparable de Charles Baudelaire, vemos la importancia de la culpa en los poetas simbolistas (claro está que he llegado a pensar que la culpa del simbolista no es más que una necesidad literaria, que algo estético, más que un verdadero remordimiento), la canción desde la cual se mira el símbolo del pecado y del arrepentimiento es culpable, una canción del álbum el espíritu del vino. En la canción, se conjugan el sentimiento de la rebeldía y el adorno de la culpa en dos momentos de la canción:
“Ir más allá de lo permitido,por los fluidos que recorren el cuerpo,renunciarás a las costumbres y sometidos,la procesión irá por dentro”
En este fragmento nos vemos animados a la rebelión, en procesos no cercanos a la moral sino más bien orientados a libertad sexual y la perversión, que mueven a los bohemios simbolistas, a la decadencia dentro de lo oscuro y lo vedado para los oídos y los ojos, incluso para el pensamiento, podrá argumentar el lector de este escrito, que la libertad sexual es algo muy común en nuestra época, a lo que le puedo responder que aun hoy la libertad sexual se permite sólo de pensamiento, no de acto, y a veces hasta de habla está condenada, sigue siendo para muchos el sexo y la promiscuidad como un rumor oscuro.
La rebelión en el entorno en busca de realidades mejores, las que el mismo escritor inventa, las realidades imaginadas que no tienen prohibiciones son a las que alude esta canción, pero como en toda imagen rebelde que hiere y raya en lo inmoral, la línea entre el bien y el mal se enreda alrededor de la imagen y sobre esto recae la culpa, la que es meramente estética.
Volvemos entonces sobre el texto:
“¿Te quedarás, mi pesadilla,rondándome al oscurecer?[…]
¿Querrán las glándulas lascivas,declararme culpable?,si me ofrecí a tus rodillas,y no quería quedarme”
El acto de rebelión que invita a no renunciar ni negarse a ninguna experiencia, que aparece en la primera parte del texto, se presenta también la idea del pecado y de la entrega a este, y del remordimiento precisamente en la expresión sobre la pesadilla rodando al oscurecer.
La culpa del simbolismo no es cristiana, es una culpa poética, que sin embargo tiene sus raíces sumidas en las ideas religiosas de la condenación y la redención, que se llevan a tales extremos estéticos que crean la idea del precipicio dada en la poesía de los malditos, y que al igual que la canción de Bunbury nos remite a un camino descendente, en los que se empieza a oscurecer, comulga con la idea de lanzarse al mal y la decadencia, pero en el trasfondo literario se busca una redención que no se haya, precisamente para hacer más aguda y profunda la culpa, para darle los toques de abismo espectral tan requeridos en el simbolismo, para sumergir a la culpa y al lector en el símbolo, y que este pueda identificarse, sentir empatía con el lamento del autor, y que por otra parte el símbolo también le permita saborear del crimen y de la profanación que se exhibió antes de la culpa, porque es esa precisamente la labor del símbolo.
Paul Verlaine, en su obra deja a la poesía desprovista de misión alguna, lo cual no es del todo contradictorio a la rebelión encontrada en Baudelaire y el rechazo al sometimiento en Bunbury, porque lo que tiene el poeta simbolista es una rebelión, y la rebelión es del individuo, carece de fines para los demás, no como la revolución que es transformadora del todo y que afecta a la masa. La rebelión de estos escritores es una necesidad individual por el cansancio y el hastío, y aunque en el fondo clama por una realidad mejor, prefiere, en un acto más común al individuo, inventársela. Es entonces donde vamos de nuevo al arte por el arte, el arte para el individuo por el individuo, no con una función para el otro.
Además de la noción del arte por el arte, está la idea de integrar y tomar artes exteriores a la literatura, como diría Verlaine: música ante todo; de la misma música sale el documento literario que hemos analizado en este ensayo, si bien la idea de los simbolistas no era la música en el sentido de la canción, si era tomar de la música el ambiente y el ritmo para imprimírselo a los símbolos. Desde tomar como inspiración a Wagner y su obra altamente mítica, de donde se desprenden composiciones como la cabalgata de las valkirias, y otras tantas que hacen referencia a la mitología nórdica. Con Bunbury se sintetiza la idea de la poesía y la música, que se busca en el simbolismo. Bunbury crea las imágenes con las letras de las canciones y aumenta la magnitud del símbolo con el acompañamiento de la melodía, lo que impregna la atmosfera de misterio y hace que el lector o mejor, quien lo escucha se sumerja en un océano de correspondencias, que si bien se agita y no cesa, también envuelve todo en una densa y calmada niebla, en ambientes nocturnos que son heredados del romanticismo pero que se hacen aun más profundos y elaborados mediante el símbolo.
Pero remitirnos al simbolismo en Bunbury nos lleva también a sus antecedentes, si en el caso de Baudelaire y los simbolistas, sus antecesores fueron los escritores del romanticismo como Víctor Hugo, o los naturalistas como Zolá, y la literatura positivista; en el caso de Enrique Bunbury, nos vamos hacia la historia del rock en español más que a la historia de la literatura, para poder ver el contexto de la evolución del arte. Antes de Bunbury tenemos a sabina, a Jaime Urrutia, la nacha pop, y otros grupos como mecano, que hicieron parte de la escena musical que antecede a Bunbury y el fenómeno de los héroes del silencio, se remite a canciones con contenidos realistas y desgarradores como es el caso de sabina, a imágenes adornadas en mecano que se aferran, que son oscuras pero dulces, y a veces trágicas, a Jaime Urrutia jugando con la decadencia sin ser decadente, ese es el panorama que surge dentro del rock español de los 80’s y sin previo aviso, toda una generación de jóvenes encuentra el punto de retorno al simbolismo, toda una generación y otras más se vuelven sobre la imágenes espectrales creadas por Enrique Bunbury, sus paraísos que devienen en infiernos y sus impresiones son fuertes, oscuras, atrapan al oyente y lo sumergen en el desamparo de su niebla y su decadencia.
J. Pierrot. La imaginación decadente.
La música de Bunbury aparece como una ruptura a la escena musical producto de la caída del franquismo. Mientras en Francia el simbolismo surge en medio de la revolución industrial y su estado de deshumanización, en España el simbolismo de Bunbury parece nacer en medio de un país optimista por abandonar un legado de opresión y encaminarse al progreso. Sin embargo como dije “parece” porque el camino después del abandono de la dictadura no prometía un paisaje mejor, si es cierto que España se liberó de muchas ataduras morales, religiosas y políticas, y que comenzó un periodo de reconstrucción, más liberal y más encaminado al progreso, también es cierto que pese a esta transformación, aun queda un panorama poco alentador, por ejemplo, se sabe que España tiene la más alta tasa de desempleo en Europa (o al menos para la época de los 80’s como aclaran los textos históricos), el terrorismo de la ETA (organización independentista vasca) que según cifras encontradas en diferentes artículos lleva a la fecha más de 900 muertos desde que apareció en los 60’s. Este es pues el panorama con el que se ve enfrentado el artista. Y lo obliga a crear esos mundos posibles a través de la música, buscar en el simbolismo esa fábrica de realidades más complejas y estéticas, de realidades pobladas de las alucinaciones, el símbolo aparece en la música rock en España para poder engendrar la ficción.
El manifiesto simbolista dice que el arte evoluciona y la literatura como todas las artes, en su ciclo de evolución tiene retornos determinados, ósea la literatura también será víctima del eterno retorno, como la historia, según Nietzsche y los estoicos; pero el simbolismo no es algo que se va y vuelve, es una necesidad humana que permanece y de vez en cuando se tiende a escabullir entre la música y la literatura. Siempre buscamos expresar esas experiencias que se hayan por encima de la realidad, y como la experiencia no puede ser traducida a un lenguaje como el que usamos todos los días, nos valemos del símbolo para hacer que la sensación más que ser conocida como una explicación sea más bien compartida por los sentidos de los otros.
Entonces vamos a sintetizar lo que hemos dicho en este ensayo, sabemos que el simbolismo es una estética de los poetas del siglo XIX, que se caracteriza por un rechazo, por una rebelión estética, que hace del símbolo una herramienta para la creación de mundos irreales. El simbolismo no busca la interpretación o la admiración de la realidad, porque al verla tan devaluada decide inventarse una mejor. Este movimiento también tiene influencias del uso y abuso de drogas y alcohol que eran utilizados en la creación de sus paraísos inexistentes e imaginarios, vedados para el mundo horrible que rodeaba a los poetas simbolistas. Conserva nociones penitentes pero no religiosas, se acepta el pecado y el arrepentimiento, pero no se busca la redención en Dios. El pensamiento simbolista no pertenece en sí a ninguna época, sino que este retorna al rescate del escritor y el lector ahogados en el vaivén de los tiempos modernos, el simbolismo se retoma ante el horror y el aburrimiento de una época y de sus movimientos anteriores.
Así como Rimbaud cruel y profundo se alza y reniega de las conexiones con los otros, con el mundo y con las barreras de lo establecido, así se levanta también Bunbury contra su entorno y reniega de la moral y las buenas costumbres y reniega de una Europa que como el mismo dice: se aburre. Una iberia sumergida llena de rumores y sensaciones nuevas con toques de un pasado que tampoco fue mejor.
Bunbury es un simbolista, porque dentro de sus canciones reúne todos los parámetros anteriores y los mezcla dentro del sonido de su música sus letras, como dije anteriormente, la melodía se convierte en un amplificador del símbolo, haciéndolo más eficaz. Es un simbolista porque surge de la necesidad de dar la espalda a España y al mundo entero para crear y recrear, para imaginar.
El simbolismo tiene muchos retornos a lo largo de la historia, como expresa el manifiesto de simbolista de Móreas, surge como respuesta al envejecimiento del sistema anterior tal y como ocurre con todas las sucesiones de los sistemas. El simbolismo aflora como una necesidad a lo que pasa en el entorno del artista, cuando el entorno es agreste, la necesidad de los mundos imaginados se hace urgente.
En esos tiempos de pena y olvido cuando el mundo se mueve y late y va cada vez más deshumanizado y desintegrado, que como dice Saramago es un mundo de injusticia globalizada, cuando la miseria se come al mundo y nos muestra su peor rostro, el más deformado, las atmosferas estremecedoras y renovadoras que son creadas mediante el símbolo, nos llevan a otros mundos, que nadie dijo mejores, nos deslizamos y cortamos el viento en las irrealidades, dulces y pobladas de alientos mágicos, que nos abruman y nos acogen aterradoramente, y pensamos en volver al mar como la sirena de Bunbury para no quedar atrapados por la realidad.
El simbolismo trasciende las barreras del tiempo, porque más que un ejercicio artístico, representa el deseo de los individuos, el simbolismo le presenta a las personas un yo más allá del ideal romántico, el yo del simbolismo es envuelto por ideas abstractas que parecen concretas, o que aspiran a ser acto más no escapan de la potencia, son ideas que se quedan en el mundo de las sombras, el poeta se interna en la caverna para poder tocar el reflejo de la idea, para escribir a partir de algo parecido a la parte sensible de las cosas que sabemos son etéreas.
Quizás pueda parecer pretencioso sacar al simbolismo más allá de los limites que la clasificación y organización que los estudiosos de la literatura le han dado. Llevarlo al plano vital de la misma forma en que Baudelaire, Mallarmé y Rimbaud, lo hicieron en su tiempo con la poesía, llevarlo más allá del plano literario, una actividad trascendente (aunque la literatura es quizás la actividad más trascendente). El simbolismo se busca, mientras volvamos a las páginas de Baudelaire y podamos apropiarnos de los ambientes y de las emociones impresas en ellas, el simbolismo sigue latiendo despacio en otros aspectos de la historia del arte, en trabajos musicales y literarios más o menos recientes que los de Bunbury, en Vegas, en Fito y Sabina y su álbum de enemigos íntimos, en pedazos de la generación beatnik que saltaron del surrealismo y poblaron los mundos imaginarios llenos de ácido lisérgico, en el manga y el anime, en la poesía inédita de uno que otro joven de nuestra época que se leyó a Baudelaire y le creyó a su ismo, no es tan notorio como en el caso de los poetas malditos y la generación posterior a Baudelaire, pero rescatamos la necesidad del simbolismo más allá del tiempo. Se pueden recopilar muchísimos documentos literarios de su música para apoyar la idea de que el simbolismo escoge como campo de aparición, como su punto de retorno determinado, nuestra época, una época que bien cabría en la descripción que da Lawrence de su tiempo en el amante de Lady Chatterley, “la nuestra es esencialmente una época trágica”, pues si la de Lawrence es trágica, la nuestra es una edad desesperada y desintegrada, El vacio de este tiempo quizás se parece al de los anteriores, pero está agravado por el peso de la repetición, es un suplicio mayor por el peso del retorno sobre los errores generacionales, por el absurdo de volverlos a cometer, por la desazón que da la impresión de no haber aprendido absolutamente nada.
En conclusión, el simbolismo no necesita una vigencia histórica, ya que es una necesidad humana, y en caso de necesitarla, es preocupante que nuestros tiempos den la mejor excusa para volver el rostro y los sueños sobre la literatura simbolista. La necesidad de rebelión (como dije de antemano, rebelión, no revolución, después de todo el simbolismo pertenece al individuo y la revolución a las masas) alimentada por los tiempos negros y jodidos que vivimos, tenemos la necesidad de escapar a planos mejores, literarios, o musicales, planos artísticos, que salten del sueño al horror. Bunbury es simbolista porque cumple con muchos de los criterios ya reconocidos por parte de quienes se atrevieron a escribir para definir parámetros de lo que es el simbolismo, y no sólo crea algo que en esencia es simbolista, sino que amplifica el efecto del símbolo con la melodía. La literatura crea los mundos y la música actúa de barrera protectora de estos mundos. Bunbury es simbolista, incluso si la historia trata de decir lo contrario.
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